Mis días de niñez en los 60 y la niñez de hoy: las generaciones de Los Cuervos

➡️ Por Maritza Félix / Plumas Invitadas
En años anteriores, la forma de vida de los niños era distinta a lo que muchos de ellos viven en la actualidad. Al cerrar los ojos, me puedo remontar a esos días de mi niñez; recuerdo tiempos en los cuales podíamos ser libres de una manera especial. ¿En qué sentido? En los años 60, la forma de vida en el pueblo era tendiente a la autosuficiencia familiar, debido a que no era posible adquirir muchos de los bienes que se ocupaban para satisfacer las necesidades.
Lo común era que en las casas se tuviera a disposición un terreno para la siembra de verduras y hortalizas, entre otros vegetales; eran patios grandes (enormes para lo que hoy son los patios en muchas casas), se disponía de agua de pozo para el riego de las siembras. También era común que se tuvieran algunos animales domesticados. En la familia se compartía el tiempo en la localidad y en el rancho. Como muchos de los amigos con los que contábamos en ese tiempo.
En mi casa había un espacio abierto que era una terraza con piso de cemento, muy amplia, donde se daban cita los amigos y amigas de mis hermanos a jugar, ya sea beisbol, voleibol o algún deporte de ese tipo, por lo que la convivencia era saludable; se hacía ejercicio al aire libre al desarrollar algún deporte.
La vida al aire libre
También se contaba con una parte que era la milpa. Otra parte que servía para que vivieran los perros, gatos, palomas, conejos, un becerro y unas chivas, que se criaron desde pequeñas con nosotros. Creo que parecía un mini zoológico con variedades de animales regionales. Lo que más recuerdo era el pozo y su agua fresca y deliciosa. En verano era común que se prendiera un motor para sacar el agua para el riego, se trasladaba por una sequía donde corría libre y cristalina, emitiendo un sonido particular al recorrer el camino desde el pozo hasta la milpa. Era una delicia sumergirse a tomar un baño en pleno verano, donde las temperaturas oscilaban en esos tiempos entre unos 32 a 40°C.

Esa experiencia quedó grabada en mi memoria: el aroma a tierra mojada, el agrado de quitarse el calor, el sudor y la sed. Poder sentir eso era maravilloso. El simple sonido del agua al salir del pozo por un tubo de cierto diámetro era algo que te transportaba a otra dimensión, así lo sentía y muchos que vivieron este tipo de experiencia, lo pueden evocar y sonreír. Un privilegio contar con eso.
Otra de las libertades era poder trasladarse a la milpa que, don Lalo, un señor de avanzada edad tenía a su cargo, lo hacíamos enojar porque acostumbrábamos ir los hermanos, primos y amigos, una parvada diría mi abuelo Cuervo, así era su sobrenombre, algo común en el pueblo también; e íbamos a la milpa a sacar las zanahorias del surco, lavarlas en el agua que corría por los mismos y comerlas directamente de la tierra a la boca, ¡cuán dulces eran!, cuán sabrosas, cuánto se disfrutaba. Creo ya no se ven de manera común las zanahorias con su ramaje verde.
Acostumbrábamos también a subir a los árboles frutales de duraznos, ciruelas, naranjos, limones, higueras, entre otros. Los árboles de ciruela eran bastantes grandes, con un tronco impresionante de grueso, árboles muy fuertes pues nos subíamos unos ocho niños entre sus ramas a cortar frutas, en ocasiones hasta verdes, pero con un poco de sal lo ácido se quitaba.
En varias ocasiones, era tal la cantidad de esos frutos que comíamos aún verdes, que se nos soltaba el estómago con unos retortijones dolorosos. Al momento de enfrentar la verdad con papá y mamá no faltaba la regañada o el coscorrón como un castigo por haber comido frutos verdes y la consecuencia que esto tenía.
Poder sentir el aire libre… el viento que desbarataba cualquier peinado, en ese tiempo mi cabello era de un largo a casi la cintura y la cantidad de cabello era mucha. En ocasiones, cuando estoy al aire libre y siento el aire con fuerza, me remonto a esos días de libertad, de felicidad, de sentirme segura, al desconocer mucho de lo que se afrontaría en el futuro.
La mayoría de los niños del pueblo nos conocíamos, sabíamos dónde vivíamos, quiénes eran nuestras familias. Si por algún motivo algún niño -al caer la tarde- no llegaba a tiempo a su casa, era fácil localizarlo pues sólo con dar a conocer que no había vuelto, todos se ponían en acción hasta que era localizado, lo más probable es que estuviera cenando en la casa de algún amigo, sin problema alguno.
Encuentro con la tele y el cine
Como por el año 1962, llegaron a la familia y a algunas casas del pueblo las primeras televisiones de bulbos, grandes y pesados muebles donde se trasmitían a blanco y negro programas que eran en inglés, pues no había televisoras mexicanas disponibles. Nos maravillaba lo que veíamos ya que lo más común en ese tiempo era la radio de la localidad, la XEDJ, con una programación limitada a la música de entonces. Era un medio de comunicación regional y ajustado a las necesidades locales de la población.
Con el paso del tiempo, llegaron las televisiones a color y ya había canales mexicanos como El Canal de las Estrellas, donde uno de los programas familiares era Siempre en Domingo, donde se esperaba la hora y en familia completa se disfrutaba lo que trasmitía.
En la actualidad, el tipo de televisión es “inteligente, delgada, con dispositivos electrónicos basados en el Internet, ligados a las computadoras, los relojes inteligentes, los juegos interactivos, entre otros dispositivos, que tienen -en un segundo- cientos de canales para elegir.
Del cine qué decir de esos tiempos. Por la calle donde vivíamos había un cine de los tres que existieron en la localidad en esos años de 1970 aproximadamente.
El cine Edén, por la calle Cinco de Mayo, lo rentaba el abuelo para los trece nietos con el fin de poder descansar de las travesuras que inventábamos juntos. Ahí veíamos películas como El Santo El Enmascarado de Plata y Blue Demon contra Frankenstein y El Santo contra los vampiros, por citar unas. Afortunadamente no destruimos el cine, que era muy rústico y con un mobiliario aún más viejo. Era propiedad de un señor Ramírez, quien le debía algunos favores a mi tata y, por tanto, no podía negarse.
Recuerdo el Cine Central, donde se acostumbraba a ir a la matinée de los domingos a las 10:00 de la mañana, donde nos poníamos de novios o terminábamos los romances platónicos pues no se podía tener ni malos pensamientos por la educación de esos tiempos.
Y el cine al aire libre donde me tocó ver junto a abuela, mi Nana Lupe, estrenos de las películas de Cantinflas. Después, estos cines desaparecieron. Durante muchos años, después de los 80, había que ir a otras ciudades para disfrutar de una función de cine… pero llegaron los aparatos reproductores de películas y la renta de las mismas por lo que el cine se trasladó a casa. Actualmente, después de tantos años sin la disponibilidad de los cines, se abre una cadena que ya hace posible acudir a ver películas de esta época.
La fila para hablar por teléfono
Qué decir de las opciones de comunicación. Si algo era urgente se enviaba un telegrama o se realizaba una llamada telefónica. El servicio se prestaba por medio de operadora y había que levantar el teléfono para esperar a que contestara y pidiera el número al cual comunicarse para enlazar la llamada. Lógico que cuando estaban las líneas saturadas, esas mismas operadoras te cortaban la conversación.
En casa hacíamos fila para hablar por teléfono, y surgían pleitos y discusiones por si tardabas más tiempo, o por quién seguía, o a quién le llamaban. Después aparecieron los teléfonos con disco donde esperabas la línea y luego marcabas dando vuelta al disco en el número al que querías llamar. Hoy vemos que esos aparatos de telefonía local que en nuestra infancia y adolescencia eran imprescindibles, ya tienen poco uso, al ser sustituidos por los equipos de telefonía celular.
Valores y educación en casa
El ciclo escolar que duraba de septiembre a mayo era una época de disfrute y sufrimiento. Los turnos escolares eran de las 8:00 a las 12:00 horas, salías a comer y a las 2:00 de la tarde tenías que estar de regreso y salir a las 5:00. Esto no implicaba que no tuvieras obligaciones en casa. Cada integrante de la familia debía hacer una labor: éramos seis hermanos, papá, mamá, abuela materna, una tía que la cuidaba, y una prima que se crío como hermana… sumando los invitados a comer.
Todos los días se cocinaba para unas 12 o 15 personas para la hora de la comida, un ejército decía papá. Y como era costumbre en el pueblo, ocasionalmente, una vez por mes se invitaba a alguno de los sacerdotes a comer, lo que hacía muy ceremonioso ese momento, pues no había gritos ni malos gestos. Con los puros ojos, mamá nos indicaba que guardáramos compostura.
En el verano cuando llegaban los primos a pasar las vacaciones largas, se unían los hijos de amigos de la familia que también llegaban a pasar el verano, así se incrementaba el número de personas para juegos y travesuras; uno de los juegos predilectos eran las escondidas: los limites eran un cuadro que iba de la carretera hasta la escuela (Juan) Fenochio, hasta las vías del tren (les decíamos los rieles), y hasta la calle del colegio, aproximadamente cuatro kilómetros cuadrados.

Las generaciones de Los Cuervos
Igualmente era interesante por la tarde-noche correr por las calles con los sentidos alertas para escuchar las voces y risas conocidos, para ubicar la presencia de quienes jugábamos además de preguntar a quienes acostumbraban sentarse en la banqueta a esperar la hora de dormir, si habían visto o si habían pasado por ahí el grupo de “Los Cuervos” como éramos conocidos por el apodo del abuelo.
La adolescencia transcurrió muy similar a la niñez, con las situaciones propias de la edad, la familia, la cultura. El pueblo fue un gran lugar bueno para crecer, con las ventajas y desventajas que esto representa.
Al pasar de los años, cuando mis hijos fueron niños les tocó un poco de este estilo de vida, pero ya con mayores limitaciones pues la población creció por la llegada de muchas personas a vivir por las diversas ramas económicas que se desarrollaron. Tuvieron libertades, pero no como antaño.
Mis nietos que ahora viven su niñez están más limitados de esos espacios, se han modificado y con ello se cambian las actividades. Ya no hay espacio en las casas para patios grandes ni pozos de agua en los mismo ni cabida para animales de diversos tipos.
No existe la sociabilización entre personas de la forma en que nosotros crecimos, compartiendo la vida, el espacio, los juegos al aire libre, ni el ir y venir con seguridad de un sitio a otro a cualquier hora del día o de la noche. Ellos viven los adelantos tecnológicos de la era de la información y las nuevas tecnologías; viven comunicados de una manera distinta y para ellos es lo mejor, pues es lo que les toca vivir: poder comunicarse con por los medios electrónicos.
Conocen lo que pasa en el instante que sucede pues todo se viraliza, ya no se juega tanto a ser bombero o astronauta, hoy es más común escuchar que quieren ser tiktokers, o saber que un niño puede hacer un canal de comunicación para compartir su forma de vida, pero de manera sedentaria.
Son otras aventuras electrónicas, diversos juegos de realidad virtual que los llevan a vivir experiencias visuales o mentales, pero en pocas ocasiones son físicas. Hoy, muchos niños son diagnosticados con TDH, cuando en mi infancia les decían que tenían mucha energía y los ponían a realizar actividades que los cansaran y les enseñaran a tener concentración. Los docentes tenían una vocación inigualable, podían con eso y mucho más.
Hoy, muchos de esos niños tienen que tomar medicamento para poder bajar esa energía y para que no molesten a las personas a su alrededor. Después de la pandemia, se han incrementado los diagnósticos con depresión para muchos niños. Cuando escucho o leo acerca de eso, o veo comentarios de mamás o papás de esta época, es cuando doy gracias a Dios del privilegio de haber nacido en el pasado. Así lo dirán mis nietos cuando comparen su niñez con la de otros tiempos.
Este relato podría seguir, pero en esta ocasión se comparte esta crónica -en parte- para no olvidar todo esto, y para que otras personas recuerden, piensen y disfruten de su niñez.
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