Viernes Santo en Los Altos de Jalisco

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Arte: Daniel Robles

➡️ Andrés Martínez / Plumas Invitadas

El reloj de la iglesia marca las tres de la tarde y, como siempre, las campanas lo confirman con su repique que llega hasta el fondo del alma, aún a las afueras del pueblo. La Parroquia de la Asunción amaneció distinta. Su brillo, apagado. El duelo se siente en el aire y apachurra el corazón. 

Todos los negocios del centro están cerrados. Ni un alma recorre la plaza. El corazón de los Altos de Jalisco parece un pueblo fantasma. Nostalgia es la que se respira.

Es la hora de la comida en Jalostotitlán. Por las calles, solo pasean el viento y el polvo, como dos bailarinas ejecutando su coreografía maestra.

Lo único que se escucha es el susurro del viento, tan leve que parece dejar oír hasta el latido del sol.

En la casa de Doña Chelina y Don Pedro Canicas, como cada Viernes Santo, hay siete cazuelas en la cocina y todos son bienvenidos porque donde comen dos, comen tres o cuatro.

De la puerta hacia adentro, el piso resplandece; el calor del hogar apapacha el corazón y la mezcla de olores cura el alma.

Tibias y envueltas en una toalla blanca deshilada, las tortillas de maíz reposan sobre la mesa. El mole de rancho, como se le conoce por estas tierras, es imprescindible, ya sea con nopales o con tortas de camarón.

Los chiles rellenos, de queso fresco o de frijoles, a pesar de su laboriosa preparación nunca pueden faltar de a montones, ya que derriten hasta el rencor. Y para satisfacer los antojos de todos, siempre hay caldillo. 

Los camarones a la diabla son una tradición, y mientras más picantes mejor porque en los Altos de Jalisco nadie se raja. Las habas y las lentejas guisadas siempre hacen acto de presencia aunque no sean las favoritas de los más jóvenes: “Si no te acabas el plato, no hay refresco”, decían. Y no faltaba el niño que se negara a probar las legumbres y armara su berrinche.

El arroz es el fiel acompañante de todo. Siempre presente.

El caldo de camarón, el filete de pescado empanizado y el ceviche, también tienen que estar presentes en la mesa. No puede haber siete cazuelas sin uno de estos manjares. 

Foto: Andrés Martínez

La capirotada, con sus mil colores, es una fiesta en la boca. La de Doña Chelina, claro, es la mejor, con la cantidad exacta de canela; nunca muy seca, nunca muy aguada, siempre perfecta.

El agua fresca de ensalada refresca hasta la conciencia. Como base, el agua de limón natural. De acompañantes va la lechuga orejona, plátano, fresa, manzana y naranja. Todo finamente cortado.

La casa de Doña Chelina y Don Pedro Canicas siempre está llena de gente. El fresco de la tarde comienza a caer, y los menores corren por la casa, mientras algunos adultos reposan en el comedor, otros en el patio y el resto en la sala. Viernes Santo, viernes de luto, pero viernes de estar en familia y en comunión. 

Este Viernes Santo fue diferente. Hoy solo los recuerdos quedan. El núcleo de la familia, Doña Chelina y Don Pedro Canicas, ya no están en este plano terrenal. La mayoría de la familia emigró y la casa fue reconstruida. Ya nada es como aquellos Viernes Santos de gloria. Hoy solo queda el recuerdo y las recetas de algunas de las siete cazuelas de Viernes Santo.

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Plumas invitadas de Conecta Arizona

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