No más mujeres silenciosas
Cuando una mujer deja de ver las marcas en su cuerpo, toda la sociedad se vuelve un poco más ciega frente a la violencia de género. ¿Qué nos lleva a ese lugar?

➡️ Sandra América López Flores / Plumas Invitadas
¿Cuándo dejamos de ver la violencia sobre nuestros cuerpos? ¿En qué punto se la deja de advertir? ¿Cómo se hace para no ver los golpes, las marcas? Y, sobre todo, ¿por qué?
Cuando somos el resultado de generaciones y generaciones que vivieron en sus cuerpos la violencia, nacemos de esa genealogía y luego la vivimos desde edad temprana, es muy difícil ponerle el nombre “violencia”. Es muy arduo identificarla para denunciarla, para protegerse, para salirse de allí. ¿Cómo se puede denunciar lo que, simplemente, no se ve?
Y, cuando una sociedad está construida de historias como estas, la sociedad misma parece anestesiarse frente a aquello que la hiere.

En los primeros meses de 2025, Eva tuvo el coraje de huir de su marido mientras sus hijas estaban en la escuela. Ese día, Eva (nombre ficticio para proteger su identidad porque el peligro todavía la persigue), se fue con lo puesto; no tomó su cartera ni su tarjeta de identificación. Salió sin notar los moretones en su ojo izquierdo ni en los brazos. No los vio. Los descubrió recién al denunciar los hechos en el Centro de Atención Integral a Víctimas de la Fiscalía General de Justicia de Ciudad de México (CDMX), México. Ella creyó que sólo había forcejeado con su marido. No recordaba que Adán (nombre ficticio para proteger a Eva) le había dado un puñetazo y le había arrojado varios objetos que logró esquivar. Salió huyendo con el firme deseo de que sus hijas ya no repitieran su historia, tal y como ella había hecho con la historia familiar, según contó Eva a Conecta Arizona.
El médico legista que la atendió ese día, identificó los moretones que delataban el grado de agresión sufrida y que ella ni siquiera había notado, narró. El dolor de Eva duele; es más amargo que la hiel. Su situación podía ser visible a kilómetros, pero fue invisible para ella, pese a que soportó por más de 25 años, por parte de su marido, maltratos; ausencia total a la hora de realizar tareas de hogar, comprar víveres, arreglar la casa; y, al mismo tiempo, salidas con sus amigos sin nunca permitirle ser parte.
Pero la violencia de género no era ajena para ella porque, desde que tiene memoria, recuerda haber vivido un ambiente similar en la casa de sus progenitores por parte de su padre: maltratos, infidelidades, embriaguez constante hasta la perdición, ausencias del hogar, falta de dinero.
Tanto la mamá como la abuela de Eva se separaron porque sus maridos les pegaban, les eran infieles, las amenazaban.
Inconscientemente, Eva repitió el mismo patrón en su familia nuclear. Ella cuenta que, después del nacimiento de su tercera hija, y por la falta de apoyo económico del cónyuge, abandonó su carrera universitaria para trabajar como oficinista y garantizar el sustento familiar. También vendía productos por catálogo, todo lo que su tiempo, energías y el deseo de no doblegarse le permitían para cumplir con los gastos del hogar que eran asumidos mayormente por ella.
Eva salía a trabajar y regresaba con bolsas de víveres en ambas manos, pero era más pesada su carga emocional. Luego de atender las tareas escolares y domésticas, era la última en irse a dormir. Rentaba unos cuartos a medio terminar en el terreno de sus suegros. Debía caminar un buen trecho de subida para llegar a casa. Por exceso de cargas pesadas, desarrolló una hernia de estómago que pudo operar solo cuatro años después.
Familiares y amigos le aconsejaban el divorcio, pero tenía miedo, recordó. “¡No tienes a donde ir! ¿Quién te va a querer así de vieja y con hijos?”, recuerda que le repetía Adán constantemente.
Cuando al fin decidió terminar con su matrimonio, luego de la cirugía de hernia, y se lo comunicó a su esposo, él le dijo que necesitaba un psicólogo. Ella accedió, para confirmar su decisión. Durante seis meses, con la intervención y apoyo de tres psicólogas del Centro de Atención Femenina (CAF) del Instituto Nacional de las Mujeres de CDMX, Eva reconoció claramente su situación, sus temores y fortalezas. Por fin logró ver(se). Fue cuando decidió huir y denunciar a su victimario, recordó.
Consiguió una orden de alejamiento de Adán, luego de que casi desistió a denunciarlo debido a la espera de seis horas para acceder a cuatro horas más de atención especializada por parte de un abogado, un médico y una psicóloga. Con el apoyo familiar, ella se encuentra ya segura con sus hijas, mientras su divorcio continúa en proceso.
Pienso en la experiencia de Eva y me digo: qué bueno que ahora nos ayudan a reconocer los indicios de violencia; qué bueno que ya no nos callan y que ya no callamos.
El caso de Eva se contabiliza dentro de millones de mujeres mexicanas que viven situaciones similares. De acuerdo a los últimos datos publicados por la “Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares” (ENDIREH) del Instituto Nacional de Estadísticas y Geografía (INEGI), en 2021, vivían en México 50.5 millones de mujeres de 15 años de edad o más. Siete de cada 10 de ellas vivieron al menos un hecho de violencia en su vida, lo que equivale a 35.4 millones de mujeres.
“En 2021, a nivel nacional, del total de mujeres de 15 años y más, 70.1% han experimentado al menos un incidente de violencia, que puede ser psicológica, económica, patrimonial, física, sexual o discriminación en al menos un ámbito y ejercida por cualquier persona agresora a lo largo de su vida”, expresa el informe “Violencia contra las mujeres” de la ENDIREH.
De acuerdo al estudio, esta cifra aumentó cuatro puntos porcentuales respecto a 2016. El informe especifica que “la violencia psicológica es la que presenta mayor prevalencia (51.6 %), seguida de la violencia sexual (49.7 %), la violencia física (34.7 %) y la violencia económica, patrimonial y/o discriminación (27.4 %)”.
Por otro lado, de acuerdo a cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública del Centro Nacional de Información (CNI), de enero a abril de 2025 ya habían muerto 212 mujeres víctimas de femicidio en todo México.
Cuantos más testimonios haya, más podrán identificarse otras mujeres y ver su propia situación también. Eva lo ha podido testimoniar. Pero quién sabe cuántas situaciones similares y peores se siguen dando en este preciso momento. Ella pudo recibir orientación en el CAF, pero todavía hace falta información, educación, más centros y redes de apoyo, porque todavía hay mujeres que no saben qué hacer en circunstancias semejantes. Que todavía no pueden ver.
Sí, el caso de Eva es uno entre millones que se viven en México y en el mundo. Es un mal de esta época y de muchas otras épocas, pasadas, presentes y lamentablemente, futuras.
La historia de Eva y de todas las Evas es relevante por lo humano, por las historias individuales de dolor de todo tipo. Pero también porque somos como sociedad la sumatoria de todos estos cuerpos violentados que dejan de ver las marcas, los golpes, en su piel, en su psiquis, en su memoria. Y, en ese dejar de ver, nos vamos deshumanizando. No lo podemos permitir más. Ayudemos a cada Eva que conozcamos a ver, para ayudarnos a ver como sociedad.
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Plumas invitadas de Conecta Arizona