El coloso de Santa Úrsula: 60 años de historias paralelas

➡️ Sandra América López Flores / Plumas Invitadas
Recuerdo perfectamente que no fui una niña precoz, por lo que, durante mucho tiempo, no logré entender por qué mis padres se reían con tanta complicidad cada vez que cantaba la canción de El Chorrito de Cri-Cri, El Grillito Cantor.
Entonces, mi mente infantil suponía que simplemente les gustaba ver cómo movía mis manos al entonar el conocido estribillo: «…se hacía grandote, se hacía chiquito, estaba de mal humor, pobre Chorrito, tenía calor».
Ciertamente, las memorias más vívidas de mi infancia se remontan a cuando tenía apenas cuatro años de edad, allá por el año de 1970. Vivíamos al sur de la Ciudad de México. En esa época, Francisco Gabilondo Soler, mejor conocido como Cri-Cri, se encontraba en la cima de la fama gracias a sus más de 200 canciones escritas especialmente para el público infantil.

La vecindad donde vivíamos —así se les llamaba tradicionalmente a los conjuntos habitacionales de departamentos donde se ingresaba por una puerta en común— se ubicaba en la calle Club Cruz Azul. Esta calle se une directamente a la Calzada Acoxpa y esta, a su vez, se conecta con la Calzada de Tlalpan.
La Calzada Acoxpa conecta de forma directa con el frente del Estadio Azteca y llega hasta el colorido y tradicional barrio de Xochimilco, en el extremo sur de la ciudad. Toda esa zona me parecía plana y sumamente extensa desde mi corta edad. Y en ese entonces, la realidad es que así lo era.
Mi hermano y yo solíamos jugar en una parte muy pequeña del patio de nuestra vecindad. Jugábamos casi enfrente de la puerta de nuestro departamento, lugar donde tuvo origen una actividad muy importante de mi jardín de niños.
Me habían encomendado la tarea de germinar tres semillas de frijol en una mota de algodón debidamente humedecida en agua, puesta dentro de un frasco de vidrio de una conocida marca de comida para bebé.
Fue toda una experiencia que marcó de forma definitiva mi primer paso hacia el conocimiento formal y experimental de la biología, y que me ayudó a descubrir así mi subsecuente afición por las plantas. La educadora nos había indicado poner el frasco directamente al sol para que nuestras semillas germinaran y crecieran hasta convertirse en una planta de frijol.
En pocos días contemplé con asombro el brote de una pequeña hojita. Luego apareció otra y otra más, y una gran alegría me envolvió al observar un delgado tallo de apenas cinco centímetros con ramitas.
La maestra nos dijo que se debía trasplantar a la tierra para que siguiera creciendo fuerte. Con mucho amor la puse en un hoyito en el reducido espacio a la entrada de nuestra vivienda.
Poco me duró el gusto. En esa vecindad golpeaban las pelotas de los vecinos por doquier, ya que el futbol estaba particularmente muy de moda por la zona. Y un mal día, los fuertes pelotazos acabaron con mi plantita.

Mi mamá siempre quiso mudarse de lugar. Ella estaba harta de las heces de los perros y gatos en el patio común; de los gritos y sandeces de los vecinos; de los buenos y malos olores que surgían de las cocinas, pero en particular de las ventanas de los baños.
En esa época, los niños realizábamos algunas tareas cotidianas que implicaban algún traslado corto, y que con el tiempo se convirtieron en mandados formales.
La miscelánea se ubicaba en la esquina de la cuadra, como la mayoría de las tiendas de abarrotes de la época y que frecuentaba para comprar cerillos, una vela o una cebolla. Como niña, yo no tenía conciencia del valor real del dinero. Lo que sí sabía era que al poner las monedas en el mostrador de la miscelánea y decir el nombre de lo que iba a comprar, recibiría mi mercancía y las monedas sobrantes. A menudo, los tenderos obsequiaban alguna golosina a los niños.
Cuando íbamos por la leche al pequeño establo cercano, lo hacíamos cantando alegres canciones como Caminito de la escuela y La marcha de las letras de Cri-Cri. Al llegar, encontrábamos siempre a la persona ordeñando las vacas, una a una. Nos despachaba la leche calientita, y después, al llegar a la casa, mamá la hervía antes de servirla. De la leche tibia, obtenía una nata espesa, cremosa y muy aromática. Mamá untaba esa nata amarilla en los trozos de pan, de los conocidos bolillos, y al servir los panes, les ponía una pizca de azúcar. Ese era la deliciosa merienda de todas las tardes. A la fecha, el pan con mantequilla es uno de mis postres favoritos a falta de una buena nata de leche pura.
Es curioso que cuando escucho sobre el Estadio Azteca, las anteriores remembranzas llegan a mi mente al mismo tiempo. También se le conocía popularmente como el Coloso de Santa Úrsula, porque así se llama la colonia donde se ubica, y así se referían a él los narradores televisivos de los partidos de futbol que ahí se llevaban a cabo de forma regular.
La enorme mole comenzó a construirse en 1962 y se terminó el 29 de mayo de 1966, justo el año en que yo había nacido.
Cuando nos mudamos a esa vecindad, el estadio se ubicaba prácticamente en las afueras de la ciudad, en el área de Huipulco-Coapa, y se llevaba a cabo con mucho revuelo la Copa del Mundo México 1970. Desde su amplia explanada se podía admirar claramente el cerro Xitle y el cerro del Ajusco, que los lugareños llamábamos el Pico del Águila por su forma puntiaguda. ¡Quién iba a imaginar que 20 años después de mudarnos al Ajusco!, yo seguiría admirando desde la azotea de la casa de mis padres aquel enorme edificio que por las noches iluminaba su corona con los partidos de futbol.
Tiempo después, mi hermano me llevó a la inauguración de la segunda Copa Mundial en 1986 para ver a las personas y admirar el gran ambiente que había. Fue la primera vez que vi muchas banderas de otros países y una gran cantidad de aficionados extranjeros con amplia cobertura periodística por doquier y un ambiente alegre.
Nunca pasó por mi mente estar en un estadio y menos en ese. Pero conocí su interior al hacer mi examen de ingreso para la Universidad Nacional Autónoma de México y sin comprar boleto. Recuerdo cómo todos los aspirantes estábamos formados muy emocionados con la firme esperanza de obtener un lugar en la prestigiosa universidad.
El Coloso de Santa Úrsula era impresionante para mis ojos de niña, de joven y de adulta. Y cómo no, si en ese estadio han tenido lugar eventos de renombre internacional.
Es el estadio más grande del país. Ocupa el cuarto lugar en Latinoamérica y el octavo a nivel mundial al albergar poco más de 83 mil espectadores.
El Coloso de Santa Úrsula se encuentra ubicado de espaldas a lo que es la Ciudad Universitaria, en una extensión de seis hectáreas. La magna obra fue construida justamente hasta donde ya no llegó la lava volcánica producto de la erupción ancestral del cerro del Xitle. Fue diseñado por los reconocidos arquitectos Pedro Ramírez Vázquez y Rafael Mijares Alcérreca, y es una de las edificaciones más emblemáticas de la ciudad capital.
El gran Coloso será sede del partido inaugural de su tercera Copa del Mundo el 11 de junio de 2026 y su nuevo nombre es, más apropiadamente, Estadio Ciudad de México y por razones de patrocinio, se le conocerá como Estadio Banorte. ¡Felices primeros 60 años de vida!
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