Leyenda urbana: Para una inyección o tomar la presión, en hospitales de México, ‘La Planchada’ da buena atención

La celebración del Día de Muertos en México da pie al recordatorio de un sinfín de anécdotas, historias y leyendas urbanas que tienen como protagonistas a personajes que se han hecho famosos por sus acciones después de la muerte.
Les podemos llamas fantasmas, aparecidos, espíritus o almas, cuyas historias producen miedo, temor o escalofríos. Seguramente, a lo largo de tu vida has de haber escuchado alguna narración que puede llegar en el momento que menos deseas, como por ejemplo cuando estás en un lugar solitario o en penumbras; o cuando estás en un sitio y es de noche y, sin duda, te pones a pensar cómo harás para regresarte sin ir pensando en “eso” que has escuchado.
De muchas personas es sabida (y si no lo sabías, ojalá que no se te erice la piel), la existencia de una mujer atenta, servicial, simpática y muy bonita que trabaja en los hospitales. Es una enfermera de mano livianita para aplicarte alguna inyección, canalizarte un suero, retirarte suturas o hacerte alguna curación; sus manos son mágicas porque en ningún momento te lastima ni es brusca y no te causa dolor. Te sonríe y te da confianza.
Después, llega otra enfermera y el -agradecido- paciente le dice que ya fue otra señorita y lo atendió. La enfermera te dice que es la única en el turno o en tu área, y resulta que quien te atendió fue ¡La Planchada!
El personaje que ‘vive’ en todos los hospitales. El nombre lo recibe, no porque haya estado en una plancha de quirófano y haya muerto, o de la morgue, sino porque su uniforme es impecable, sin arrugas, “bien planchadito”.

Aunque las anécdotas de La Planchada se comparten en hospitales públicos y privados, en nosocomios de especialidades, en áreas de urgencias, con pacientes terminales que están acompañados de algún familiar o en los pisos de pediatría, de tu ciudad o de la mía, o en la de alguien que no conocemos, pero sí su historia. Lo cierto es que la leyenda de esta enfermera puede ocurrir en cualquier lugar.
Tal vez te has encontrado con ella -sin saberlo- en el elevador de un hospital en el turno de la noche, porque es en el que trabaja; en el pasillo, o es con quien hablaste para decirle que se terminó el suero o se tapó una sonda, o que hay dolor o sangrado, o que tienes frío, y te es quien cubre con una manta y no te das cuenta de que sus manos están heladas.
En Hermosillo, Sonora, hay hospitales que tienen muchos años como lo que antes de llamaba Sanatorio Olivares y ahora conocemos como Centro Médico del Noroeste; los hospitales Licona y San Francisco; estos tres, en algún momento han sido administrados por monjas; también hay otros que ya no existen, sólo en el recuerdo, como Maternidad Teresita o Materno Infantil, y hospitales públicos que también cuentan varias décadas como el hospital del IMSS (de la Juárez) y el viejo Hospital General del Estado. Imagina cuántas anécdotas habrá de esta profesional de la salud.
Te recomendamos leer: Altar de Día de Muertos: tradición prehispánica que honra a nuestros seres queridos
Un usuario de X, llamado Mario Quiron, narra que La Planchada trabajó en el Hospital Juárez de la Ciudad de México a mediados del siglo XX. Se llamaba Eulalia, era muy bonita, tenía el cabello rubio, corto y ojos azules; era seria estricta y su atuendo de trabajo siempre estaba bien almidonado y planchado, impecable.
Eulalia conoció a Joaquín, un médico que se incorporó a la planta laboral; era el partido perfecto para una joven casadera y ella se enamoró. La enfermera y el doctor se hicieron novios, formalizaron y se comprometieron en matrimonio… Pero él ya estaba comprometido por otro lado y se casó.
Triste, decepcionada y deprimida, ella comenzó a llegar tarde al hospital, a atender a los pacientes de mala gana y a cometer errores. Finalmente ella enfermó y murió; después, en los hospitales comenzó a difundirse la historia de la mujer que aparece y, por la descripción física, se cree que es ella, quien busca enmendar los errores u omisiones que cometió cuando sufrió del corazón, pero por un mal de amores, no por una afección cardiaca.
Hay quienes comentan que ella les cuenta su historia del mal de amores, otros simplemente intercambian algún comentario y reciben sus servicios sin conocer su fama, o sin sospecharlo. Ellos lo agradecen, y las enfermeras de la guardia nocturna también, porque les da una ayudadita con su mano fría y su corazón roto, pero dispuesto a atender con amor, para sanar.
Puede interesarte: Los muertos que me volvieron a México

Queremos que Conecta Arizona sea ese lugar en donde podamos darle un espacio, un eco y amplificar tus historias.
Plumas invitadas de Conecta Arizona
