Turismo en Hawái: una mirada desde la cultura y una invitación para hacerse preguntas

Getting your Trinity Audio player ready...
Arte: Daniel Robles.

Hola amigos del #EspressoCultural.

Acabo de bajar del avión y estoy aterrizando algunas ideas en desarrollo que hoy quiero compartir contigo en este espacio dedicado a temas culturales y comunitarios. Te cuento: me fui de vacaciones a Hawái, esa hermosa isla en el Pacífico que promete un pedazo de paraíso. Llegué con una flor en el cabello y un vestido floreado, lista para sumergirme en la cultura local como una turista entusiasta.

Aunque la isla es parte de los Estados Unidos, la sensación es como viajar a otro país, tanto por la distancia como por la riqueza cultural. Antes del viaje, me tomé el tiempo de leer sobre las tradiciones de los isleños y revisar varias listas de lugares recomendados en Internet. La isla no decepciona y yo tenía prisa por vivir de primera mano todo aquello que había escuchado y leído.

Entre las recomendaciones, por supuesto, no podía faltar un luau, esas celebraciones hawaianas con banquetes y danzas tradicionales. Elegí uno que había recibido excelentes reseñas en Internet. El evento, junto a la playa, era visualmente impresionante. Lo pasé bien, pero una parte de mí sabía que algo no encajaba del todo. Me resultaba inquietantemente familiar, casi prefabricado.

Al salir, hablé con un isleño que me reveló la verdad: esos eventos no eran más que trampas para turistas, mientras que los auténticos luau se celebran en los patios de las casas, lejos del espectáculo. Fue ahí cuando comprendí que, aunque había leído un poco, lo que más peso tenía en mis referentes de la cultura hawaiana eran las coloridas mercancías de tiendas americanas que crecí viendo: el hula de plástico de mi infancia, las caricaturas, los estereotipos de faldas brillantes de celofán y cocos en el busto rodeados de collares de flores.

Arte: Daniel Robles.

El primer luau que presencié parecía más un montaje de Hollywood que una inmersión cultural. Y en cierto modo pensé: lo mismo pasa con nuestras propias culturas: comunidades que evocan festividad, alegría, pero cuyos símbolos terminan convertidos en meros disfraces despojados de su verdadero significado.

En febrero visité Mazatlán con todas las expectativas que uno tiene cuando regresa a sus raíces. Como sinaloense, imaginaba la brisa del mar, la música de banda resonando entre las olas y, por supuesto, los sabores auténticos del Pacífico. Con la ayuda de Google y sus reseñas, encontramos un restaurante que prometía ser el lugar ideal. El menú, dividido en español e inglés, no me sorprendió demasiado. Era Mazatlán, un destino turístico, al fin y al cabo. Pero lo que vino después sí: salsa tártara, ensalada de repollo, pescado y papas fritas. Todo lo que no había soñado para ese día. Ese incidente, que puede sonar insignificante, me revelaba una problemática mayor.

En eso estábamos cuando un grupo musical comenzó a tocar clásicos en inglés. Volteé a ver a mi esposo y le pregunté sin saber si reír o llorar: creo que… ¿no elegimos bien? No era desde luego la música de los migrantes alemanes que alguna vez se fusionó con las raíces locales para dar origen a la emblemática banda sinaloense. Y no es que me oponga a otros ritmos o a las nuevas fusiones culturales, pero esto no era una de ellas. Era otra cosa, algo que parecía más un maquillaje cultural que una expresión de la diversidad del paisaje sonoro de esta ciudad costera.

Nos han repetido tantas veces que el turismo es beneficioso, que los turistas hemos comprado ese cuento completo, caminando por el mundo como si al llegar estuviéramos haciendo un favor, sin detenernos a pensar en el costo cultural que podríamos dejar a nuestro paso.

El tema del turismo y sus efectos positivos y negativos es mucho más amplio y complejo de lo que aquí superficialmente comparto. Tiene beneficios también, pero esto más que nada es una invitación al diálogo para no convertirnos en un mal necesario con un alto precio social, ecológico y cultural. Es una invitación a dar más y visitar con respeto a esas comunidades-destino que nos reciben. Y eso requiere investigar y hacerse preguntas.


🎙️ Puedes escuchar #EspressoCultural a continuación:

Arte: Daniel Robles.

Queremos que Conecta Arizona sea ese lugar en donde podamos darle un espacio, un eco y amplificar tus historias.

Plumas invitadas de Conecta Arizona

Autor(a)

Celia Montoya es comunicadora y actriz, originaria del estado de Sinaloa, México. Fue conductora de Radio en Tecate Baja California en la estación 88.5fm. Reside en Phoenix, Arizona, desde 2004.

Estudió Negocios en el Phoenix College en Arizona. Formó parte de la organización Toastmasters Internacional, donde además de desarrollar habilidades para comunicar fungió como vicepresidente de relaciones públicas en dos grupos, La Voz de Oro y Los Empresarios Toastmasters.

Es instructora en Fuerza Local, una organización sin fines de lucro, donde imparte clases de comunicación, hablar en público y servicio al cliente. En sus ratos libres le gusta escalar montañas, escuchar podcast, leer y escribir. Desde 2017, forma parte del grupo de poesía y literatura El Llano en Llamas.