Mosaicos: La danza
“Yo debí llegar a este mundo bailando, pues no recuerdo haberme dedicado a nada más que a la danza. Tal vez hice otras cosas por casualidad… pero por amor, por pasión, solamente he hecho danza… y la danza me ha hecho a mí” — Josefina Lavalle, bailarina y coreógrafa mexicana.

Tengo el pecho bordado de historias, los cantos de mi abuelo y las lágrimas de mi madre. En la aguja ensarté la nostalgia de mi tierra con la lentejuela de una patria prestada, que ahora es tan mía como la que me vio nacer. La remendé con el canutillo de las esperanzas de asombrarme con un mundo nuevo y con las chaquiras que vibran con los nervios de dejar tanto de lo mío atrás.

En esa blusa donde los pájaros brillan con la luz propia mexicana, reconozco también mi identidad.

Luego, ¡ay!, ese rojo carmesí. ¡Qué chulada! Es como portar en el corazón justo donde va: en los labios. Es como dibujar la sangre de los antepasados para no olvidar que avanzamos en sus hombros.

Es el color del amor y la revolución, de los sueños y de las cruces que nos han llevado a cruzar fronteras… Es el color de mi pueblo. El rojo, señores, también es un acto de desafío y resistencia, de plantarle la cara al mundo y decirle: sí, de aquí también soy.

En los ojos llevo sombras. Mis ojeras albergan a mis fantasmas y las luchas silenciosas que sigo librando en un anonimato impuesto, pero mis párpados se saborean todo el color que merece la puerta de mi alma.

Estos ojitos color sol, coquetos y sinceros, se delinean con los contrastes de los estados de mi México: el verde de su bandera, el amarillo de sus atardeceres y el rosa de sus listones.

Porto con orgullo el arcoíris que recorren mis pestañas, del sur al norte y hasta cruzar el muro donde hoy están mis mezquites y mis buganvilias, donde la aridez del desierto se calma con el remanso de las olas que alguna vez envolvieron mi cuerpo.

Y mis pulseras. ¿Qué te cuento? Unas me las regaló mi tía al nacer y otras, mi padre que ya no está. Son de oro puro. Han crecido conmigo y, cuando nos apretamos, el fuego nos expande.

Son esclavas que se sacuden con mis pasos, que me guían con ese sonido metálico que de tantas caídas me ha salvado; son las que se estrellan en la mesa cuando estallo en furia y las que recorren mis brazos cuando encuentro en quién postrarlos.

Son esas que conocen mis secretos, incluso cuando me baño, porque son parte de una cultura que crece, se deforma, se moldea y nos recuerda que somos un círculo imperfecto que sostiene nuestras historias invisibles.

Los brazaletes se entrampan en mi melena enmarañada cuando intento estirar estos rizos necios que se enredan con el cepillo. Los amanso con goma y brochitos, con los listones de seda que se deslizan suavecito.

Con la frente limpia, en alto, surcada por la vida, las carcajadas y los sepelios, veo el rostro de mi madre y el ceño de mi padre; la coleta acicalada de mi hija, y los aretes de mamanina; siento el abrazo de mis tías en las trenzas en molote y ese brillo en polvo, como diamantina, que me recuerda el cerro, el río y las peregrinaciones de mi pueblo. Me reconozco en esa mirada pícara que heredé, quién sabe de quién.

En la cintura aprieto las faldas que me harán volar por instantes. Entre los corsés y las crinolinas, me ajusto la ropa que me hará sentir mucho más cerca del cielo. Esos colores que se alborotan cuando giran, me envuelven, me acarician, me abrazan y me atrapan.

Surcan el viento y los recuerdos, me atraviesan el alma. El faldeo me seduce y casi siempre me domina, como si con cada movimiento de brazos lograra que las telas mandaran mensajes al universo.

¿Y cómo no dejarse llevar por la pasión? Entre esas faldas está el gozo, la fecundación, la vida y el tesoro.

Y en los pies me calzo el arte. Qué sería de la danza sin un buen taconazo. Amarro los cordones con premura y fuerza, los entrelazo y lo vuelvo a hacer. Las botas me horman después de tantos bailables y la piel, como las pulseras, ha sucumbido al calor de los trancazos.

El cuero se ha estirado y tiene arrugas, como mi rostro. El tacón está un poco desgastado y la hebilla ha perdido el brillo de la novedad. Pero así me gustan más. Traigo en los pies un camino recorrido que no puedo explicar con palabras, pero sí con coreografías desde Veracruz hasta Guadalajara.

Luego, levanto la mirada y las veo a ellas, las que, al igual que yo, se han pasado horas emperifollando. Las reconozco, son las hermanas que me dio la vida y el baile, al otro lado de la frontera, muy lejos de lo que alguna vez fue nuestra casa.

Siento un orgullo que me hincha el pecho, ese que yo tengo bordado, pero que ellas muestran con sus olanes y sus barbas; luego veo a los más pequeños, a los que descubren la magia de México por herencia y tradición, a los que la han adoptado como si fuera su patria, a los que junto conmigo se les acelera el corazón.

Y se me hace un nudo en la garganta y siento unas ligeras ganas de llorar. ¿Cómo es que puede existir algo tan bello? ¿Cómo es que se puede vibrar tan alto?

Así es un ensayo del Ballet Folklórico La Llorona, así es como se vive México, así es como se despierta el amor por la patria, así es como se zapatea con orgullo, así es como en realidad se ve la belleza hispana.

Las letras de este mosaico son de Maritza L. Félix y las fotografías de Daniel Robles.
Puedes ver el detrás de cámara y las entrevistas aquí.

Agradecimiento especial al Ballet Folklórico la Llorona por abrirnos las puertas a uno de sus ensayos y darnos un espectáculo digno de un orgullo hispano.
Ballet Folklórico La Llorona es un grupo vibrante de jóvenes y adultos dedicados a honrar y compartir la cultura mexicana e hispana. Su misión es llevar alegría al público mientras crean un sentido de pertenencia y unidad entre los propios bailarines. Cada presentación les permite convertirse en narradores de historias, expresando emociones y tradiciones culturales a través del movimiento. Para muchos de los jóvenes, la danza no es solo una forma de arte, sino también una manera de conectarse más profundamente con su herencia y entre ellos mismos.
Puedes seguir el trabajo del Ballet Folklórico La Llorona en sus redes sociales @balletfolkloricolallorona de Instagram o Facebook, o a través de su correo electrónico: balletlallorona@gmail.com.

Margarita Duran, Yvette Penagos y Beatriz Yáñez, cofundadoras del Ballet Folklórico La Llorona.
Esta historia es un fragmento de Mosaicos, el proyecto de Conecta Arizona que recoge pedazos de vida, color y memoria, ensamblados como azulejos que celebran la belleza migrante y transfronteriza. Aquí cada relato y fotografía es una pincelada que honra la herencia vibrante, cruda y real que une ambos lados del muro.
Explora aquí otros matices, rostros e historias tejidas en colaboración con autores y artistas independientes.
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Plumas invitadas de Conecta Arizona

