¿Realmente quieren imponernos su ideología?

➡️ Por Alejandra Bucón / Plumas Invitadas
Ya casi no entro a Facebook, pero la última vez que lo hice me encontré con una publicación que me dejó pensando. Era una ilustración de una multitud en blanco y negro, con una persona en el centro con el cabello teñido de arcoíris diciendo: “Deberían cambiar todos sus valores y creencias para que yo encaje”. El texto que acompañaba la imagen acusaba a una “minoría en el poder” de cambiar las leyes para imponer su ideología. Pedía legisladores “valientes” que defendieran “nuestros principios y valores”, especialmente este 1 de junio, cuando por primera vez en México votaremos por jueces y magistrados.

A veces me pregunto: ¿de verdad la comunidad LGBTQ+ nos está pidiendo que cambiemos nuestras creencias? ¿Aprobar el matrimonio igualitario hace que los heterosexuales quieran cambiar de orientación sexual? ¿O será que simplemente están pidiendo acceso a los mismos derechos que ya disfrutamos los demás?
A quienes aseguran que una “minoría en el poder” nos está imponiendo su ideología, hay que recordar, por ejemplo, que el matrimonio igualitario no se aprobó de un día para otro. Tomó más de 14 años y múltiples batallas legales para que fuera reconocido en todo México. La Ciudad de México fue la primera en legalizarlo en 2010, y Chiapas fue el último estado en sumarse en diciembre de 2024. En varios estados, legisladores del PAN y de otros partidos conservadores se opusieron firmemente, apelando a los mismos “valores” que hoy se usan como excusa para negar derechos.
El catolicismo, profundamente arraigado en la cultura mexicana, se ha usado históricamente como excusa para frenar el avance de los derechos humanos, especialmente los de las minorías. Durante los gobiernos del PAN, la influencia de la Iglesia fue evidente en leyes que limitaron el acceso a derechos reproductivos y frenaron el reconocimiento pleno de las personas LGBTQ+. Y aunque vivimos en un país oficialmente laico, los prejuicios religiosos siguen dictando decisiones políticas y sociales.

Lo más doloroso es que confundimos fe con odio. Decimos defender valores, pero esos valores a menudo excluyen, juzgan y marginan. ¿No es acaso la compasión un valor cristiano? ¿No lo es la dignidad humana? En México nos cuesta aceptar a quienes piensan o viven diferente. Nos incomoda lo “open-minded”. Nos da miedo lo desconocido, pero rara vez nos detenemos a reconocer que el otro también es humano, con sueños, miedos y el deseo de pertenecer.
Cuando un hijo sale del clóset, muchas familias sienten una vergüenza social devastadora. Como si su orientación sexual fuera un fracaso personal. Pero el verdadero fracaso es no ser capaces de amar sin condiciones.
El próximo 1 de junio elegiremos jueces y magistrados. Y aunque el proceso esté rodeado de polémica, es también una oportunidad. Una oportunidad para preguntarnos qué tipo de país queremos construir: uno que castiga la diferencia o uno que garantiza la libertad de todos. No se trata de imponer una ideología. Se trata de vivir y dejar vivir.
Si usted no cree en el aborto, no aborte. Si no le interesa el matrimonio igualitario, no se case con alguien de su mismo sexo. Si no quiere usar marihuana, no la consuma. Pero no niegue a otros el derecho a decidir. Votemos con conciencia, no con miedo. Votemos por la libertad, por la dignidad y por una democracia que incluya a todos, incluso si no se parecen a nosotros.
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