Una reflexión histórica que conecta la memoria del Holocausto con la experiencia migrante en Arizona

El 27 de enero, en 1945, el mundo vio lo que había preferido no mirar. Las puertas de Auschwitz se abrieron y con ella se abrió una palabra que todavía cuesta imaginar: Holocausto. No fue solo un exterminio; fue un sistema, una maquinaria burocrática del odio. La Gestapo no era un monstruo mitológico, era una policía secreta con oficinas, sellos, archivos, listas, funcionarios que fichaban personas como hoy se ficha un trámite, vecinos que denunciaban vecinos, trenes que salían puntuales hacia ninguna parte.
La pregunta incómoda no es qué pasó entonces, sino cómo fue posible. La historia insiste en recordarnos algo incómodo. Los horrores no aparecen de golpe: se normalizan, se administran, se vuelven costumbre. En Arizona, esa lección no es abstracta. Recordar el Holocausto no es competir dolores ni comparar tragedias, es reconocer patrones.
Aquí vive una comunidad migrante que sabe lo que es caminar con miedo: miedo a la autoridad, miedo a un uniforme, miedo a la puerta que se toca de madrugada. No es una comparación histórica literal, porque la historia no se copia como calca, pero la memoria sirve para reconocer patrones.

Escuchemos a Ramón, alguien que apenas fue deportado: “Nosotros somos el ICE y nos vamos a llevar. Y ya me esposan y vámonos”.
– ¿Qué pensó usted cuando esos carros le hicieron la parada, cuando iba por la McDowell?
– “Yo dije: ‘¿Qué va a hacer con mi vida de aquí para adelante? Tengo 23 años en el país y ahora salgo. ¿Y a qué salgo afuera si toda mi vida está hecha ahí (en Estados Unidos)? Mi pensamiento fue muy… Un desespero, no sé, dije ‘¿qué va a pasar conmigo?’. Uno planea su vida en un futuro, poco a poco, dice ‘pues ya estoy aquí, ‘estoy estable’”.
La deportación también es una forma de desaparición. Arranca personas de su comunidad, de su trabajo, de su historia cotidiana. No necesita campos de concentración para destruir vidas.
“No tengo ni siquiera para una soda. Si me saca, cómo voy a mi pueblo, o por decir cómo voy a pedir una ayuda por un teléfono si me están quitando todo, me incomunican completamente”.
El Holocausto empezó mucho antes de las cámaras de gas. Empezó con palabras, con discursos que señalaron a un grupo como problema, con leyes que normalizaron la exclusión, con la idea de que algunos cuerpos valían menos que otros, con la costumbre de mirar hacia otro lado.
El uso del miedo como herramienta de control. Recordar el Holocausto es entender que el Estado puede volverse contra su propia gente cuando el miedo gobierna. Es asumir que la violencia institucional siempre necesita cómplices pasivos: el silencio, la indiferencia, la comodidad.
El 27 de enero no nos pide frases solemnes, nos pide responsabilidad. Nos pide defender la dignidad humana antes de que sea demasiado tarde para escribirla en pasado. Porque el nunca más no es una promesa automática, es una tarea diaria, incómoda, política, humana. Y aquí en Arizona también nos toca.
“A la edad que tengo es muy difícil que me den trabajo. No sé qué futuro me espera en realidad. Mi pensamiento está en ‘¿Qué voy a hacer? ¿Qué va a ser conmigo? ¿Qué va a ser de mi vida?’”.

Queremos que Conecta Arizona sea ese lugar en donde podamos darle un espacio, un eco y amplificar tus historias.
Plumas invitadas de Conecta Arizona

Comentarios (0)
No hay comentarios en esta publicación.