El mezquite que llegó solo

En mi patio apareció un mezquite pequeño. No lo planté. Creo que llegó del árbol del vecino, aunque no sé cómo. Tal vez una semilla viajó con el agua, la trajo un pájaro o pasó meses escondida bajo la tierra esperando su momento.
Pude haberlo arrancado. En muchos jardines, cualquier planta que aparece sin permiso recibe el nombre de maleza. Pero, cuando supe que era un mezquite, cambió mi manera de mirarlo.
Ya no era una rama fuera de lugar. Era un árbol propio del desierto, presente a ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos. Un árbol que aparece en canciones, comidas, recuerdos y paisajes del norte.
Entonces pensé en algo: vivimos rodeados de plantas que no sabemos nombrar.
Muchos niños reconocen marcas, equipos deportivos y modelos de teléfono. Eso no tiene nada de malo. Esos nombres se repiten en todos lados. Pero pocos podrían distinguir un mezquite.
Hemos aprendido a vivir en un territorio que se quedó sin nombre.
Y nombrar cambia la relación.

El mezquite deja de ser “el árbol que ensucia” cuando uno sabe que sus vainas han servido de alimento, que pájaros llegan a sus ramas, que bajo su sombra crecen otras plantas, que su madera se ha usado para cocinar y que su sombra ha reunido gente y animales por generaciones.
No se vuelve perfecto. Tiene espinas, deja semillas y crece donde uno no lo espera. Pero se vuelve más complejo. Y la complejidad obliga a poner atención.
Hace poco leía a Donna Haraway. Una de sus ideas se me quedó pegada: nada se hace completamente solo. Todo se hace con algo más.
Pensé en el mezquite. Una semilla salió de algún sitio. Algo la cargó. La tierra, el agua y el calor hicieron el resto. Yo no comencé esa historia, pero ahora formo parte de ella.
Mientras tanto, en la ciudad ocurre lo contrario. Llegamos a tiendas rodeadas de estacionamientos sin árboles ni sombra. Bajamos del carro, el calor nos golpea la cara y caminamos rápido, como bailando sobre un comal.
Los titulares anuncian menos agua y temperaturas más extremas. Aun así, seguimos cubriendo la tierra con superficies que guardan el calor y borran lo que había antes.
En mi patio tengo dos gallineros que parecen jaulas. No es metáfora. A uno le puse Arizona; al otro, Sinaloa. El mezquite terminó creciendo justo entre los dos.
Ahí está, entre Arizona y Sinaloa, sin que nadie se lo haya pedido.
El territorio no sigue la geometría de la política. Las semillas, las aves y los árboles existen a ambos lados. La línea divide el mapa, pero no divide por completo al desierto.
El mezquite llegó solo a mi patio. Yo también llegué de otra parte. Cuando una migra, mientras echa raíces, no siempre tiene cerca a alguien que le cuente cómo era ese lugar antes: qué árboles crecían, qué historias quedaron debajo del concreto.
Tal vez por eso empecé a mirarlo. Crece entre Arizona y Sinaloa, como si reconociera una continuidad que yo apenas estaba aprendiendo.
Sigo sin saber cómo era todo esto cuando era monte. Pero el mezquite vino a darme una pista.

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Plumas invitadas de Conecta Arizona

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