Las ganas que no nos dan

No sé si Mercurio esté en retrógrado o si los planetas decidieron formarse en zigzag. Confieso que no tengo idea de astrología. Lo que sí sé es que hay momentos en la vida en los que todo sale al revés. Esas rachas que nos hacen preguntarnos hasta cuándo y nos llenan de un hastío que, en mí, suele convertirse en sarcasmo. Yo, que siempre tengo ganas de todo, hoy quiero hablar de las ganas que no nos dan.
Por mucho tiempo hemos vivido justificando nuestra existencia. No nos conformamos con lo mínimo. Nos enseñaron a ir por más, a dar el extra y a agradecer desde lo profundo del alma incluso las oportunidades que pagamos con sangre. Aprendimos a echar siempre pa’lante, aunque se nos rompiera el espíritu en pedazos. Crecimos pensando que estar disponible era sinónimo de ética y que el autosacrificio era el único camino hacia un bien mayor.
Y quizá todo eso es cierto.
Pero nunca nos educaron en el hermoso y nada sencillo arte de parar. De reconocer cuándo ya dimos todo lo que podíamos dar. De no convertir cada cansancio en una prueba de carácter. Esta también es una verdad incómoda.
Hoy amanecí sin ganas de rogar. Tampoco quiero mendigar. No tengo el menor ápice de voluntad de ceder. Aquí también aplica el famoso “solo por hoy”: no iré por la vida intentando convencer. No, no me apetece. Tampoco voy a solapar ni a justificar a quienes nos llenan la carretilla y nos dejan solos a la hora de cargar. Hoy, con lo mío basta.
Está bien no tener ganas.
¿Y qué me mató el deseo? La apatía. O quizá el duelo. Sé que esto que siento es temporal y que probablemente mañana despierte como sonaja en mano de bebé. Pero hoy siento una tristeza particular por aquellas cosas que antes nos hacían sonreír y que ahora nos llenan de incertidumbre.
Y aquí viene el momento vulnerable. Les agradezco la apertura para leerlo desde la curiosidad, no desde el juicio.

Por seis años he tratado de demostrar que el periodismo comunitario, en español, transfronterizo, con el corazón puesto en la escucha y con acento, vale la pena. Tardé más de tres años en que los números demostraran el impacto que los testimonios y las palabras ya contaban. Seguí el camino, cuesta arriba casi siempre, y llegué a una cima donde el apoyo de algunas grandes fundaciones empezó a llegar. A cuentagotas, sí, pero suficiente para respirar.
Esas subvenciones no solo fueron recursos. Fueron una señal de confianza. Nos permitieron contratar, planear, crear, escuchar mejor y llegar más lejos. Nos ayudaron a sostener una redacción que entiende que informar no es llenar espacios ni perseguir clics: es estar cuando una comunidad necesita saber qué está ocurriendo y qué puede hacer con esa información.
Informar nunca fue un negocio. Ha sido un puente. Y una subvención nunca fue solo un cheque. Fue una inversión en la posibilidad de que nuestras comunidades se vieran reflejadas en las noticias y en la vida.
Por un momento nos sentimos vistos, reflejados y queridos. Quizá hasta nos creímos Avengers, convencidos de que había una misión compartida y que, entre todos, íbamos a hacerle frente a lo que viniera.
Ahora algunas de esas instituciones que antes celebraban nuestra identidad han cambiado sus prioridades. Entiendo que las fundaciones responden a nuevos contextos, presupuestos, consejos directivos y urgencias que no siempre alcanzamos a ver desde este lado. No escribo esto para negar lo que recibimos ni para desmerecer a quienes sí caminaron con nosotros. Estoy profundamente agradecida.
Pero también sería deshonesto fingir que no pesa.
Pesa que los apoyos terminen justo cuando las necesidades de nuestras comunidades crecen. Pesa volver a calcular cada gasto, cada historia y cada puesto de trabajo. Pesa descubrir que aquello que imaginamos como una alianza de largo aliento quizá era, desde el principio, un acompañamiento con fecha de salida.
Sabía que todo era temporal. Sí. Pero una cosa es entenderlo con la cabeza y otra muy distinta es sentirlo en el pecho.
Y uno siempre multiplicando los panes. Haciendo de migajas algo más grande de lo que parecía posible. Hicimos que el pastel creciera y repartimos rebanadas. Logramos desbloquear muchos niveles porque tenemos magia. Porque sabemos trabajar con las manos llenas de ideas, aunque los recursos apenas alcancen para sostenerlas.
Pero hay días como hoy en los que se jala el tapete debajo de los pies. Días en los que toca mirar los trucos de frente, contar lo que queda y reconocer que también estamos cansados.
Mañana, seguramente, volveremos a sentarnos a buscar opciones. A mandar correos, llenar solicitudes, tocar puertas y pensar nuevas formas de sostener este proyecto. Eso hacemos. Pero hoy no quiero convertir la resistencia en una obligación bonita. Hoy quiero decir, simplemente, que hay días en los que las ganas no nos dan.

Queremos que Conecta Arizona sea ese lugar en donde podamos darle un espacio, un eco y amplificar tus historias.
Plumas invitadas de Conecta Arizona

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