Un lugar y los personajes de mi pueblo… “En que las Monroyitas”

➡️ Maritza Félix / Plumas Invitadas
Hay lugares emotivos que nunca se olvidan y de vez en cuando llegan esos recuerdos. Uno de ellos es el recorrido de mi casa a la escuela donde curse la primaria y la secundaria que era de aproximadamente cinco cuadras, pasando por la Plaza Monumental, en Magdalena de Kino, a 87 kilómetros de la frontera con Estados Unidos.
Este recorrido -que se hacía cuatro veces al día- era una caminata interesante porque se podía ir a pie y con los sentidos a flor de piel: el aire fresco o caliente de acuerdo con la estación climática; fresca en primavera, con los olores típicos de los árboles en flor; el aroma del azahar de los cítricos que había en la plaza, el de las rosas que se mezclaba con el del pan de una panadería cercana; el aroma de la gasolina quemada de los carros y el desayuno de las casas.
Apreciar los sonidos típicos de los pájaros, carros, personas, radios encendidas en las casas. Saludar a las personas que día a día hacían su recorrido a los trabajos, a las tiendas u otros sitios; pensaba y esta persona a dónde irá, que hará en este día, dónde vivirá, qué comerá, ¿tiene familia?, e inventaba en mi mente historias para cada una de esas personas que no conocía. Aunque muchas otras sí eran conocidas y se sabía más o menos cuál era su forma de vida.
En ese recorrido para llegar a la escuela, saliendo por la entrada principal del negocio familiar, los olores, sonidos y vista eran distintos a cuando llegaba a la calle por donde tenía que iniciar el camino a la escuela.

Después a media cuadra estaba la Plaza Monumental con el templo y el quiosco cuyo recorrido abarcaba dos cuadras. En la tercera cuadra -como a la mitad- estaba un lugar típico de Magdalena donde vendían revistas, periódicos, libros, cuentos, dulces entre otros artículos. Era un lugar curioso y diferente.
Al entrar, lo primero que notabas era ese aroma que, incluso, si durabas dentro algún tiempo creo que se impregnaba en la ropa: era el olor típico del papel, la tinta de los periódicos de fechas atrasadas, del papel de despacho donde se envolvían los dulces o chuchulucos que acostumbraban comprar muchos niños, era una mezcla de aroma muy especial. Aún la recuerdo.
Algo característico del lugar era la forma en que estaba acomodado lo que se vendía, las revistas de modas y con cierta calidad o categoría, lo más lejos posible de las manos de los niños que ahí entrabamos, pues estaba en el recorrido de la escuela; luego, más cerca de la vista los cuentos, las historietas como Memín Pinguin, Lorenzo y Pepita, Archi y sus amigos, Kalimán, Lágrimas y Risas entre otras historietas.
Lo interesante es que debías pedírselo a las dueñas y encargadas del negocio, pues tenían sus anaqueles de madera horizontales y de la orilla hasta el techo estaba una malla de alambre, malla de gallinero diría mi nana, del donde -por dentro, con ganchos de madera con los que se tiende la ropa- se colgaban los periódicos de la época, que lógicamente llegaban con fecha atrasada, de días; sin embargo se consideraban noticias recientes.
Este negocio era atendido por tres hermanas de apellido Monroy, solteras, por lo que se conocía el sitio como “En que las Monroyitas”. Su vestimenta era típica de ellas, siempre su falda negra hasta el tobillo, sus zapatos de época, de los años 60 aproximadamente, sino es que de años o décadas anteriores; su rebozo negro típico y un velo negro cubría sus cabellos recogidos en moños con peinetas. No eran feas, pero su aspecto sí resultaba peculiar. Tenía la impresión de que no se bañaban, pero sólo era algo producto de mi mente.
Te recomendamos: Mis días de niñez en los 60 y la niñez de hoy: las generaciones de Los Cuervos
Eran un poco geniosas, desde que llegabas y te preguntaban ¿Qué vas a llevar?, o No toques, pero era su singular manera de atender a las personas. Duraron mucho tiempo hasta que les llego la ancianidad y fueron muriendo de una en una, la última “Mariíta”, tuvo que ser recluida en el asilo de ancianos al quedar sola, desamparada y sin quién la cuidase.
Con esta situación, el negocio que fue su vida entera, pues segura estoy de que lo más lejos que salían era a la iglesia y a la tienda a comprar sus víveres, desapareció.
Si casita quedó mucho tiempo abandonada, posteriormente se habilitó y sirvió de hogar para otra persona solitaria, lo recuerdo por su sobrenombre “El Tambora”. Actualmente ese sitio se está reconstruyendo para pasar a ser un consultorio médico.
➡️ Conecta Arizona no es responsable del contenido de las columnas y artículos de nuestros colaboradores comunitarios. Las publicaciones de quienes colaboran con Conecta Arizona no expresan su línea editorial.

Queremos que Conecta Arizona sea ese lugar en donde podamos darle un espacio, un eco y amplificar tus historias.
Plumas invitadas de Conecta Arizona