115 años después: la Revolución Mexicana sigue preguntando por nosotros

En 2025 se cumplen 115 años del inicio de la Revolución Mexicana. Fue un quiebre profundo en un país que aparentaba estabilidad mientras escondía desigualdad. Porfirio Díaz llevaba más de treinta años en el poder y México mostraba progreso hacia afuera: ferrocarriles nuevos, fábricas en expansión, capital extranjero mandando. Pero en la base social, campesinos, obreros y pueblos indígenas seguían fuera del reparto.
La ruptura comenzó en 1910, cuando Francisco I. Madero llamó desde el exilio a terminar con la reelección indefinida y exigir elecciones reales. Su mensaje encendió movimientos locales. En el norte, grupos improvisados se organizaron. En el sur, Emiliano Zapata resumió la demanda de fondo con dos palabras que no han perdido fuerza: tierra y libertad. La pelea no era solo por cambiar a un presidente. Era por cambiar la estructura social.
Díaz cayó rápido, pero el país no encontró la calma. Madero llegó a la presidencia y descubrió que gobernar un país fracturado es más difícil que iniciar una revuelta. Para algunos avanzaba lento; para otros no avanzaba lo suficiente; para quienes venían del porfiriato era un estorbo. En 1913 fue derrocado y asesinado. México entró en una guerra civil en la que cada facción perseguía su propio modelo de justicia.
Los años siguientes fueron una serie de alianzas que se rompían y volvían a formarse. Los constitucionalistas, con Carranza y Obregón, querían reconstruir el Estado con leyes e instituciones. Los convencionistas, encabezados por Villa y Zapata, exigían una reforma agraria profunda y un reparto del poder económico. El país quedó atrapado entre esas dos rutas.

En 1917 llegó la Constitución, que limitó el poder presidencial y reconoció derechos sociales, aunque aplicarla llevó décadas. La violencia disminuyó en los años veinte con Obregón y el inicio de un orden político que, con matices, marcó al México del siglo XX. El costo humano fue enorme, pero también aparecieron transformaciones que siguen definiendo nuestra vida pública: el reparto agrario, los derechos laborales, la educación pública y la idea de que el Estado tiene responsabilidades sociales.
De ese ambiente también surgió un impulso cultural decisivo. En 1921, José Vasconcelos encargó a jóvenes artistas pintar muros públicos con la historia de México. Así nació el muralismo moderno, con Rivera, Orozco, Siqueiros y Tamayo contando en imágenes lo que el país estaba tratando de entender por palabras: desigualdad, identidad, memoria.
Cada 20 de noviembre México vuelve a ese origen. Hay desfiles, caballos, escuelas, bandas de guerra, rituales que mezclan historia y costumbre.
Pero la conmemoración no transcurre en automático. Como todo lo que toca la vida pública mexicana, también refleja el clima político del momento. Este año, el tradicional desfile podría modificarse después de que surgiera una convocatoria paralela promovida bajo la bandera de la “Generación Z”. La presidenta Claudia Sheinbaum llamó a evitar provocaciones y advirtió que ciertos grupos buscan generar confrontación y acusó que perfiles opositores inflaron la convocatoria.
A 115 años, la Revolución no es un capítulo cerrado. Es un espejo que revela tensiones que nunca se fueron: tierra, justicia, representación, desigualdad. Por eso cada aniversario no es solo un ritual cívico, sino una pregunta abierta sobre cuánto hemos cambiado y cuánto seguimos peleando por lo mismo.

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