En Hermosillo, el comedor para inmigrantes que dirige el padre Gilberto Lezama está preparado para recibirlos

Primera parte
La capital de Sonora, Hermosillo, es una ciudad de tránsito para los inmigrantes que -por décadas-han ido en busca del sueño americano. Ubicada a 172.2 millas de la frontera entre Nogales, Sonora y Nogales, Arizona; se visualiza como parte del último estirón de las personas que tienen como objetivo llegar a Estados Unidos.
Este no es el único sitio por el que los inmigrantes acarician el sueño de cruzar en busca de una mejor calidad de vida; de mejorar su economía, apoyar a su familia desde el lado sur del muro, y llegar con apoyo de sus seres queridos o amigos, desde el norte.
Es en el área rural norte de esta ciudad, en donde el Comedor y Dispensario para Inmigrantes y Personas en Situación de Calle, perteneciente a la parroquia San Luis Gonzaga y dirigido por el padre Gilberto Lezama, representa un sitio digno y una mano amiga para quien tiene necesidad de una comida digna y un espacio para descansar.
El Comedor del padre Lezama, como también se le identifica, está en el ejido La Victoria, a quince minutos de Hermosillo; cerca de las vías del ferrocarril de carga (en Sonora no hay tren de pasajeros). Para llegar, se transita algunos kilómetros por la carretera internacional México 15; luego se toma una desviación que tiene como referencia “El Colegio Irlandés”; se da vuelta al lado izquierdo, se termina el camino asfaltado y comienzan unos kilómetros de terracería que caminan casi a la par con las vías del tren, en el que suben y bajan algunos inmigrantes.

Sigues conduciendo y te encuentras de frente algunos autos, ves a personas en situación de calle desplazarse por un lado del camino; otros desperezándose tras una noche durmiendo a la intemperie, algunos caminando cubiertos con una cobija, solos, en pareja, en grupo. Se termina la observación de las personas del entorno porque hay que estar pendientes de “la pila”, una pila de agua, construida de cemento, que está en lo que, seguramente, dentro de poco tiempo será un camellón en lo que está convirtiéndose en una zona habitacional exclusiva, mientras que “La Victoria” es, para algunas personas y familias, su casita de campo.
“Es lo único que habrá en el camino como seña para llegar. Tiene una imagen de la Virgen de Guadalupe”, fue la referencia. Y sí, frente a las vías, ahí está. Inmediatamente hay que dar vuelta a la derecha. No hay anuncio. La existencia del lugar la confirmó el jardinero de una casa con alberca, cerco delimitado con malla ciclónica y una extensa área verde, de la que salió el trabajador que está “medio sordo”, para “medio conversar” con la reportera.
La historia comenzó hace casi 16 años
El 23 de febrero de 2009, hace casi 16 años, comenzó a escribirse la historia que es referencia cada vez que se trata el tema de personas inmigrantes.
¿Cómo empezó aquí, padre?

Mira, yo llegué a la comunidad de la parroquia en 2006 y, dentro del trabajo que tenemos aquí, cuando uno va a estudiar, las técnicas y todo eso, en el Seminario nos decían cuando ustedes vayan a trabajar o a hacer un proyecto, siempre el proceso o la dinámica es la siguiente: ver, juzgar y actuar.
Porque no se trata nada más de llevar lo que uno quiere; de hecho, yo nunca había trabajado con inmigrantes; era la pastoral juvenil había trabajado con los matrimonios, con ciertas personas, pero en el caso de la migración no, nunca; nunca me había topado ni nunca tenía en mis proyectos o en mis sueños hacer un comedor… Entonces, ver la realidad… Yo llegué en el 2006, allá a la comunidad.
Miraba que tocaban en las casas, las personas tocaban las puertas para pedir un taco, para pedir un alimento, para pedir un apoyo; entonces, ver eso, pues te va motivando, y por qué no hacemos algo que responda a la realidad. Entonces, si estábamos viendo que era una necesidad, después ya juzgamos qué tan posible o no tan posible. Pues no, no es posible, pero tenemos que actuar y tardamos. Nosotros iniciamos en 2009, pero fue un trabajo de casi dos años. En esa motivación, en ese querer hacer las cosas, pasó que necesitamos la estufa, el refrigerador, la silla, las mesas, los manteles, el pichel, los cubiertos, ¡todo!
Pasaron los años y no teníamos nada. ¿Y cómo podíamos empezar? Entonces ya dijo Marta Silvia: Padre, pues vamos a empezar con lo que tenemos. Sí tiene que ser algo digno, pero la dignidad la va a dar la dedicación. Y ya teniendo eso, lo iniciamos.
Iniciamos así, después de dos años, con una situación muy difícil, el 23 de febrero. No teníamos mesas, ¡tenemos mesa!, bancos por mesas y al mes ya teníamos mesas; cositas que se fueron dando y dando. Insisto, aun cuando no ha sido fácil, sí ha sido llevadero.

El comedor que inició con una mesa, actualmente tiene varias mesas y bancas de material resistente, están construidas con material que podría ser concreto y tienen sobre sí un alto tejaban que protege a los usuarios del sol y de la lluvia.
Aunque el tema religioso no condiciona a los usuarios del comedor, sí hay un gran crucifijo en una de las paredes y, en otra, un cuadro de grandes dimensiones de la Virgen de Guadalupe, protegiendo en sus brazos a un inmigrante.
Lo que nos ha ayudado a sostenernos es no delegar a los demás la responsabilidad o el principio que uno quiere, porque cuando están tan difíciles y no ves el apoyo, dices ‘bueno, pa qué tengo una idea que no es ni mía. Pues mejor me desafano’. Entonces, cuando la gente te va entendiendo la esencia de lo que puede hacer y sobre todo sin esperar nada… Porque cuando esperas algo y no se da, te frustras. Cuando no esperas nada y va saliendo, te vas motivando y es lo que hemos ido viendo en el trabajo, sin exigir a la comunidad, pero sin quitarle a la comunidad. Hay una respuesta, incluso, de las cosas que hemos visto así, de los frutos colaterales.
Lo fundamental es la atención a migrantes y personas en situación de calle, que hemos atendido y con los que hemos visto que ha sido una experiencia de un grupo de personas, un grupo humanitario que ha logrado dejar una imagen, una huella en la comunidad porque muchas veces vienen, no nada más somos nosotros los que damos los alimentos, los que servimos; vienen kínderes, de escuelas oficiales o particulares, vienen de primarias, de secundarias, de preparatoria, de universidades, empresarios, pequeños comerciantes, familias.
Ha sido un lugar en donde vienen y aportan, pero sobre todo pueden sentir la seguridad, la tranquilidad, de poder estar en un lugar donde puedan estar de una manera segura, tranquila y satisfactoria de realizar una actividad. Es significativo porque, incluso, los universitarios dicen que les toca el tema ya para para recibirse (graduarse): mi tesis sobre migración.
El padre Gilberto Lezama compartió que hay estudiantes que buscan la oportunidad de ir a hacer entrevistas sobre la experiencia de este trabajo y después regresan a prestar un servicio, ya sea sirviendo o como médicos, durante unas vacaciones, un viaje a esta ciudad, y eso es, dijo, lo colateral que han recibido de una manera significativa.
El movimiento de migración siempre ha existido, pero que se vean más personas, que se sepa que vienen en caravanas o que hay lugares, así como en el que estamos, donde se les apoya; la necesidad siempre la han tenido, pero ahora todo es de manera más organizada y cotidiana, ¿tiene registro de cuando comenzó el movimiento de esa manera?
Mira, nosotros iniciamos en 2009. Siempre oíamos hablar de caravanas, de movimientos masivos extraordinarios, porque también hemos descubierto que hay dos tipos de movimientos: el normal o el tradicional, que es el que atendemos de una manera cotidiana. Y tenemos también los movimientos extraordinarios que se dan de una manera masiva, como el caso de las caravanas o en el caso de las expulsiones que hubo hace dos años de los venezolanos de Estados Unidos.
Ante la situación que se dio y que era gente que venía del del sur, no de este país, sino que venían del norte, y que se juntaban, con las dos realidades. De hecho, en esa temporada con los venezolanos, nosotros llegamos a atender a más de 800 personas de octubre a marzo.
Fue de octubre de 2023 a marzo del 2024 más o menos. Dos años. Sí, incluso este muchacho que está aquí es de Ecuador, vino dentro de ese flujo de movimiento. Ahorita no ha podido cruzar a Estados Unidos. Se le ha dificultado por la presión de CBP One.
Entonces, hemos visto esa realidad. Tenemos los dos flujos, los ordinarios y los extraordinarios. Nosotros, en el flujo que es extraordinario, hemos atendido las caravanas de cerca de 800 hasta mil personas.
El movimiento de apoyo a inmigrantes, encabezado por el padre Lezama tiene tres maneras de atender esta realidad de personas que van y vienen de Estados Unidos. Uno de ellos es el comedor y dispensario, un segundo tipo de apoyo es en la parroquia que tiene a su cargo, y el tercero es un refugio.
En este último no hay atención masiva porque no tiene grandes instalaciones. En la entrevista para Conecta Arizona explicó que este refugio (no es un albergue) es un filtro para cuando viajan familias que llevan niños y mujeres. Es entonces cuando se hace la separación de los grupos; el motivo, dijo, es porque se trata de casos especiales, los integrantes pueden ser más vulnerables y es menos frecuente. “La parroquia funge como refugio”, detalló.
Es un refugio donde a las personas las podemos concentrar o estar de una manera identificada, donde les podemos dar lo que es, sino comodidad, por lo menos una seguridad de poder estar en un lugar donde puedan vivir de una manera tranquila, en ese en ese tránsito.

Recordó que antes de iniciar con este servicio a la comunidad, en 2009, las personas que han trabajado en los casi 16 años ya escuchaban hablar de las caravanas: “Se oía hablar de aumentos masivos. Siempre lo identificábamos como una realidad, pero que era hacia el este del país o hacia el norte. Estábamos hablando del Golfo o Ciudad Juárez, que era por donde se dirigía. Como en 2017, vimos el primer flujo -o signo- por el Pacífico; entonces, para ir a la frontera, la Ciudad de México tiene tres, tres vías el Pacífico, el Norte y el Golfo”.
Entonces, a partir de 2017, finales de 2016, recordó, empezamos a ver ciertos movimientos por el Pacífico. Estamos hablando que incluso en el 2017 o finales del 2016 se dio el primer flujo masivo significativo que fue con los haitianos, ahí, en Tijuana, que incluso cuando nos dimos cuenta, ya estaba toda una cantidad significativa en Tijuana.
Nunca vimos cuando pasaron por la ciudad (Hermosillo), porque muchas veces no necesariamente pasan por la ciudad, se van directo a su hacia su lugar de destino. Eso fue el primer foco que se dio, después de ahí, siguió lo que se llamó Caravana Migrante, que movía cierta cantidad de gente, y eso a nosotros nos llevó a estar un poquito más alerta en cuanto a la atención, hacia el flujo migratorio.
Fuimos entendiendo, reconoció, que esto de la migración es un trabajo ordinario y, un trabajo extraordinario cuando fue de movimientos masivos, producto de situaciones políticas, o del flujo tradicional para situaciones de migrantes a la hora de poder cruzar.
¿Se podría decir que cada vez son más los movimientos extraordinarios los que están sucediendo?
Sí. Por ejemplo, en el caso de la caravana, sí se calmaron un poco los movimientos masivos, por lo menos por el lado del Pacífico, no sé cómo será en el norte y por el Golfo se calmó un poquito; sin embargo, se dio el otro movimiento: el de expulsión de los venezolanos.
Entonces siempre ha habido, de una o de otra manera, ese reacomodo de problemas, de incertidumbre, de imprevistos ante el flujo. Uno por el mismo movimiento de la migración, o por situaciones políticas donde se ven violentados los flujos hacia el norte.
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¿Cómo recibe el comedor y dispensario, y la comunidad con la que usted está en contacto, la noticia de la deportación masiva por parte del gobierno de Estados Unidos?
Primero que nada, es una noticia muy fuerte que causa cierta conmoción, cierta alerta, un impacto social por lo que pueda venir del aspecto tanto económico, político, social e implica también la cuestión de seguridad.
Panoramas que implican lo que es el fenómeno; sin embargo, nosotros, ante la noticia de que es una situación difícil y poco favorable lo que se vislumbra. Sin embargo, ahorita hay muchas situaciones y muchas incógnitas.
Para nosotros, ahorita, el panorama es tranquilo o como decimos, una tensa calma, pero siempre atentos, alertas. Vamos para 16 años trabajando con el tema de la migración, con las personas que salen de su país de origen buscando una oportunidad.
Dentro del flujo que hemos visto, pudiéramos marcar un parteaguas antes de la pandemia y después de la pandemia porque eso, quieras o no, cambió en nuestra manera de vivir, de relacionarnos, incluso hasta de trabajar.
Antes de la pandemia atendíamos dos temporadas, la temporada alta y la temporada baja. En la temporada alta atendíamos -por lo menos- 90 personas diarias y máximo 130. En la temporada alta teníamos como 130, 140, hasta 220 personas. Entonces sí tenemos, gracias a Dios, una capacidad como para poder responder, por lo menos no dar una solución, porque nuestro trabajo no es solucionar, sino responder ante una realidad inmediata y necesaria.
Sin embargo, antes de la pandemia el flujo era medido. Era así como tipo de curvas ascendentes y descendentes. La temporada alta la teníamos en invierno y en verano, contrariamente a lo que pudiéramos pensar era bajo; teníamos flujo alto desde que era agosto, septiembre, octubre, noviembre, diciembre, enero y febrero.
Después de la pandemia ya hubo mucho movimiento, muchas acciones y aparte situaciones en las que el migrante ya se afrontaba a otro tipo de realidades. Una: la misma situación de la salud, donde ciertas realidades ya no eran las mismas y se notaba o se percibía que el flujo de la migración había bajado. ¿Por qué? Después de la pandemia atendíamos nada más una sola temporada, es decir, con un mínimo de 40 y como un máximo de 100 personas. Entonces son dos realidades totalmente distintas.
La percepción, aun cuando pudiera decirse que iba hacia la baja, en base a la experiencia de nosotros, vimos que más que ir a la baja se iba retrasando el flujo, porque si fuera a la baja era síntoma de que ya las personas no estaban entrando al país.

Sin embargo, variaba el flujo porque ya no se podían trasladar, moverse como lo hacían antes, con ciertas estrategias. Por ejemplo, en la vía del ferrocarril, pues se ponían durmientes para que ellos no pudieran subirse o no pudieran bajarse del tren.
La situación de la seguridad, como que también se fue agudizando: secuestro, extorsión, asaltos, inseguridad que iba viviendo el migrante. Entonces la delantera, pues más que llegar a las ciudades de tránsito, como Hermosillo (porque no somos ciudad de destino, sino de tránsito, de puente, de enlace hacia la frontera), lo que percibíamos era más que bajar, que el flujo se iba retardando. ¿Por qué? Porque si antes el flujo era masivo ondulatorio, ahora era más un poquito más pico, es decir, venían 50, después venían 100, vienen 60, vienen 30; es decir, eso nos refleja a nosotros que el migrante iba avanzando como iba pudiendo, ya no de una manera tranquila, entre comillas, como pudiéramos decir, sino como tenía la oportunidad de viajar.
Sin embargo, al ver que se iba retrasando y que aparentemente bajaba la atención de nosotros hacia el migrante, íbamos viendo noticias, o con los mismos grupos o compañeros de comedores o de albergues, pues que seguía la misma realidad de flujo hacia la frontera.
Entonces, ese es un poquito la perspectiva más que un bajar el flujo, es un retardar el proceso, porque el migrante de una u otra manera va a dejar de cruzar hacia Estados Unidos o pasar por México el día que ellos cuenten con una situación de estabilidad económica y estabilidad social en sus lugares de origen. Mientras eso no se dé, pues va a ser una realidad y va a ser parte del pan de cada día.
En la próxima entrega, el padre Gilberto Lezama, compartirá cómo ha ido cambiando el perfil de las personas que se acercan a la frontera con la esperanza de cruzar a Estados Unidos; cómo opera el comedor y las formas que hay para apoyarlo.

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