Militares y migración: el ejército se une al control fronterizo en Nogales bajo orden de Trump

NOGALES, Arizona (AP) — Dentro de un vehículo blindado, un explorador del Ejército dirige con un joystick un visor óptico de largo alcance hacia un hombre encaramado sobre el muro fronterizo entre Estados Unidos y México, que se mueve por las colinas de esta comunidad fronteriza de Arizona.
El hombre comienza a descender hacia suelo estadounidense, entre alambres de púas enrollados. Se oyen gritos, suena una alerta y una camioneta de la Patrulla Fronteriza acelera hacia el muro —suficiente advertencia para que el hombre trepe rápidamente de nuevo hacia el lado mexicano y desaparezca.
Esto fue uno de apenas dos incidentes detectados por la unidad de infantería del Ejército que patrulla este sector de la frontera sur el pasado martes 22 de julio. La presencia militar responde a una declaración de emergencia del presidente Donald Trump, que colocó a las Fuerzas Armadas en un papel central para disuadir cruces de migrantes fuera de los puertos de entrada.
“La disuasión, en realidad, es aburrida”, confesó la sargento del Ejército Ana Harker-Molina, de 24 años, reflejando el tedio que sienten algunos soldados ante los esporádicos avistamientos, durante los dos días que la agencia AP estuvo integrada con ellos en la frontera.

Aun así, Harker-Molina asegura sentir orgullo por su labor, sabiendo que la sola presencia de los soldados puede desincentivar cruces ilegales. “Solo con estar aquí vigilando la frontera, ya estamos ayudando a nuestro país”, dijo Harker-Molina, quien llegó de Panamá a los 12 años y se convirtió en ciudadana estadounidense hace dos, mientras servía en el Ejército.
Los despliegues de tropas en la frontera se han triplicado, alcanzando los 7,600 efectivos de todas las ramas militares, a pesar de que los cruces ilegales han disminuido. Al mismo tiempo, Trump autorizó la contratación de 3,000 agentes adicionales de la Patrulla Fronteriza, ofreciendo bonos de $10,000 por firmar o permanecer en el cargo.
La misión militar es coordinada desde un nuevo centro de mando instalado en una base de entrenamiento de inteligencia del Ejército en las montañas Huachuca, al sur de Arizona. Un salón comunitario ha sido transformado en una sala de operaciones repleta de comandantes y mapas digitales que muestran los movimientos militares a lo largo de casi 2,000 millas de frontera.

Hasta ahora, la vigilancia fronteriza había estado a cargo de autoridades civiles, con participación ocasional del Ejército. Pero desde abril, grandes extensiones han sido designadas como “zonas militarizadas”, lo que otorga a las tropas autoridad para detener migrantes en propiedades del Ejército, la Fuerza Aérea o la Armada, con cargos penales adicionales que pueden derivar en prisión.
El general de división Scott Naumann, comandante de la misión, explicó que las tropas ya no están asignadas a tareas de mantenimiento, sino que colaboran directamente con la Patrulla Fronteriza en zonas de alto tráfico, y pueden ser desplegadas rápidamente en áreas remotas sin vigilancia.
“No tenemos sindicato, no hay límite de horas que podemos trabajar al día, ni de turnos que podemos cubrir”, dijo Naumann. “Podemos enviar soldados cuando sea necesario, durante días, e incluso volarlos a zonas sumamente remotas donde los carteles están cambiando de ruta”.
Patrullajes para frenar los “got-aways”
En Nogales, los exploradores del Ejército patrullan armados con cascos, rifles M4 y chalecos antibalas, con autorización para usar fuerza letal si son atacados. Debajo de sus pies, los contrabandistas han intentado durante décadas excavar túneles en el sistema de drenaje para pasar mercancías ilegalmente.
El puesto de mando de Naumann supervisa una flota de 117 vehículos blindados Stryker, más de 35 helicópteros y varios drones de largo alcance que pueden vigilar la frontera día y noche con sensores de calor. Ingenieros del Cuerpo de Marines están instalando más alambre de púas, mientras la administración Trump reinicia la construcción del muro fronterizo.
El objetivo principal, según Naumann, es frenar a los llamados “got-aways”: personas que logran evadir a las autoridades y desaparecer dentro del país. En zonas urbanas, esto puede ocurrir en segundos; en otras regiones como los humedales del Río Grande o el desierto de Arizona, puede tomar días.
A pesar de la presencia militar, las detenciones han caído a su nivel más bajo en 60 años. Para Naumann, esa caída es “el elefante en la sala”: una realidad incómoda que no frena el aumento de recursos ni de presión sobre los carteles de contrabando —algunos de ellos designados recientemente como organizaciones terroristas extranjeras.
Aun así, advierte que no es momento de bajar la guardia. “Estamos teniendo algunos éxitos, la tendencia es positiva”, dijo sobre una misión sin fecha de finalización.
Zonas militarizadas, una “zona gris” legal
La administración Trump ha ampliado el uso del Ejército en operaciones migratorias: desde proteger edificios federales en Los Ángeles durante protestas por detenciones de ICE, hasta colaborar con operativos en Florida y albergar migrantes detenidos en bases militares en Nueva Jersey, Indiana y Texas.
“Es parte de una estrategia musculosa, robusta, intimidante y agresiva para demostrarle a su base que está cumpliendo su promesa de campaña sobre inmigración”, señaló Dan Maurer, profesor de Derecho en la Universidad del Norte de Ohio y exabogado militar.
“Es inusual y rompe con las normas. Pone al Ejército en una posición muy incómoda”.
Las zonas militarizadas eluden la Ley Posse Comitatus de 1878, que prohíbe al Ejército realizar tareas de orden civil en suelo estadounidense. “Es una zona gris”, afirma Joshua Kastenberg, profesor de Derecho en la Universidad de Nuevo México y exjuez militar de la Fuerza Aérea. “Podría ser una violación, o tal vez no”.
Michael Fisher, exjefe de la Patrulla Fronteriza, considera que la expansión militar es un “multiplicador de fuerza” que permite a los agentes redirigirse a otras áreas lejos de la frontera. “El Ejército permite que la Patrulla se mueva con más flexibilidad”.
Pero la estrategia conlleva riesgos morales y políticos. En 1997, un joven de 18 años fue asesinado por una unidad de marines mientras pastoreaba cabras cerca de la frontera en Texas. Esequiel Hernández no tenía vínculos con el narcotráfico y era estudiante ejemplar. Su muerte provocó indignación y puso fin a los despliegues militares en la frontera durante la presidencia de Bill Clinton.
En Nuevo México, las nuevas restricciones han cerrado zonas populares para cazar, hacer senderismo o deportes todo terreno, provocando quejas de residentes. Naumann dijo que los adultos pueden solicitar acceso si aceptan una revisión de antecedentes penales, como se requiere en cualquier base militar.
“No estamos tratando de impedir que los estadounidenses disfruten de su país. No se trata de eso”, insistió.
Equipamiento de nivel militar
Al amanecer del miércoles, vehículos de la Patrulla Fronteriza ascendieron las laderas sin vallar del Monte Cristo Rey, un pico emblemático coronado por una cruz que se alza sobre los límites urbanos de El Paso y Ciudad Juárez.
Ese monte está en la intersección de dos nuevas zonas militarizadas vinculadas a las bases militares de Fort Bliss (Texas) y Fort Huachuca (Arizona). Además, el Departamento de Defensa añadió una zona de 250 millas en el Valle del Río Grande, asociada a una base aérea.
La Marina asumirá el control de un tramo de frontera cerca de Yuma, Arizona, donde el Departamento del Interior cedió 32 millas a la jurisdicción militar.
En Mt. Cristo Rey, el Departamento de Seguridad Nacional planea cerrar una brecha de 1.3 millas en el muro fronterizo, pese a la oposición de una diócesis católica que considera la zona un lugar sagrado de peregrinación.
Desde una meseta cercana, el especialista del Ejército Luisangel Nito vigilaba el valle con una mira infrarroja que detecta el calor corporal, identificando a tres personas que cruzaron ilegalmente hacia EE.UU., donde fueron detenidas. Su unidad también cuenta con tecnología para neutralizar drones usados por contrabandistas.
Nito es hijo de inmigrantes mexicanos que cruzaron por esas mismas colinas en los años 90. “Ellos cruzaron por aquí mismo”, dijo. “Me dijeron que tuviera cuidado, que cuando ellos cruzaron era peligroso”.
Sus padres regresaron a México en 2008 tras la crisis financiera. Nito volvió a Estados Unidos, vio una oportunidad y se enlistó. No tiene dudas sobre su rol.
“Al final, es un trabajo. Me inscribí para esto, y voy a hacerlo”, dijo.
En Mt. Cristo Rey y otras zonas, los soldados usan vehículos marcados de la Patrulla Fronteriza, parte de una estrategia de “integración” que Naumann defiende con entusiasmo.
“Si hay un ingrediente secreto en todo esto, es la integración en cada nivel”, afirmó.

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