Los que se van

Me imagino su auto lleno de maletas y bolsas negras de la basura rebosando de ropa, zapatos y recuerdos. Cierro los ojos y dibujo en la imaginación esa vista por el retrovisor en donde ya no se ve nada para atrás, como si la vida lo obligara a mirar solo hacia adelante, aunque esa ceguera momentánea sea peligrosa.
Sospecho que le subirá el volumen a la radio para acallar los sentimientos encontrados que lo aturden, entre la derrota impuesta y la emoción de volver a empezar. Casi puedo sentir cómo respira hondo, desde la boca del estómago, y baja el vidrio para que el aire caliente lo despierte de esto que no sabe si es una pesadilla o un sueño. Puedo jurar que soltará una risita irónica de resignación, una que repetirá de vez en cuando mientras conduce esas nueve horas de carretera. Lo imagino yéndose… y me duele un poco el pecho.
Hablo de él sin nombre ni apellido, pero es muy real. Se va en el anonimato que le da el partir a la fuerza de una patria prestada que nunca lo terminó de abrazar. Se va porque el ímpetu de hace tres años no bastó para convencer a este país de que valía la visa, que valía el trabajo y que él lo vale (así, en presente) todo. Las ganas no bastaron; la política fue más necia… y esa maldita hambre que no se calma con palmadas en la espalda ni jornadas a medias. Se va, también, porque prácticamente lo corrió Trump.
No es el único.

Él cruzará la frontera antes de que se cumpla el plazo de su permiso temporal de trabajo. Vivió así, siempre en la incertidumbre, en ese “por mientras”, sintiéndose tibio, a merced, vulnerable a los antojos de quienes sí lo tuvieron todo… y hasta de más.
Detrás de él irán otros con sus carros cargados de nostalgia. Pensaron que llegarían a fin de mes, pero el miedo los alcanzó y aceleraron. Sin papeles y, ahora, sin empleo, se devuelven también sin ahorros a vivir a México. Muchos se están yendo. Demasiados. Algunos por temor a una deportación; otros, con estatus legal, por paz mental. Buscan morir en una tierra donde no tengan que darle explicaciones a nadie, donde los ancestros los reconozcan y las raíces florezcan en sus sueños.
A ellos, los que estuvieron navegando las sombras por décadas, les quedamos debiendo: un camino, justicia, la esperanza, la juventud, los sueños que rompimos, las despedidas forzadas en la distancia, las lágrimas, los hogares siempre temporales, el permiso de vivir sin fecha de caducidad y esa fuerza que se agotó labrando un país que se tatuaron, pero que nunca dejó de verlos como intrusos de un anhelo americano.
Y a él también le debemos. Como sociedad de doble moral le sembramos dudas, le removimos los muertos, lo sacudimos, lo exprimimos… y luego lo mandamos golpeado a casa, con el talento intacto, pero el temple desgastado. Nos queda la culpa, porque nos quedamos quietos, en silencio, de brazos cruzados.
Él no nos verá por el retrovisor mientras se aleja, pero nosotros lo seguiremos con la mirada hasta que se pierda en el desierto. Fuimos solo un oasis y ahora volverá a calmar la sed en casa. Se lleva un poco de nosotros y aquí nos quedamos con su recuerdo.
Buen viaje, E.

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