Anselmo Vázquez, talabartero de Hermosillo, heredó y legará este noble oficio artesanal a una cuarta generación

Apenas te paras en la puerta de su taller de la colonia Y Griega, y percibes el olor a “cuero” o vaqueta, como se define el material con el que trabaja Anselmo Vázquez Mendoza, El Chemo, de oficio talabartero, en Hermosillo.
La talabartería es el arte de trabajar mediante cortes, moldeo, tinte, repujado y decoración, el cuero de vacas, cerdos, cabras y borregos para crear artículos como bolsas, cintos, carteras, sillas de montar, chaparreras, fuetes, sillas, fundas para cuchillos y otros accesorios para vestir y utensilios de trabajo.
Este oficio, Anselmo lo aprendió desde los quince años de su padre, don Juventino Vázquez, quien lo aprendió de su abuelo y ahora él ha sembrado esta semillita artesanal y creativa a sus hijas, quienes son muy jóvenes aún para decidir si podrían heredar Talabartería El Paisano, el negocio familiar que tiene 43 años.
El elemento principal de este oficio es el cuero, que compra enrollado en un almacén de la ciudad; son pocos los talabarteros que hay y que podrían ser su competencia, pero “el sol sale para todos”, comenta Anselmo en entrevista para Conecta Arizona.

El siguiente elemento que compone el negocio familiar es la imaginación, la creatividad y la experiencia de muchos años para darle forma y belleza al cuero; con herramienta básica como cinceles y marros que se ven pequeños, pero a la par de su brazo, le dan la fuerza para marcar curvas, flores, estrellas y otras figuras.
En lo alto de la reja de una ventana, Anselmo conserva algunos, que fueron utilizados por su padre, cuando trabajaban juntos en el taller que es amplio e iluminado, pero sin más ventilación que abanicos para no estropear algunos de los accesorios que llevan sus creaciones. En una ciudad donde la temperatura alcanza y supera los 50° C, el calor es su aliado.
Su trabajo es apoyado y complementado por Lupita, su esposa, y por sus hijas, quienes han aprendido a coser y manejar algunas máquinas para adornar con costuras resistentes los accesorios, monturas y sillas y sillones por las que sus clientes los buscan, ¡hasta para decorar cuernos y patitas de venado!, con los que llegan en tiempo de cacería.
La entrevista se realizó en medio de cintos colgando de las paredes, con carteras y fundas para teléfonos celulares, fundas personalizadas para termos de agua, cinturones para levantar objetos pesados, que no son iguales los que son para trabajo a los que se usan en el gimnasio, según la explicación del experto.
Anselmo está al frente del negocio familiar que compartía con su finado padre, de quien heredó la tradición y, desde los 15 años, desarrolla con talento. Fotos: Judith León
Quienes conocen este trabajo, y lo aprecian, buscan a Anselmo para hacer pedidos que reflejan su personalidad, ya sea en cintos grabados con sus nombres, casuales o vaqueros con bordados y decoraciones pintadas a mano, como casi todo el trabajo; además de remaches y costuras.
Las chaparreras y los cintos, se hacen con medidas específicas para quienes los usarán, en su taller no hay imposibles para las tallas, todos encuentran lo que necesitan, o pueden mandarlo hacer acorde a sus gustos. Hay quienes, incluso, le han pedido la excentricidad de una pera de box, de cuero volteado. Reto que, con cortes de gajos, cumplió para su cliente.
Como ocurre con muchos artesanos, Anselmo se enfrenta a clientes que regatean el precio de su trabajo; también, desde la pandemia de Covid-19, a la fecha, se ha enfrentado a lo que podría ser competencia -en materia de precios- del e-commerce; es decir, de las ventas en plataformas internacionales que ofrecen productos a precios bajos, sin que, necesariamente ofrezcan la misma calidad ni la garantía de un trabajo hecho a mano en su totalidad.
Mencionó como ejemplo que entre la “mercancía china” puede encontrarse una montura en 2 mil 500 pesos, alrededor de 136 dólares, que no se compara en calidad, trabajo manual ni materiales, por la que él cobraría como mínimo 13 mil pesos, que serían aproximadamente 706.5 dólares.
¿Qué es para ti la talabartería, Anselmo?
Es un orgullo, es lo que me dejó mi papá, de aquí vivimos; mis hijas son las que me ayudan y me echan la mano de repente, cuando estoy muy atareadito.
Su esposa también le propone confeccionar accesorios y artículos que están en tendencia, para darles -ella- el toque femenino que pueda resultar atractivo para las clientas potenciales.

Pese a los vaivenes de la economía local y mundial, en la que a veces las cuentas del hogar y del negocio son difíciles de cubrir, asegura que hay personas que lo han buscado para aprender el oficio y él ha accedido a compartir sus conocimientos. Quiere que esta cultura artesanal continúe, dentro o fuera de su familia.
También comentó que -en alguna ocasión- alguno de sus discípulos ha querido hacerle competencia y ganarle clientes a precios más altos, aunque después, los compradores le lleven los trabajos a él para que los corrija o repare. Los talabarteros que podrían ser su competencia en la ciudad, aunque no son muchos, dice, quizás sean tres o cuatro.
Anselmo recibe a sus clientes con trato amable y amplia sonrisa; nuestro encuentro para exponer su trabajo artesanal se pactó temprano, pero él estaba listo desde antes, con el sombrero vaquero, junto a su montura en exhibición, por un lado. Listo para ponérselo para las fotografías que te compartimos.
Su negocio está ubicado en la calle Ejido Final # 48 de la Colonia Y Griega, para mayor referencia, a unos metros de donde era la Guardería ABC, en el sur de Hermosillo. También puedes encontrar en qué consiste su trabajo en su cuenta de Facebook.

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