La paz que nunca llegó y el insulto “eres prianista” como respuesta. Crónica de una promesa rota en Nogales

Arte: Daniel Robles

➡️ Ángel H. Valenzuela / Plumas Invitadas

El aire en Nogales siempre ha sido denso, cargado con el peso de la frontera, la prisa del comercio y, recientemente, la tensión de la inseguridad. Pero cuando llegó el cambio, el partido actual en el poder trajo consigo la promesa de una “cuarta transformación”, un juramento de que la paz regresaría y que, por fin, el pueblo sería escuchado. Hoy esa promesa no es más que un eco vacío.

La tranquilidad que nos fue prometida es una quimera. Las colonias siguen a oscuras, el bache sigue siendo la marca de agua de nuestra ciudad, y el miedo al crimen organizado sigue siendo la principal estrategia de control social. El gobierno, que debería ser nuestro escudo, ha abandonado sus funciones vitales.

No hablamos de grandes proyectos nacionales, hablamos de lo esencial: calles transitables, alumbrado público que disuada la oscuridad y una autoridad que nos dé la cara. En cambio, vemos un aparato de gobierno que se ha retirado a sus oficinas, gestionando el desorden con comunicados y excusas, pero no con trabajo real. La seguridad se gestiona con omisión, y la paz que vendría “desde abajo” nunca subió de la banqueta.


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El punto de quiebre llega cuando, hartos de la negligencia, salimos a exigir el cumplimiento de ese pacto social. Cuando un vecino levanta la voz por un servicio negado o un grupo de ciudadanos pide cuentas claras sobre la estrategia de seguridad, la respuesta del poder es inmediata, predecible y dolorosa: “la ofensa”.

“No nos escuchan. Nos ven como enemigos, como una molestia que interrumpe su narrativa perfecta. Cuando exigimos que trabajen, que se recuerden que gobiernan para todos, nos responden con el insulto más fácil de su repertorio político: “¡Prianistas!”

Esta palabra, usada como un dardo, no es sólo una descalificación, es una declaración de guerra ideológica contra el propio ciudadano. Es el intento de anular la crítica legítima, pintando a cualquier inconforme como un enemigo del pasado que busca sabotear el proyecto actual.

La tragedia de esta respuesta es que la necesidad no tiene ideología. El bache que rompe la suspensión de un auto no pregunta si el conductor votó por el PRI, el PAN o Morena. La madre que pide seguridad para su hijo no milita en ningún bando: sólo pide vivir.


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El gran desencanto es descubrir que el partido que prometió ser diferente es ahora el que más teme la voz de la ciudadanía. En lugar de asumir la responsabilidad de sus fracasos, el gobierno de la “esperanza” se encierra en la trinchera del insulto, confirmando lo que Nogales temía: que el poder, sin importar el color, siempre encuentra una excusa para no trabajar y una palabra para ofender.

La voz de Nogales es clara: no somos ‘prianistas’; somos ciudadanos que exigen la paz y el trabajo que nos robaron con promesas y que ahora nos niegan con desprecio.

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  1. Excelente fotografía escrita de una Ciudad un Estado y un País, en donde la esperanza se convirtió en martirio.

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