Tengo un amigo republicano

➡️ Celia Montoya / Plumas Invitadas
De seguro no es el único, pero este me lo dice en voz alta, sin rodeos. Y, aún así, sigue siendo mi amigo.
Nos conocimos hace dieciséis años por trabajo. Vive en Boston. La única palabra que le he escuchado decir en español es “gracias”, pronunciada apenas un par de veces.
En diciembre visitó Arizona. Tuvimos una charla que por poco se convirtió en discusión. Agradecí que no fuera verano, cuando el calor arrastra la paciencia. Hablábamos de migración. Él me aseguraba que la nueva administración sólo perseguiría a delincuentes.
—Y a ti, ¿no te importan los criminales? —me preguntó, como si dijera lo obvio.

Respondí que sí, pero no de la manera en la que él lo planteaba. Le expliqué lo que veía: el crimen no tiene nacionalidad, aunque el miedo se empeñe en ponerle un rostro extranjero. “Hay más en la ecuación”, insistí.
La charla duró poco; preferimos mantener la cordialidad y cambiar de tema. Intuí que me juzgaba exagerada.
Deseé que tuviera razón.
Recordé, entonces, aquellos años de marchas por una reforma migratoria. Yo le contaba lo que ocurría en Phoenix, cuando un sheriff que se hacía llamar “el más duro de América”, acaparaba los noticieros nacionales con sus redadas. Para él eran noticias; para mí, el paisaje diario.
En ese tiempo la inmigración se debatía, pero el país no estaba tan polarizado. Ser republicano o demócrata no marcaba, todavía, una frontera automática en el tema.
Una vez me preguntó por qué algunas personas sin papeles no iniciaban su trámite, si acaso era por pereza. Estábamos en el sitio perfecto para responder esa pregunta. Un edificio junto a una obra de construcción en Tucson, Arizona.

Lo invité a mirar por la ventana. Sus ojos azules se posaron en el grupo que trabajaba afuera bajo el sol.
—¿Crees que la gente que trabaja así es floja? —le pregunté.
Él es inteligente, lo considero así, pero su mapa del mundo es tan diferente al mío. Casi nunca se cruzaba con alguien como ellos, o como yo: con humor sinaloense y un inglés hecho mío, que lo guiaba por Arizona, como si el extranjero fuera él.
No esperaría que cambiara de partido. Ni siquiera lo imagino. Los bandos políticos a menudo empujan a defender lo imposible. Lo he visto. No hay nada más entretenido, y a la vez trágico, que ver a un hijo de vecina torcer argumentos para sostener lo indefendible, aunque eso lo dañe. Mi amigo no carga con ese desgaste, por eso su mensaje me tomó por sorpresa.
Hace apenas unos días me escribió:
“I’m sorry, I was wrong.”
Observé la pantalla iluminada. No explicó más, pero supe de inmediato a qué se refería.
—¿Por qué me lo dices a mí? —le pregunté.
Tal vez pensó que la respuesta era obvia. Yo quería escucharlo en su voz. Lo llamé. Nunca le hablé de mis preferencias políticas; tengo ideales, pero no afiliaciones. Entonces dijo:
—Vi lo que están haciendo con la gente, las redadas.
—¿Y qué piensas? —quise saber.
—Antes te aseguré que no era cierto. Pensé que sólo iban por pandillas y criminales. Me equivoqué.
Yo lo había disculpado desde hacía tiempo. Desde su lugar acomodado, en una costa templada y lejana, aún tenía mucho que aprender de este suelo reseco. Le respondí en español, con la única palabra que sé con certeza que entiende:
—“Gracias”.
Se me ocurrió que quizá hablaba por la gente bajo el sol, pero su “lo siento” sólo podía dármelo a mí. Terminamos la llamada. Sentí el suelo bajo mis pies. Vi la pantalla aún iluminada, como un resplandor que se apaga pronto.
Escuchar a mi amigo me devolvió un hilo de esperanza.
Pero acá, en este borde que habitamos, la esperanza no alcanza.
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