Armatambo, de barriada olvidada a comunidad próspera

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Arte: Daniel Robles

➡️ Francisco Jauregui / Plumas Invitadas

En el sur de Lima emerge Armatambo, un pueblo que fue olvidado y marginado, pero hoy es una comunidad dinámica y organizada. Se encuentra entre la falda del histórico cerro Marcavilca, en la capital peruana, cerca de dos huacas del complejo arqueológico de la antigua cultura Ichma; y en el límite del Río Surco, que irrigaba la antigua hacienda Villa, lugar donde aprendí que una dificultad es una oportunidad, que es mejor dar que recibir.

Aún recuerdo las noches en que caminaba con mis padres para cuidar un lote de terreno que les habían adjudicado. Cruzábamos varias cuadras oscuras y solitarias. Sentía un pánico que mi rostro no podía disimular. Temía a los fantasmas, por los cuentos que mi padre solía narrarme antes de dormir. Al observar me decía, con voz firme: “Hijo, ya te he dicho. No hay que temer a los muertos, sino a los vivos”. Mi padre caminaba a pasos largos; mi madre y yo teníamos que correr para no alejarnos.

Cuando llegábamos al fin a nuestra futura casa —el “sueño de la vivienda propia” que aún estaba en construcción—, sentía alivio y tranquilidad, a pesar de la precariedad de sus materiales. Mi madre me decía: “Hijo, prende la vela con el fósforo para poder alumbrarnos”. Luego de un breve descanso y una oración, nos quedábamos plácidamente dormidos. Al amanecer veía con la claridad del sol que a nuestro alrededor había otras viviendas y mucha gente. De regreso a nuestra casa original, donde aún vivíamos, los vecinos nos saludaban muy amablemente por la calle. Una relación de sincera amistad.

Arte: Daniel Robles

Esta fue nuestra rutina por muchas noches. Después de un tiempo, dejamos las esteras y maderas y construimos la casa con adobe y techo de calamina. Momento en que decidimos ir a vivir definitivamente con toda la familia. Sentí una gran tristeza por tener que dejar amigos de infancia, con quienes compartimos la visita a las playas, la práctica del futbol y los juegos en la calle, que fueron nuestros grandes momentos de diversión.

Pero, al fin, estábamos en nuestro lugar. Eran los primeros años de la década del sesenta, donde residían aproximadamente 200 familias. Si bien poseíamos un lote de terreno, reconocido por el Estado, que era más espacioso y cómodo para la familia, adolecíamos de otras dificultades. Para asistir a mi centro de estudios tenía que caminar varias cuadras y tomar los vehículos públicos, que siempre pasaban llenos. Ir al mercado o una posta médica tenía la misma limitación.

Para abastecerse de agua potable, el barrio sólo contaba con tres pilones públicos que llegaba a surtir por horas. Para separar un turno, desde temprano colocaba mis baldes o cualquier recipiente. Mientras esperaba, aprovechaba para conversar y hacer nuevas amistades, especialmente con las personas mayores, a quienes solía ayudar. Entonces, carecíamos también de alumbrado eléctrico, nuestra energía era la vela o un mechero, especie de lámpara con queroseno.

A pesar de estas y otras limitaciones, los vecinos, encabezados por sus dirigentes, comenzaron a construir algunas obras, como el local comunal, la capilla y el alumbrado eléctrico. Aún adolescente, yo veía con admiración el esfuerzo y la solidaridad de todos.

Un hecho trascendente fue la visita del expresidente de Estados Unidos Richard Nixon, el 4 de agosto de 1966, quien colocó la primera piedra del Centro Educativo Número 7036 Sagrado Corazón de Jesús. Estuve como todos los vecinos curiosos, a un lado de la calle, cuando corrí para saludarlo, superando su seguridad, me extendió su mano y caminamos juntos.

En un inicio no valoré el significado, pero ahora creo que ese saludo fue un presagio de que años después vendría a vivir a este país con toda mi familia.

Pienso que esta vivencia sentó mi vocación de servicio, al igual que el ejemplo de mis padres. Años después, a inicios de la década del setenta, donde residíamos 500 familias, asumí el cargo de presidente de la comunidad. Era un joven estudiante universitario que soñaba hacer del barrio un lugar próspero, mostrar que el lugar humilde donde vivíamos no impedía lograr nuestras metas.

Con esos ideales y el apoyo de todos los vecinos, se logró instalar las redes de agua y desagüe para toda la comunidad. No esperábamos la ayuda del Estado, como si fuésemos mendigos. Fueron largas jornadas donde hombres y mujeres, adultos y jóvenes, participábamos los fines de semana para abrir las zanjas por todas las calles. Un proyecto autofinanciado para cubrir el pago de los materiales y la mano de obra, que muchas veces fue de vecinos de la misma comunidad. Los dirigentes estábamos desde el inicio hasta el final para dar el ejemplo. Muchas veces llegaba tarde a casa para almorzar, pero mis padres estaban orgullosos porque pronto tendríamos el agua en casa.

Este ejemplo no sólo permitió que en varias oportunidades asumiera la conducción del pueblo, ya como profesional o como padre de familia; sino también fue un estímulo para que las nuevas generaciones depongan sus intereses personales al servicio del bien común. Se avanzaron con nuevas obras educativas, médicas, comerciales y recreativas, así como la pavimentación de las calles y veredas y la arborización para proteger el medio ambiente. Igualmente, apoye a constituir varios equipos deportivos y clubes sociales, como los comedores populares.

Hoy, Armatambo es un pueblo urbano, donde las limitaciones han sido oportunidades de desarrollo. Sus viviendas han crecido verticalmente, al igual que la población; con nuevas necesidades económicas y sociales.

Han pasado generaciones donde muchos llegaron, nacieron y se hicieron empresarios o profesionales. Lograron formar sus familias y algunos, como en mi caso, emigrar a otros lugares de la capital o al exterior del país, pero que llevamos el barrio en nuestro corazón. Parafraseando al historiador Jorge Basadre: Armatambo es más grande que sus problemas.

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Arte: Daniel Robles

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