Mosaico: La canción

“Toda mi vida he tenido excelentes guitarras, yo no canto acompañada por, yo canto con, eso es hacer música” – Chabuca Granda

El tambor vibra como si supiera en qué nota está afinado mi corazón.

Este tambor y yo no nos conocemos. Pero me habla de tierras hermanas, de pies descalzos y veloces, de unión.

Estoy en alguna esquinita del valle de Phoenix, cierro los ojos y llego a Montevideo.

En un barrio resuena una comparsa de tamborileros en carnaval y en su repique el latido se acelera.

Estoy de vuelta a mis 17 “después de vivir un siglo”. Pero no es porque he vuelto a enamorarme como cuenta la canción de la chilena Violeta Parra. Es porque la música tiene el poder, que aún no ha conquistado la inteligencia artificial ni el Whatsapp, de llevarme a los sitios que añoro. Sitios y personas en el hemisferio sur, grabados en cada pálpito.

La música puede llevarnos a esos lugares y momentos en que fuimos felices, me dijo un día Yaella Robles, cantante, compositora, artista, chihuahuense, mexicana. Amiga.

“Eso es suficiente para conectar con quien eres, con tu alma y seguir”, agregó.

Y ahora más que nunca siento que necesito ese refugio. Me hace falta lo que la música dice entre líneas y acordes. Y también me hace falta encontrarme con esos magos que son los músicos.

Necesito canciones que invoquen la paz y canciones que hablen de protesta. Necesito que la guerra no me sea indiferente, y necesito que la empatía no me paralice de dolor.  

“Tengo marcado en el pecho

Todos los días que el tiempo

No me dejó estar aquí”.

No conocía esta canción de Gian Marco, un músico peruano. La escuché por primera vez en voz de Ernesto Escobar, que me contó que esta fue la primera canción que cantó con su grupo musical en Phoenix. A miles de kilómetros de su querido Perú, se lanzó a esta aventura con su esposa Yaella y fundaron el grupo de música folklórica latinoamericana De Cajón.

 “Tengo una mañana constante

Y una acuarela esperando

Verte pintado de azul

Tengo tu amor y tu suerte.

Y un caminito empinado.

Tengo el mar del otro lado.

Tú eres mi norte y mi sur”.

A veces pienso que no hay canción de amor más dulce que la que cantamos por nuestras tierras. Realmente aprendemos a amarlas cuando tenemos que irnos, y realmente somos más suyos cuando no estamos.

Ya hace más de 26 años que me fui de Uruguay.

Recuerdo esa suma de años de tanto en tanto cuando algún conductor de Uber, también inmigrante, me pregunta. Siento que esa distancia me pesa cada vez más en los huesos.

Venir fue arrancarme de raíz para volver a plantarme con un corazón que seguía latiendo en Uruguay, sin título, sin dinero, solo por seguir un amor y apostarlo todo.

Y el tiempo me enseñó que fue una decisión que tuve el privilegio de elegir, no la única opción que me quedaba. Aquí me encontré con los migrantes, los que se jugaron la vida, los que desafiaron la muerte y se inventaron de nuevo. Yo también me inventé.

El cajón que tocan manos amigas, manos latinoamericanas, habla de tertulias y nostalgias por los que, al migrar, dejamos atrás, y de los amigos venideros que se vuelven familia en tierras lejanas. Cómo olvidar que los artistas fueron mis primeros amigos al llegar. 

Sin saberlo, entre vino y tacos, se han trenzado nuestras historias y acentos.

¿Será el pacífico recuerdo de un mar o un atlántico?

¿Serán las sierras de tu Chihuahua, o un caminito colorado y otro de piedras de mi Rivera?

¿Serán las empanadas al horno, o una pupusa revuelta con loroco?

¿Quién trae el chocoflan para la fiesta?

Añoras tú lo tuyo que ahora por el cariño también es mío, amigo.

En tu música encuentro el camino de regreso a casa.

En mi casa siempre hubo dos guitarras españolas: la de papá, barnizada, pulida con detalles en negro; la de mamá, más gastada con adornos en color café. El paso del tiempo dejó un puñetazo de un niño enojado en la de mamá, y la de papá sufrió los rayones de nuestras travesuras. 

Mamá siempre cantaba alguna de los Beatles, su voz era más hermosa que la de un hada. Y papá, con un repertorio más amplio, cambiaba siempre los acordes y todas las canciones eran a su estilo, “muy de él”. Genuino y chistoso, se convertía en el centro de la fiesta. Así es como irremediablemente formé el concepto de que, si no hay guitarreada, no hay fiesta. 

En estos días siento que no nos queda más que improvisar y ver a dónde nos lleva la melodía.

Improvisar porque “se hace camino al andar”.

“Golpe a golpe, verso a verso”

Improvisar una tarde liviana en que las notas se van llevando poco a poco lo que está atorado en la garganta, a veces son penas de amores viejos y otras es una pena que brota como una cascada de la garganta, es el duelo de ser inmigrante, es sentir nostalgia de lo que ya no está y a la vez tener en qué aferrarse. Risas de niños, ternuras desconcertantes de los que tienen ojos nuevos y nos ayudan a no tomarnos a nosotros mismos tan en serio. 

“Canta corazón, que el amor de mis amores está aquí”

Celebrar es mi acto de resistencia, y lo más bonito de todo es que celebrar es comunidad. No es dar la espalda a la realidad, es buscar nuevos caminos para combatir a esos que nos quieren apagar. Hay ladrones de alegría, roban alegría sembrando miedo. Son usureros de lo lindo de la vida y la música es el antídoto. Por eso, en estos tiempos feos, le estoy poniendo empeño al amor, decirle a la gente buena que los veo, decirle a mi gente que la quiero. Soñar ESA canción. 

Abrir un libro de ancestros y memorias, cerrar el TikTok, para no olvidar que somos de la tierra, ahí está la historia.

Plantar una semilla en la tierra más fértil, que vuelva a ser tu amigo refugio en que florece.

Plantar una semilla en la tierra más fértil, y que vuelva a ser la escuela refugio en que florece.

En estos tiempos feos, el miedo es una pandemia que infecta la esperanza y encierra.

Cantar una canción, lanzar este poema, que pueda nuestra música, sanar las penas.


Las palabras y los recuerdos son de Valeria Fernández, las fotos de Daniel Robles y la edición de Maritza L. Félix.

Mosaic: The Song

BY VALERIA FERNÁNDEZ & DANIEL ROBLES

“All my life, I’ve had excellent guitars. I don’t sing accompanied by; I sing with. That’s what making music is all about” – Chabuca Granda

The drum vibrates as if it knows what note my heart is tuned to.

This drum and I don’t know each other. But it speaks to me of sister lands, of bare feet running fast, of unity.

I am in some little corner of the Phoenix Valley; I close my eyes, and I’m in Montevideo.

In a neighborhood, a troupe of drummers resounds in carnival, and their beat quickens my heart.

I am back to when I was 17, “after living a century.” But it is not because I have fallen in love again, as the song by Chilean singer Violeta Parra says. It is because music has the power, which artificial intelligence and WhatsApp have not yet conquered, to take me to the places I long for. Places and people in the southern hemisphere, engraved in every heartbeat.

Music can take us to those places and moments when we were happy, Yaella Robles, singer, songwriter, artist, Chihuahua native, Mexican, and friend, told me one day.

“That’s enough to connect with who you are, with your soul, and to keep going,” she added.

And now more than ever, I feel like I need that refuge. I need what music says between the lines and chords. And I also need to meet those magicians who are musicians.

I need songs that invoke peace and songs that speak of protest. I need to not be indifferent to war, and I need empathy not to paralyze me with pain. 

“I have marked on my chest

All the days that time

Did not allow me to be here.”

I didn’t know this song by Gian Marco, a Peruvian musician. I heard it for the first time sung by Ernesto Escobar, who told me that this was the first song he sang with his band in Phoenix. Thousands of miles from his beloved Peru, he embarked on this adventure with his wife, Yaella, and founded the Latin American folk-music group De Cajón.

 “I have a constant morning

And a watercolor waiting

To see you painted in blue

I have your love and your luck.

And a steep little path.

I have the sea on the other side.

You are my north and my south.

Sometimes I think there is no love song sweeter than the one we sing for our homeland. We truly learn to love it when we have to leave, and we truly belong to it more when we are away.

It’s been more than 26 years since I left Uruguay.

I remember those years from time to time when an Uber driver, also an immigrant, asks me about it. I feel that distance is weighing more and more heavily on my bones.

Coming here meant uprooting myself to replant myself with a heart that continued to beat in Uruguay, without a title, without money, just to follow a love and bet everything on it.

And time has taught me that it was a decision I had the privilege of choosing, not the only option I had left. Here I met migrants, those who risked their lives, those who defied death and reinvented themselves. I reinvented myself, too.

The cajón played by friendly hands, Latin American hands, speaks of gatherings and nostalgia for those we left behind when we migrated, and of the friends to come who become family in distant lands. How can I forget that artists were my first friends when I arrived?

Without knowing it, between wine and tacos, our stories and accents have become intertwined.

Is it the peaceful memory of a sea or an Atlantic?

Is it the mountains of your Chihuahua, or a red path and another of stones from my Rivera?

Is it the baked empanadas, or a pupusa mixed with loroco?

Who’s bringing the chocoflan to the party?

You miss what is yours, which now, through affection, is also mine, my friend.

In your music, I find my way back home.

In my house, there were always two Spanish guitars: my dad’s, varnished and polished, with black accents; my mom’s, more worn, with brown accents. The passage of time left a punch from an angry child on my mother’s guitar, and my father’s suffered scratches from our mischief.

Mom always sang Beatles songs; her voice was more beautiful than a fairy’s. And Dad, with a broader repertoire, always changed the chords, and all the songs were in his style, “very him.” Genuine and funny, he became the center of the party. That’s how I inevitably formed the concept that if there’s no guitars playing, there’s no party.

These days, I feel that all we can do is improvise and see where the melody takes us.

Improvising because “the path is made by walking.”

“Stroke by stroke, verse by verse.”

Improvising on a lighthearted afternoon when the notes gradually wash away what is stuck in your throat, sometimes the pain of old loves, and other times a sorrow that gushes like a waterfall from your throat, it is the grief of being an immigrant, it is feeling nostalgia for what is no longer there and at the same time having something to hold on to. Children’s laughter, the disconcerting tenderness of those with new eyes who help us not to take ourselves so seriously.

“Sing, heart, for the love of my loves is here.”

Celebrating is my act of resistance, and the most beautiful thing of all is that celebrating is community. It is not turning our backs on reality; it is looking for new ways to fight those who want to dim our light. There are thieves of joy, they steal joy by sowing fear. They are usurers of the beauty of life, and music is the antidote. That is why, in these ugly times, I am putting my effort into love, telling good people that I see them, telling my people that I love them. Dreaming THAT song.

Opening a book of ancestors and memories, closing TikTok, so as not to forget that we are of the earth, that is where history lies.

Plant a seed in the most fertile soil, let it be your friend once again, the shelter where it blooms.

Plant a seed in the most fertile soil, and let the school become once again, the shelter where it blooms.

In these ugly times, fear is a pandemic that infects hope and imprisons us.

Sing a song, launch this poem, may our music heal our sorrows. The words and memories are by Valeria Fernández, the photos by Daniel Robles, and the editing by Maritza L. Félix.

De Cajón es un mosaico sonoro que nació en agosto de 2020 en Phoenix, Arizona, durante la pandemia, con la fusión de tres talentos: Yaella, de Chihuahua, México; Ernesto, de Lima, Perú; y David, de Ayacucho, Perú. Unidos, celebran la riqueza de sus culturas y las tradiciones que unen a sus pueblos a través de una propuesta musical que difunde la diversidad de la música latinoamericana.
Con un repertorio que abarca boleros, baladas, rancheras, cumbia, salsa y más, De Cajón emplea el emblemático cajón peruano y la guitarra electroacústica para crear un sonido auténtico, fresco y envolvente, capaz de llegar al corazón de sus audiencias. Su flexibilidad les permite adaptarse a distintos espacios, desde íntimas presentaciones como dúo hasta dinámicos conciertos como dúo o trío, llevando la esencia de la música latinoamericana a escenarios culturales, privados, empresariales y comunitarios.

Más que interpretar canciones, De Cajón Latin Music construye experiencias que preservan y celebran la tradición latinoamericana, con un énfasis especial en la música criolla peruana, conectando personas y culturas en cada acorde y cada ritmo. Su misión es ser un puente vibrante que rescata y prologa el legado musical desde la raíz hasta el presente, haciendo de cada evento un encuentro de identidad y pertenencia.
Puedes seguir su trabajo en sus redes sociales como Facebook e Instagram.


@conectaarizona

✨ Cuando las notas viajan, llevan consigo el eco de nuestras tierras. Conoce a De Cajón Latin Music , el grupo que hace de cada canción un regreso al origen. Palabras de Valeria Verónica Fernandez y fotos de @danroblesfotos Explora la historia completa en ConectaArizona.com [link en bio] #DeCajonlatinmusic #conectaArizona #mosaicos #mosaicosdeconecta @musica_latina_tiktok #Arizona

♬ sonido original – ConectaArizona – ConectaArizona

Esta historia es un fragmento de Mosaicos, el proyecto de Conecta Arizona que recoge pedazos de vida, color y memoria, ensamblados como azulejos que celebran la belleza migrante y transfronteriza. Aquí cada relato y fotografía es una pincelada que honra la herencia vibrante, cruda y real que une ambos lados del muro.
Explora aquí otros matices, rostros e historias tejidas en colaboración con autores y artistas independientes.

Queremos que Conecta Arizona sea ese lugar en donde podamos darle un espacio, un eco y amplificar tus historias.

Plumas invitadas de Conecta Arizona

Autores

Valeria Fernández es la fundadora y directora ejecutiva de Altavoz Lab, organización que apoya a periodistas comunitarios. Montevideana radicada en Phoenix, anhela el mar y ama que México esté tan cerca. Mamá de dos niños que son los soles de su vida. Poeta y palladora desde siempre. Periodista que aprendió en la calle.

Daniel Robles es un diseñador gráfico con más de dos décadas de experiencia en artes visuales, fotografía, ilustración, publicidad y mercadotecnia. Es originario de Sonora, México, con un título de profesional asociado en Diseño Gráfico y Publicidad.

Ganador de premios por su trabajo en diseño de campañas publicitarias y proyectos audiovisuales, Robles es el director creativo de Conecta Arizona desde su fundación. En sus ratos libres le gusta practicar la fotografía de calle y documental.