“Este año, no vamos”; la inseguridad en Sinaloa frena a las personas que desean volver a sus raíces

Lucio en Phoenix, Arizona, frente a su árbol navideño, con sus recuerdos y sus sueños de regresar a su tierra y abrazar a los suyos. Foto: Celia Esperanza Ramos

La historia de Lucio se parece a la de muchos inmigrantes, cuando cerró la fábrica donde trabajaba en la frontera y dejó sin empleo a cientos, como él, decidió probar suerte en el norte. Cruzó en 2002. Hoy acumula 22 años sin regresar a su tierra, un poblado cercano a Culiacán, Sinaloa. En ese tiempo, se conformó con retazos de su pasado: llamadas, textos, y fotos familiares en las que siempre faltaba él.

Arizona se convirtió en su hogar con sus propios desafíos. Soportó un ambiente antiinmigrante, crisis económicas y 22 veranos de un sol despiadado. Se resignó a no volver y le entregó a Estados Unidos los años más productivos de su vida. Echó raíces y tuvo hijos que nunca experimentaron esa libertad de la que tanto hablaba cuando comparaba la vida en Estados Unidos con la de su lugar de origen.

Lo más cerca que estuvo de su tierra fue una sala de espera en la central de autobuses, en la esquina de la 27 Avenida y McDowell, en Phoenix. Ahí, esperaba a su madre que cruzaba la frontera para visitarlo. Sentado junto al calor que emanaba de los motores de los buses en marcha, sentía que regresar a casa era tan sencillo como subirse a un autobús y despertar en Culiacán. Pero no era así, entre él y la frontera no había sólo el pasaje que le ofreciera un camión; había algo más: la incertidumbre de un cruce, una vida ya hecha.

La mamá llegaba siempre cargada con hieleras llenas de queso, machaca y tamales para que Lucio y su familia sintieran el sabor de la tierra. Pero en la maleta, además, traía siempre noticias de lo que pasaba en el pueblo. “Cada día se pone más feo”, le decía. Le narraba las historias de amigos suyos que habían entrado al negocio del narco y ahora estaban desaparecidos. Algunas cosas las sabía antes que su madre se las contara, por las redes sociales, otras eran secretos a voces. 

Arte: Daniel Robles

Este año, 2024, después de estar 22 años sin documentos en Estados Unidos, recibió su residencia permanente. Esta Navidad sería la primera vez que visitaría Sinaloa.

Había imaginado, de mil formas, cómo sería el momento en que llegaría a casa; tal vez con música o de sorpresa. Se preguntaba cuál sería la reacción de sus familiares al verlo, imaginaba el largo y apretado abrazo de sus hermanos, lavaría la culpa de su ausencia visitando las tumbas de los funerales a los que no asistió. Era un jovencito de 22 años cuando partió, hoy tiene 44 años, ha cambiado mucho y la tierra que dejó también.  

Tal como él planeaba, en las fechas navideñas, miles de paisanos regresan a México. Para recibirlos, el gobierno mexicano ha implementado un operativo llamado “Heroínas y Héroes Paisanos”, un programa que busca garantizar el ingreso, tránsito y salida de los connacionales y evitar abusos y extorsiones. 

Pero para Lucio, esos programas son ahora sólo nombres vacíos, frases que suenan bien, pero que no significan nada. El sueño de regresar a su tierra se fue desvaneciendo lentamente después de que estallara la guerra entre las facciones del Cártel de Sinaloa. La tarjeta verde que alguna vez consideró su boleto de salida y regreso, no le servía. Al principio, Lucio no imaginaba que la violencia de su tierra lo afectaría porque, como se dice en Sinaloa, “el narco ahí es diferente”. En su región, las reglas no escritas del crimen parecían claras: “No te molestan, no se meten contigo, siempre que no te metas con ellos”. Pero la guerra desbordó esas fronteras de seguridad.

Lucio seguía las noticias en redes sociales, la lista de desaparecidos incluía a gente que conocía. No todos andaban en el negocio ilícito, y eso empezó a preocuparle.

Hay personas que no viajan a Sinaloa, pero las noticias viajan a donde se encuentran; de boca en boca, por las redes sociales. Foto: Celia Esperanza Ramos

Cada día de los últimos meses, la gente de Culiacán dejó de contar los días que faltan para Navidad, para contar muertos embolsados, quemados, tiroteados. Los pueblos alrededor de Culiacán, son zonas de guerra donde los habitantes -de noche- no se asoman ni por la ventana. La lista de desaparecidos crece y tiene un número distinto dependiendo a quien se le pregunte. Para el 18 de diciembre de 2024, el colectivo de madres buscadoras Sabuesos Guerreras confirmó para Conecta Arizona, que llevaban una cuenta de 780 personas reportadas en lo que va del conflicto.

El conflicto actual en Sinaloa tiene sus raíces en el arresto de Ismael “El Mayo” Zambada, llevado a cabo por Estados Unidos con la complicidad de un hijo de Joaquín “El Chapo” Guzmán. Este evento desencadenó una violenta guerra entre las dos facciones del Cártel de Sinaloa: “Los Mayos”, hijos y aliados del Mayo Zambada, y “Los Chapitos”, los hijos de Guzmán. En medio de esta confrontación, los símbolos se convirtieron en una marca de la violencia. El sombrero, emblema de los mayos, evoca la vieja escuela del narcotráfico. Por otro lado, la caja de pizza, asociada con los Chapitos, se convirtió en el sello de los nuevos tiempos, también son conocidos como la “Chapizza”. Ambos símbolos son ahora iconos de la crueldad que define la guerra entre estos dos clanes.

Los habitantes de Culiacán ya habían sido testigos de episodios de terror colectivo, como los conocidos “culiacanazos”, pero esta vez, la violencia que estalló el 9 de septiembre de 2024 parecía extenderse. La pregunta que se hacía Lucio, y que rondaba en las calles, pero que mantenía a todos en casa, era clara: ¿cuándo terminaría todo esto? El general Francisco Jesús Leana Ojeda, comandante de la Tercera Región Militar en Sinaloa, tenía una respuesta. El 16 de septiembre de 2024, en una declaración, dijo que la paz en Sinaloa no dependía de las autoridades, sino de los grupos del crimen organizado.

En sus palabras: “Queremos que sea lo más rápido posible, pero no depende de nosotros, depende de los grupos antagónicos que dejen de hacer confrontación entre ellos y que estén dejando a la sociedad en paz”. Comentarios que causaron indignación entre los sinaloenses, pero que con el paso de los meses revelaban una amarga realidad: la incapacidad del gobierno para enfrentar al crimen organizado.


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Para Anabel I., psicóloga y maestra en Culiacán, que se dedica a orientar a docentes y padres de familia a través de talleres, y también atiende a estudiantes que enfrentan barreras para el aprendizaje (aunque los efectos más visibles de la violencia son el terror cotidiano y el cierre de negocios), sostiene que el daño más profundo es el que se oculta tras las caras de los ciudadanos: un estado generalizado de ansiedad.

“Muchas pérdidas humanas, todas esas personas que están pasando por un duelo, una pérdida, personas desaparecidas… son situaciones emocionales muy fuertes que yo creo que no nos vamos a dar abasto con los psicólogos y psiquiatras que hay en la ciudad, para atender tanta situación de ansiedad y de depresión”, señala.

El insomnio, el estrés y la preocupación constante se han convertido en una parte de la vida diaria. “Casi todas las noches estamos pendientes de mi colonia, a ver si no hay una balacera y me tengo que tirar. Nosotros ya nos hemos tenido que dormir tirados en el piso”, cuenta, mientras enfatiza el desgaste físico y emocional que esta nueva normalidad ha provocado. “No duermen bien, no descansan bien, están preocupados todo el día, salen a trabajar con miedo… No obtenemos un respiro emocional, no podemos hacer una actividad libre o ir a un parque para relajarnos”.

La violencia, que parece no tener fin, ha alcanzado también a su entorno cercano. Uno de sus alumnos, por ejemplo, perdió a su madre en un incidente de fuego cruzado, mientras atendía un puesto de tacos en la calle. “Hay una persecución y en la persecución, pues acribillan a los de una camioneta, y ellas estaban por ahí. Fueron víctimas del fuego cruzado, víctimas colaterales. Ella y otra mujer fallecieron, y los de otro carro, una familia completa con un niño de 10 años salió herida. Son historias muy frecuentes y tristes”, relata, visiblemente afectada.

Anabel también tiene un mensaje para sus paisanos, tanto aquellos que viven en el interior del país, como los que residen en el extranjero. “Sinaloa es muy bonito, pero en este momento no, no es el Sinaloa que conocen. No es el Sinaloa alegre, el Sinaloa en el que van a venir a ser felices. Ahorita van a venir a cuidarse, a que no los extorsionen, que no les quiten la camioneta, que no les caiga una bala. Son muchos riesgos”.

Y agrega “Esto se me hacía algo tan lejano, que a nosotros nunca nos iba a pasar. Veía la guerra como algo lejano, pero qué difícil es cuando estás dentro de una comunidad que necesita tanta ayuda y que sabemos que estamos siendo invisibles para muchos sectores de la sociedad en México”, concluye.  


Cristian E., músico en una banda sinaloense, vive en un pequeño poblado de Culiacán, donde la disminución de la vida nocturna ha afectado directamente su trabajo. A pesar de la violencia creciente, cuando tiene la oportunidad de tocar, lo hace, aunque siempre con miedo e incertidumbre. “El dinero no te va a caer del cielo” dice, “Uno, como músico, sale a buscar para su familia. Sabes que hay grupos delictivos de ambos lados que te pueden parar en cualquier momento, preguntarte quién eres. Unos manejan la violencia, otros no. Entonces, te arriesgas, pero tienes que llevar algo para tu casa”, comenta con resignación.

Recuerda claramente el 12 de diciembre, el Día de la Virgen de Guadalupe, una fecha que en años anteriores había estado marcada por celebraciones. Este año, sin embargo, el ambiente era muy diferente. Cristian había ido a tocar Las Mañanitas, pero en esta ocasión, la celebración fue una tardeada y, al regresar a casa, aún era temprano.

“El año pasado, el Día de la Virgen, estaban festejando Las Mañanitas con todo. Pero este año, solo, totalmente apagado, sin ningún ruido”, relata.

Los “culiacanazos” y las cifras de personas fallecidas o desaparecidas limita la práctica de tradiciones como Las Mañanitas a la Virgen de Guadalupe. Foto: “Vive Eldorado Sinaloa”

Mientras conducía por las calles desiertas, notaba grupos que, según él, pertenecían a alguna de las facciones del crimen organizado. “Y ellos patrullan; los mandos delictivos, y si ven que haces algo, te van a parar, a preguntarte qué estás haciendo. Patrullan toda la noche, cuidan los puntos, los accesos, para que no entren los otros”, explica Cristian quien, como muchos, vive bajo la constante amenaza de la violencia.

Relata también, cómo hace un año, para esas fechas, Cristian ya tenía al menos 18 fechas contratadas como banda musical, y a partir del 18 de diciembre, tocaban todos los días. Pero la situación ha cambiado drásticamente. “Ahora sólo tenemos cinco fechas contratadas, y una de ellas, una quinceañera, nos la cancelaron hasta octubre del próximo año”, dice con pesar. La competencia entre músicos ha aumentado, y para mantenerse a flote, muchos se ven obligados a bajar sus precios debido a la escasez de trabajo.


Abel Jacobo Miller, experto en seguridad y prevención del delito, además de empresario sinaloense con un negocio de instrucción de tiro, lamenta profundamente que la gravedad de la situación en Culiacán se esté minimizando. En su opinión, esta falta de reconocimiento sólo está generando una falsa sensación de seguridad entre quienes, como muchos connacionales, todavía piensan en visitar la ciudad.

“Pero pues ese afán de minimizar la problemática está haciendo que mucha gente se esté confiando. Pero definitivamente, yo no recomiendo que vengan, aunque suene triste, no lo hagan. Este año no visiten Sinaloa”, dice Abel.

Si a pesar de las advertencias alguien decide viajar, ya sea para Navidad o en otras fechas cercanas, Abel ofrece una serie de recomendaciones. “Vengan en avión y consideren que las fiestas no van a ser nocturnas, van a ser en el día o encerrados en las casas de los parientes. Tratar de hacer todas las salidas durante el día, no hacer nada durante la noche. Si van a comer en algún restaurante, hacerlo en el restaurante cercano a donde se están quedando”, sugiere.

Además, aconseja tomar precauciones adicionales si se viaja por carretera: “Si van a venir manejando, trata de hacerlo en caravana, y pues no traigan mercancía. La verdad, ahorita lo que importa es nada más la presencia. Me preocupa el tema del robo de vehículos y los levantones. Hay un montón de personas levantadas ahora, incluso se está dando el levantón para cobrar rescate”.

Para Abel, el clima de violencia en Culiacán ha alcanzado un nivel alarmante, y no sólo afecta a los visitantes: muchos de los propios habitantes están comenzando a abandonar la ciudad. “Esto es algo atípico porque no se había visto antes. Ninguno de los otros ‘culiacanazos’ había generado que la misma gente de aquí ya se empiece a ir”, comenta.

Finalmente, Abel hace una reflexión sobre las consecuencias que podrían surgir tras la actual ola de violencia: “Después de una crisis de violencia, mucho cuidado, porque se viene la crisis económica, y esa puede ser un detonante más para generar más violencia”, advierte.

Las probabilidades de regresar a Sinaloa, se alejan al tiempo que aumenta la inseguridad, la violencia y el daño a miles de familias en este estado mexicano. Foto: Celia Esperanza Ramos

Mientras tanto, Lucio decidió pasar esta Navidad en Phoenix, Arizona; su familia le dijo “No vengas”, temiendo que, por ser alguien que venía de fuera, podría llamar la atención en un pueblo donde los robos y extorsiones están en aumento. Dice que le pareció raro pensarse como un fuereño de su propia tierra.

Fue a finales de noviembre cuando decidió que no iría, aún guardaba la esperanza de que todo mejorara. “Un día me levanté bien triste y enojado, pensé en ir en avión, pero era muy caro llevar a toda la familia, y por carretera no los quiero arriesgar”.

Habló con otros sinaloenses de su región y pronto se dio cuenta de que no estaba solo: prácticamente nadie planeaba regresar este año.

Esta Navidad seguirá viendo a su familia a través de pantallas, lo que antes era una separación por el estatus migratorio, ahora es una barrera impuesta por una “narco-pandemia”.

Arte: Daniel Robles

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Autor(a)

Celia Montoya es comunicadora y actriz, originaria del estado de Sinaloa, México. Fue conductora de Radio en Tecate Baja California en la estación 88.5fm. Reside en Phoenix, Arizona, desde 2004.

Estudió Negocios en el Phoenix College en Arizona. Formó parte de la organización Toastmasters Internacional, donde además de desarrollar habilidades para comunicar fungió como vicepresidente de relaciones públicas en dos grupos, La Voz de Oro y Los Empresarios Toastmasters.

Es instructora en Fuerza Local, una organización sin fines de lucro, donde imparte clases de comunicación, hablar en público y servicio al cliente. En sus ratos libres le gusta escalar montañas, escuchar podcast, leer y escribir. Desde 2017, forma parte del grupo de poesía y literatura El Llano en Llamas.