Qué llevan los migrantes cuando cruzan la frontera y el desierto

La morgue es uno de los lugares donde se guardan, para su identificación, las pertenencias de los migrantes. Foto: Paula Díaz

Hermosillo, Sonora.- Llegar a los Estados Unidos no siempre depende de contar con una visa que representa un privilegio para quien cuenta con ella; para miles de personas, año con año representa la búsqueda de una mejor calidad de vida y un riesgo que debe enfrentar al cruzar la frontera y el desierto.

Maru Carrasco, activista por los derechos humanos de las personas que cruzan la frontera sin papeles, arriesgando su integridad y la vida, conoce las dificultades que los migrantes enfrentan.

Ella está en el sur de Arizona, en el área de Tucson, tiene más de 20 años haciendo voluntariado y ayudando a los migrantes, enterándose de cómo cruzan, cómo llegan, qué pasa con las personas que se quedan en el intento, el fin que tienen. Dónde termina su sueño.

¿Qué pertenencias encuentran en el desierto?

Maru platica con Conecta Arizona vía telefónica; ella sabe que las personas que cruzan el desierto de Sonora con rumbo a Arizona toman medicamentos que les den fuerza, resistencia, que les quite el cansancio, y que no son drogas.

Recordó el caso de un joven que cayó muerto en el desierto, él llevaba un pañuelo con la imagen de la Virgen de Guadalupe, “lo tenía en la mano, como que estaba rezando antes de morir”.

Entre las muchas cosas que encuentran en el camino que hacen los migrantes encuentran fotografías de niños, de familias, estampitas con imágenes de santos, objetos que indican que las personas van rezando, pidiendo auxilio celestial para llegar a buen destino.

También encuentran galones de agua, quizás que ya estaban vacíos, o que abandonaron para aligerar físicamente el peso que llevan con su mochila, con las pocas pertenencias que pueden cargar.


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Nuestra entrevistada es ciudadana americana, llegó a Arizona con los papeles arreglados por su esposo cuando era una jovencita; conoce el tema de la migración desde que vivía en Nogales, Sonora, en la colonia Buenos Aires. Desde ahí veía la línea, veía “el hoyo”, el famoso cruce que era cotidiano para la gente que iba a trabajar diariamente.

Ella recuerda que antes de que se militara la frontera, el problema de la migración no era tan fuerte ni tan peligroso. En la tienda que tenía su mamá, la gente que iba a trabajar a Arizona compraba un pan para hacer una torta de queso, o una sardina, o unas galletas. Eso es historia.

A partir de la caída de las Torres Gemelas en el World Trade Center de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, la historia cambió para todos. A partir de entonces, dice, el gobierno se ha convertido en el culpable de tantas muertes en el desierto, de que se esté perdiendo una generación de personas hispanas, principalmente, en el trayecto a buscar el sueño americano.

Su trabajo como voluntaria ha llegado a la morgue, de donde comparte que ha conocido a un joven del Consulado de México que documenta casos de las personas que llegan a este lugar. Toman datos, hacen registros, revisan los cuerpos.

Este es un lugar donde muchos quisieran no encontrar a sus seres queridos, a veces , ni ahí los hallan. Foto: Paula Díaz

En esta revisión, dijo, con tijeras, cortan la ropa de las personas. Desnudan los cuerpos, los hallazgos son de direcciones cosidas a la ropa interior, así como también de bolsitas con dinero; es una forma de conservarlo por si los asaltan en el camino.

Aunque actualmente es poca la gente que cruza, cada vez son más impresionantes las cosas que hacen por su seguridad. Maru compartió que las mujeres que van a cruzar en grupo están advertidas de viajar con “la pastilla del día siguiente” entre sus artículos de primera necesidad, también llevan preservativos, porque muchas de ellas han sido violadas por los mismos coyotes a los que les pagan para llegar a Estados Unidos.

“No es que lo estén permitiendo, es que se están protegiendo. Eso es un secreto a voces”, comentó.

Maru agregó que, otra forma de protegerse para que los hombres no abusen de las mujeres, es “hacerse del baño en su ropa interior”, así evitan que se les acerquen. Así caminan, en el calor, la soledad, arriesgando su vida y su salud intentando mantenerse a salvo, “que nadie les eche el ojo”.

Otras cosas que se quedan abandonadas en el desierto son las identificaciones de las personas, muchas veces son aseguradas por los polleros (traficantes de personas), quienes los ven caer y en lugar de ayudarlos, les quitan lo único con lo que podrían ser identificados si se quedan a medio camino.

Lo anterior es porque muchas veces, las familias conocen a los polleros y de esta manera, dejando sin identidad a los migrantes, evitan demandas por la actividad ilícita que efectúan, y esto provoca que sean miles de personas de quienes se pierde el rastro.


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Lo que guardan en la morgue

Foto: Paula Díaz

En el entrenamiento que Maru Carrasco recibió en la morgue de Tucson, conoció el manejo de unos lockers especiales donde guardan los objetos que llevan las personas que han muerto en el desierto: su ropa, documentos como cartas, direcciones, y también se guardan registros de su ADN.

De esta forma logran dar con los familiares directamente en sus países. Se hacen confrontas de ADN buscando la compatibilidad. Para obtener el ADN hay procesos como hidratación de cuerpos, debido a las condiciones en que quedan en el desierto (algunos quedan “como cartón”, “como momificados”), y hay casos en los que sí es posible encontrar a las personas. Este trabajo, dijo, se hace entre la morgue de Tucson y un laboratorio en Atlanta; el tiempo de espera es de hasta tres meses.

Maru recuerda que en una ocasión le tocó ver que hubiera alrededor de 300 cuerpos de migrantes, congelados, sin identificar. Muchas veces los tienen que cremar, aseguró, y lo más triste es cuando encuentran a los familiares y algunos, por sus creencias religiosas, no pueden incinerar los cuerpos.

No obstante, hay un cementerio “aquí en la Oracle”, donde hay un espacio para personas sin identificación, pero que recibe sepultura.

En la morgue se toma información e imágenes de piezas dentales, aparatos ortopédicos, de huesos rotos, de tatuajes, siempre que sea posible, para que haya más posibilidad de darle identidad a los cuerpos.

“Por desgracia, la gente que más se muere es la gente pobre, la que no tiene dinero más que paga pagar al pollero y no tiene una buena conexión para llegar a su destino”.


Ropa, fotos, mochilas, botellas de agua, son algunas cosas que se quedan en el camino, en el desierto. Foto: Paula Díaz

Hace diez años, recordó, la gente hacia muchos sacrificios para pagar a los polleros, quienes cobraban hasta 5 mil dólares con la promesa de depositarlos en suelo estadounidense.

Ella asegura que la militarización de la frontera es la que mata a la gente. Agrega que desde que regresó Donald Trump a la presidencia ha habido menos cruces en la frontera, por eso se han llevado a los agentes de la Border Patrol a las ciudades.

Los sitios por donde hay más cruces de la frontera de Sonora a Arizona, dijo, son Sásabe y Lukeville, en Sonoyta, y en una parte de Nogales.

Maru participa en el Equipo comunitario Respuesta Rápida, que se conforma de quince personas motivadas por las injusticias a apoyar a los migrantes, a alzar la voz por ellos y a hacer “ruido” de todas las formas posibles para evitar detenciones y la intervención de ICE.


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Autor(a)

Judith León es reportera y editora originaria de Hermosillo, Sonora, México .
Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Sonora y está diplomada en Periodismo Digital por el Instituto Tecnológico de Hermosillo y por la Universidad Kino.
Forma parte del equipo ganador del Premio Nacional de Periodismo 2014 en la categoría de Cobertura Noticiosa.
Escribe narrativa, tiene obra publicada en varias compilaciones y es coautora del libro De ladrillo, concreto y asfalto, del Colegio de Ingenieros Civiles de Sonora.