En Estados Unidos, se celebró la Semana de los Libros Prohibidos

Imagina que entras a una biblioteca: huele a papel, el silencio invita, las historias respiran entre los estantes. Pero hay huecos, etiquetas arrancadas, nombres borrados. Esto no es un cuento. Está sucediendo ahora, en 2025. La semana del 5 al 11 de octubre se celebró la Semana de los Libros Prohibidos, un recordatorio de que, incluso en un país que presume libertad, hay palabras que se castigan.
El año pasado, la American Library Association registró 821 intentos de censura en bibliotecas y escuelas de Estados Unidos. La mayoría vinieron de grupos organizados con respaldos político o religioso. Los libros señalados coinciden en algo: hablan de lo que inquieta, de identidad, deseo, raza, desigualdad y memoria.
Entre los más atacados están Ojos azules, de Toni Morrison, la historia de una niña negra que sueña con tener ojos azules; Las ventajas de ser invisible, de Stephen Chbosky, para retratar sin maquillaje la depresión y el abuso; Tricks, de Ellen Hopkins, por mostrar la prostitución adolescente; Buscando a Alaska, de John Green, por su tono existencial y sexual; Vendida, de Patricia McCormick, por narrar la trata infantil, entre otros.

La censura cambió de rostro: ya no necesita quemar libros, basta con retirarlos del catálogo o culparlos de corromper la inocencia. El miedo sigue eligiendo qué se puede leer y qué no. Y antes de estos títulos hubo otros que también incomodaron, seguro también los conoces.
Bendíceme, Última, de Rudolfo Anaya, fue prohibido en escuelas del suroeste durante años por hablar de espiritualidad indígena y cuestionar la religión; medio siglo después, los argumentos son los mismos, solo cambiaron los nombres de los censores.
Lo mismo ocurrió con De cómo las muchachas García perdieron el acento, de Julia Álvarez: en 2013, escuelas de Nueva Jersey y Carolina del Norte lo retiraron temporalmente por lenguaje sexual y referencias al racismo; el libro cuenta la historia de cuatro hermanas dominicanas que emigraron a Estados Unidos y aprendieron, con acento entrecortado, que sobrevivir también es traducirse.
Y no solo ocurre en Estados Unidos. En Argentina, Cometierra, de Dolores Reyes, fue cuestionada por el gobierno de Javier Milei y señalada en escuelas por contenido sexual inapropiado. El libro cuenta la historia de un adolescente que, al comer tierra, puede ver a los desaparecidos. Habla de feminicidio, desigualdad y memoria. Demasiado real para quienes prefieren mirar a otro lado.
También en Florida fueron vetados autores latinoamericanos: Dignísima, de Elena Poniatowska; Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez; La casa de los espíritus y Más allá del invierno, de Isabel Allende. La razón oficial: lenguaje sexual y material inapropiado.
Prohibir los libros es una forma de ordenar el mundo a conveniencia, de borrar lo que incomoda. Y cuando los títulos desaparecen, son los que hablan de mujeres, migrantes o de comunidades queer y latinas. Lo que se intenta borrar no son las palabras, son las vidas. Esta semana los huecos de los estantes vuelven a respirar. Cometierra, Ojos azules, Bendíceme, Última, Cien años de soledad: libros que cruzan fronteras, aunque los cierren con candado. Porque prohibir un libro no borra su existencia, solo confirma su poder.

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