BK Tacos: la historia de Benjamín Galaz, el sonorense que convirtió el taco en experiencia en Tucson

Tucson, Arizona. – Benjamín Galaz habla de Tucson como quien la ha vivido dos veces: la de nacimiento y la del regreso. Nació en esta ciudad, pero su infancia y adolescencia se cocinaron al sur: “Mis papás me llevaron a México. Crecí en México hasta los 15, 16 años… y cuando terminé la secundaria en mi pueblo, en Nacozari, me vine a Tucson… desde 1987 estoy aquí de planta”.
A sus 53 años, Benjamín no se presenta como heredero de una dinastía restaurantera. Al contrario: su origen familiar venía de la minería, la ganadería, y la vida doméstica. “Mi papá se dedicó a la minería… mi mamá ama de casa”. El primer destello gastronómico llegó por una tía, hermana de su mamá, que tenía restaurante y hotel con bar. Ahí, siendo un adolescente, le tocó servir, cocinar y aprender de responsabilidades: “Estaba en segundo de secundaria y me dejaban encargado de una cafetería… hacer hamburguesas y atender clientes”.

Ese entrenamiento temprano no lo convirtió aún en empresario. Lo que lo empujó, en realidad, fue un choque cultural de sabor al llegar a Tucson: Benjamín buscaba lo que para él era normal en Sonora —carne asada al carbón sobre leña de mezquite, salsas, competencia entre taquerías— y se encontró con una versión simplificada del taco: “Aquí… no había un salsero… todo lo que quisieras era extra. Tortilla, proteína y ya”.
En Sonora, dice, la taquería es un ritual: “Es toda una experiencia… quién tiene la mejor salsa, la mejor carne, la mejor técnica, mejor servicio”. Y eso, precisamente, fue lo que decidió traer a Tucson: la experiencia completa, no solo el antojo rápido.

Antes de consolidarse, Benjamín ensayó en México. Puso un carrito en su pueblo y vendía burritos de carne asada y hamburguesas. No vendía tacos ni hot dogs por respeto a un amigo taquero, referencia local en Nacozari. Ese código —la ética de no invadir el mismo terreno— aparece una y otra vez en su historia: competir sí, pero con reglas internas.
En 1993 regresó a Tucson y compartiendo con un amigo le surgió la idea de echar a andar el carrito. Pero el Departamento de Salud le pedía más de lo que podía costear. Recién casado, sin casa, viviendo con su hermana, se topó con una figura decisiva: un vecino de su hermana y amigo de años, conocido en Tucson por su propio carrito de comida callejera: el Güero Canelo.

Benjamín lo cuenta sin dramatismo, pero con claridad: el Güero le propuso comprarle la carreta y ponerla “al día” con los requisitos. Benjamín aceptó. El Güero compró equipos (tanques, bomba, lavamanos, refrigeración) y Benjamín instaló todo. También le compartió lo esencial: “Hicimos dos salsas… cebolla roja curtida, repollo picado, limones… muy sencillo”. Así arrancó el negocio del Güero en 1993.

Con el dinero que recibió en pagos, Benjamín tomó una decisión que define su perfil: vender su carro, comprar herramientas y construir su propia carreta desde cero. “Compré soldadora, taladro… y construí la primer carreta de hot dogs… ahí, en la casa de mi hermana”. En 1994 se colocó junto al Güero en la 12 Avenida, un puesto de Hot Dogs compartiendo renta en el estacionamiento de una tapicería que cerraba a las cinco. Era otro Tucson: “Más sola, más oscura… nos cuidábamos (los dos)”.

La colaboración funcionó porque respondía a la realidad de la gente: un carro llegaba con antojos distintos. Unos querían burros, otros tacos, otros hot dogs. “Estaba padre… todos éramos amigos”. Hasta que el éxito empezó a desequilibrar el acuerdo verbal que tenían: multiplicar el modelo (tacos + hot dogs) por distintas zonas de la ciudad.

Su amigo le propuso construirle otra carreta para llevarla a Casa Grande, el plan era vender Hot Dogs en Casa Grande y de esa manera no eran competencia.
El quiebre llegó con una escena noventera que actualmente parece de película: Benjamín iba rumbo a México cuando su “beeper” sonó con código de emergencia. Paró en un teléfono público, metió monedas y llamó. La noticia buena: ventas fuertes. La mala: “El Güero abrió su carreta aquí enseguida, a unos escasos 15 pies”.

Benjamín describe ese instante como un nudo: coraje, decepción, emociones encontradas. Le reclamó. El Güero respondió con una frase que lo empujó a tomar una decisión definitiva: “Para todos sale el sol”. Benjamín decidió entonces convertir el golpe en motor.


Esa noche tomó un cuaderno y dibujó planos. Meses después, en 1995, abrió su primera carreta de tacos y marcó un antes y un después en Tucson: “La primer carreta en Tucson… que vendía tacos de carne asada estilo sonora al carbón con un salsero… como todas las taquerías de México”. El cambio no fue cosmético: era una declaración cultural. Ya no era “salsa roja en mamila”; era pepino, rábano, limón, repollo, cuatro salsas, guacamole con pico de gallo y queso. Un ritual de sabor.

Al inicio, por ética, no quiso vender burros: “El Güero vende burros… no era ético”. Así que BK nació como tacos y hot dogs. Los burros llegaron después, “dos años” más tarde, cuando el negocio y el paladar de Tucson ya habían abrazado el estilo.
Actualmente, BK Tacos no es una carreta: “Ya somos un restaurante”. El menú es amplio y refleja la evolución de la ciudad: hot dogs, tacos de asada, pollo, cabeza, pastor, veganos, pescado y camarón; tortas, burros, ensaladas, caldo de queso, sopa de tortilla, toritos, quesos fundidos. Y bebidas: aguas frescas, cerveza, micheladas, café de olla, lattes fríos o calientes, incluso de mazapán. Benjamín lo resume como una realidad inevitable: “Tucson es una ciudad de fusión… la clientela cada vez se hace más exigente”.
El hilo conductor en su relato, es la obsesión por la calidad: “No puede ser buena, tiene que ser excelente… en carne, verdura, tortillas, servicio, limpieza”. Y el segundo hilo: pertenencia. Benjamín cuenta que le ha pasado escuchar a personas en un avión hablar de su lugar como si fuera parte de su historia familiar: “Me llevó mi abuelo… conocí al dueño…”. En 30 años, BK dejó de ser “de Benjamín” para ser “de Tucson”.
También es una historia de efecto dominó en la comida local. Según él, de esas primeras carretas y generaciones de trabajadores salieron muchos dueños actuales: “Muchas de las personas que trabajaron con nosotros… son dueños de cerca de 400 carretas móviles que tiene esta ciudad”. Algunos se lo decían de frente —“estoy juntando dinero para hacer mi carreta”— y eso le daba gusto. Lo que no le gustaba era enterarse cuando “se la ponían enfrente”.
BK, además, es familia ampliada. Benjamín y su esposa (la base emocional del proyecto, según él) han integrado a sus hijos a distintas áreas: servicio al cliente, bodega y proveedores, administración y análisis. Su hija Kariela, por ejemplo, hace métricas y proyecciones semanales: “Nos presenta lo que debemos vender… comparaciones con el año pasado… gráficas para supervisores y meseros”. Otra hija, Paola, apoya redes sociales, diseño y administración. Y reconoce que hay personas del equipo con décadas de trabajo que ya son familia: “No los veo como empleados… son seres humanos… personas que vinieron buscando oportunidad”.

La historia de Benjamín Galaz es, al final, la historia de cómo un sabor puede convertirse en identidad urbana. Llegó con un recuerdo: carne asada al mezquite, taquería como competencia de excelencia y salsas como lenguaje. En Tucson encontró un espacio, una calle más oscura, un amigo, un cuaderno de planos y una decisión: traer Sonora con todas sus reglas —incluida la ética— y adaptarla a las normas, al mercado y a la ciudad que nunca dejó de ser suya.
“El Güero”, dice sigue siendo su amigo, el mismo al que le vendió su primera carreta y al que admira como desde hace más de dos décadas.


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Comentarios (1)
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Excelente reseña, y me consta que todo es verdad, y se quedó corto mi compa Benny.