¿Puede una canción hacer bailar a personas con Alzheimer?

➡️ Sandra América López Flores / Plumas Invitadas
Nuestra percepción de la realidad no se limita únicamente a lo que alcanzan nuestros sentidos. Desde Los diálogos de Platón hasta las reflexiones críticas de Immanuel Kant, y más recientemente, con los aportes de la neurociencia de Beau Lotto (DEVIATE: The Science of Seeing Differently), la pregunta ha persistido como una inquietud inagotable: ¿vemos el mundo, tal como es o como somos capaces de interpretarlo?
Vivimos convencidos, muchas veces sin advertirlo, de que aquello que percibimos constituye la realidad misma. Sin embargo, esa certeza es frágil. La experiencia humana está atravesada por filtros invisibles: la memoria, la emoción, el lenguaje, la cultura. Cada uno de ellos moldea lo que creemos ver oír y comprender. La realidad, entonces, no se presenta ante nosotros como un bloque compacto y transparente, sino como un tejido complejo que desciframos de manera incompleta.
Se suele decir que “la percepción es la realidad”; pero esta afirmación, aunque seductora, encierra un equívoco. El psicólogo Jim Taylor advierte en su más reciente artículo publicado en Psychology Today, que nuestros sentidos, por más sofisticados que sean, no capturan la totalidad de lo real. Apenas rozan su superficie. Lo que llamamos realidad es, en buena medida, una reconstrucción; una versión posible, entre muchas otras, siempre condicionada por nuestras limitaciones.

Y, sin embargo, hay momentos en los que esa reconstrucción adquiere una intensidad particular. Los recuerdos más vívidos no son necesariamente los más fieles, sino los más sentidos. Una melodía puede atravesar el tiempo y devolvernos de pronto, un instante olvidado.
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En personas que tienen Alzheimer, por ejemplo, ciertas canciones, no sólo sobreviven al deterioro de la memoria, sino que despiertan, gestos, sonrisas, movimientos. Como si algo más profundo que el recuerdo -quizá la emoción misma- permaneciera intacto.
Esa misma lógica habita en lo cotidiano. La comida preparada por una madre o por un ser querido, no se reduce a una combinación de sabores: es memoria, es afecto, es historia compartida. Por eso, al alejarnos de nuestro lugar de origen, no sólo extrañamos los paisajes o las costumbres, sino también los aromas, los sonidos, las texturas de una vida que nos constituyó, extrañamos, en el fondo, una forma de estar en el mundo.
Cada individuo es irrepetible, porque irrepetible es el entramado de experiencias que lo ha formado. No hay dos miradas idénticas, porque no hay dos historias iguales. El amor, en ese sentido, no es sólo un sentimiento; es también una fuerza que organiza la memoria, que da sentido a lo vivido, y que, incluso en condiciones adversas, como la enfermedad, logra sostener fragmentos de identidad.
La epistemología, ese territorio donde se interroga el conocimiento, nos recuerda que no aprendemos del mundo únicamente a través de los sentidos, sino también mediante la interpretación. Decimos que “leemos” a las personas, que “reímos con el alma”, como si hubiera formas de percepción que desbordan lo estrictamente físico. Y quizás las haya. Porque a veces no vemos con los ojos, sino con la esperanza, con el miedo o con el deseo.
Otras veces, en cambio, la percepción se vuelve una trampa. Quien vive sometido por otro, puede no reconocer su propia condición. No puede verse a sí mismo. La costumbre, el afecto o el temor pueden distorsionar la mirada hasta volver invisible, lo evidente. En estos casos, la realidad no desaparece, pero se vuelve inaccesible desde dentro.

La antigua metáfora hindú de los sabios ciegos y el elefante ilustra con precisión esta paradoja. Cada uno de ellos toca una parte distinta del animal y, desde esa experiencia parcial, construyen una verdad: el elefante es una columna, una cuerda, una lanza, una pared. Ninguno miente, pero ninguno acierta del todo. La realidad completa, permanece fuera de su alcance, fragmentada en percepciones, legítimas, pero insuficientes.
Así ocurre también con nuestras opiniones. Son, inevitablemente, parciales. Aspiramos a la objetividad, pero rara vez la alcanzamos en su forma plena. Esto no significa que todo sea relativo, o que cualquier afirmación tenga el mismo valor. Significa, más bien, que nuestro acceso a la verdad es limitado, y que, por tanto, requiere humildad.
El problema surge cuando olvidamos esa limitación. Cuando convertimos nuestras percepciones en certezas absolutas, abrimos la puerta del dogmatismo. Entonces, lo que comenzó como una interpretación se transforma en una imposición. La historia está llena de ejemplos en los que la incapacidad de reconocer otras perspectivas, ha conducido a la intolerancia y al conflicto.
Por ello, sostener una opinión, no debería implicar, aferrarse a ella de manera rígida, sino habitarla con conciencia de su provisionalidad. Defender una idea, también es estar dispuesto a revisarla. Escuchar no es rendirse, sino ampliar el horizonte de lo posible.
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En este sentido, la diversidad de miradas, por decirlo de manera figurada, no es una amenaza, sino una riqueza. Cada perspectiva añade una pieza al mosaico de lo real. No para completarlo, de manera definitiva, -quizá eso sea imposible-, sino para acercarnos un poco más a su complejidad, y con ello, a la realidad.
Hoy más que nunca, en un mundo interconectado, esta disposición resulta indispensable. Comprender al otro, incluso sin compartir su visión, es una forma de inteligencia y de respeto. Es, también, una condición para la convivencia.
La democracia entendida en su sentido más profundo, no es sólo un sistema de gobierno, sino una práctica cotidiana de reconocimiento mutuo. Un espacio donde las voces pueden coexistir, sin anularse, donde el desacuerdo no se traduce en enemistad, sino en diálogo.
Porque al final, la realidad no es únicamente aquello que percibimos, sino también aquello que estamos dispuestos a cuestionar. Se construye en la intersección entre lo que vemos, y lo que otros ven, entre lo que creemos y lo que estamos dispuestos a poner en duda.
Quizá nunca podamos acceder a la verdad absoluta. Pero en este intento -en ese ejercicio constante de mirar, escuchar, pensar y reconsiderar- reside una de las formas más genuinas de libertad. Sólo así podremos, en algún momento, desprendernos la ceguera de nuestras certezas y abrirnos a una comprensión más amplia, más compleja, y, sobre todo más humana del mundo.
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Plumas invitadas de Conecta Arizona
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