El monstruo de Frankenstein y los migrantes: una reflexión sobre la soledad, el rechazo y la culpa de quien abandona

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Arte: Daniel Robles.

Ay, Guillermo del Toro. Ahora sí que te pasaste. “Porque soy mexicano”.

Cuando Mary Shelley publicó Frankenstein en 1818, puso en la portada unas líneas del Paraíso Perdido. “¿Te pedí yo, creador, que me hicieras? ¿Te pedí que me sacaras de la oscuridad?”. Esa pregunta, “¿Te pedí que me hicieras?”, podría salir hoy de cualquier desierto en la frontera, de un cuerpo exhausto en el río Bravo, de una mujer que espera turno en Nogales. Shelley no lo sabía, quizá tampoco lo intentaba, pero estaba escribiendo la historia del primer extranjero moderno, un ser creado y luego abandonado por quien debía protegerlo.

Guillermo del Toro lo entendió a su manera, convirtiendo el mito gótico en una parábola sobre los expulsados, seres que llegan al mundo sin haberlo pedido y que de inmediato son vistos como una amenaza. El cuerpo azul del monstruo, cosido con pedazos de cadáveres, es un mapa humano de desplazamientos, la carne del exilio. Allí están los migrantes que cruzan desiertos.

“Descubrí que soy el hijo de un osario, una desgracia ensamblada con cadáveres desechados y residuos. Un monstruo”.

Yo vivo en Arizona. He visto cuerpos así, familias hechas de pedazos: una madre de Guatemala, un hijo nacido en Texas, un padre desaparecido en Sonora. El monstruo de Shelley podría ser cualquiera de ellos. Seres con una identidad confusa, una comunidad hecha de muchas partes y de ningún lado, a la que todos le cierran la puerta porque su rostro no encaja.

Shelley escribió la novela entera como una ruta: cartas, desplazamientos, huidas. Todos viajan: el científico, el monstruo, el narrador. Nadie se queda. El monstruo deambula por paisajes donde nadie lo reclama. Como los migrantes en tránsito, vive entre la búsqueda, el rechazo. No habla la lengua de los otros. Aprende observando, imitando desde la sombra.

En la novela, el monstruo intenta aprender el idioma de los otros: “Comprendía -dice- que, aunque deseaba hablar con mis vecinos, no debía hacerlo hasta dominar su lenguaje”. Esa frase podría haberla dicho un joven en Tucson o en Maryvale. El monstruo habla, el migrante aprende inglés y ambos siguen siendo vistos como un error, con un acento que pone en duda la inteligencia.

Existen fuera del pacto, entre el nacimiento y la soberanía, ese contrato que define quién merece derechos y quién solo merece sospecha. El monstruo pide una compañera para no estar solo. El migrante también busca eso: una mirada que lo reconozca como humano.

“Haz, de este, tu hogar, y de mí, un amigo”.

Pero su creador, la frontera, el sistema, existe para expulsarlo. Esa dependencia violenta recuerda la de los gobiernos con los desplazados: los crean, los abandonan y después los persiguen. Como Víctor Frankenstein, corriendo tras su culpa.

Al final del libro, el monstruo promete quemarse en el hielo. Sí, en el hielo. Dice que así se acaba el cuento. Pero aquí, cada día, en el río Bravo, en el desierto de Yuma, cada cuerpo hallado es una nueva criatura que no pidió ser creada. Del Toro transforma ese dolor en belleza: su Frankenstein no es un monstruo, es una súplica, un espejo, un hombre sin país.

“¿Qué clase de demonio la creó?”.

Esta es solo una forma de interpretar el libro y la película. Hay otros elementos que nos darían para 33 cápsulas más. Cuéntame tú qué viste y escuchemos juntos la historia contada por el monstruo. Quizá nos daremos cuenta que siempre estuvimos del mismo lado.

“Te pedí que me hicieras”.


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Plumas invitadas de Conecta Arizona

Autor(a)

Celia Montoya es comunicadora y actriz, originaria del estado de Sinaloa, México. Fue conductora de Radio en Tecate Baja California en la estación 88.5fm. Reside en Phoenix, Arizona, desde 2004.

Estudió Negocios en el Phoenix College en Arizona. Formó parte de la organización Toastmasters Internacional, donde además de desarrollar habilidades para comunicar fungió como vicepresidente de relaciones públicas en dos grupos, La Voz de Oro y Los Empresarios Toastmasters.

Es instructora en Fuerza Local, una organización sin fines de lucro, donde imparte clases de comunicación, hablar en público y servicio al cliente. En sus ratos libres le gusta escalar montañas, escuchar podcast, leer y escribir. Desde 2017, forma parte del grupo de poesía y literatura El Llano en Llamas.