«¿Por qué yo regalaba mi trabajo?»: el programa consular que enseña a las mexicanas de Arizona a ponerle precio a sus sueños

Mexicana Emprende, el programa del Consulado General de México en Phoenix que nació en Arizona y hoy se replica en consulados de todo el mundo, ha capacitado gratuitamente a más de 200 mujeres. La historia de Patricia Favila Martínez, una bordadora que construyó desde Phoenix una red de 40 artesanas mayas en Yucatán, muestra lo que pasa cuando una emprendedora aprende que su tiempo —y el de su comunidad— vale.
Phoenix, Arizona. — Cuando la pandemia cerró el mundo, Patricia Favila Martínez quedó del lado equivocado de su propia vida. Había viajado de Arizona a Yucatán para visitar a su familia con boleto de ida y vuelta, pero el cierre de fronteras la dejó varada en una comunidad tan pequeña que no tiene gasolinera, banco ni mercería. Lo que sí había era lo que en su casa nunca ha faltado: tela, aguja e hilo.
Su abuela bordaba y Patricia aprendió de niña mirándola. En Phoenix trabajaba como pet groomer, estilista de mascotas, en una tienda especializada. El bordado había quedado atrás, desplazado por su vida laboral. Pero durante el aislamiento, mientras hacía proyectos con sus sobrinos usando madera, bejuco y fibras que encontraban en el patio, retomó el oficio familiar.
Cinco años después, aquel regreso al bordado se convirtió en Uay! Artesana, un negocio con marca registrada. Su marca comercializa piezas de arte textil maya en Yucatán y Arizona, y ha enviado trabajos a clientes en Suiza y Alemania. Pero su alcance va más allá de las ventas: sostiene también un taller gratuito para 40 mujeres, desde una niña de 12 años hasta una mujer de 80, que aprendieron no solo a bordar, sino a cobrar por su trabajo.
El programa que ayudó a Patricia a convertir sus bordados en un negocio tiene nombre: Mexicana Emprende.

Un programa que nació en Phoenix y se fue al mundo
El nombre oficial es Programa Consular de Emprendimiento para Mexicanas (PCME), pero todas lo conocen como Mexicana Emprende. Nació en Phoenix como una iniciativa del cónsul general de México, Jorge Mendoza Yescas, para apoyar a las mujeres emprendedoras de la comunidad mexicana. Desde el inicio, la respaldaron la Cámara de Comercio Hispana de Arizona y la alcaldesa de Phoenix, Kate Gallego.
«El cónsul ha estado siempre muy cerca de la comunidad, escuchando cuáles son las necesidades», explica Yamilett Martínez Briseño, encargada de Asuntos Económicos del Consulado y coordinadora del programa. Mujeres que estaban «empezando una vida en este país», muchas de ellas profesionistas o comerciantes en México, se acercaban al consulado buscando cómo mejorar la economía familiar.
La respuesta fue una alianza con Thunderbird, la escuela global de negocios de la Universidad Estatal de Arizona (ASU), que aportó DreamBuilder: una plataforma bilingüe y autodidacta con la que las participantes construyen, módulo a módulo, el plan de negocios de su idea.
Según el Consulado, los resultados de las primeras generaciones llevaron al Instituto de Mexicanas y Mexicanos en el Exterior a adoptar el modelo para ofrecerlo en consulados y embajadas de México en el mundo. De ahí un dato que muestra su origen: Phoenix va en su octava generación, mientras el IME celebra apenas la séptima edición global. La ciudad donde nació le lleva un año de ventaja al mundo.
Hasta la séptima generación, el programa ha capacitado a 182 mujeres en Phoenix; 41 están inscritas en la edición actual. Cuando esta generación se gradúe en septiembre, serán 223 emprendedoras capacitadas desde el arranque.

El programa es completamente gratuito para las participantes y no pregunta estatus migratorio. Se financia, sobre todo, con lo recaudado en Swing for México, un torneo anual de golf organizado con Compass CBS Foundation, cuyos fondos se dividen entre Mexicana Emprende y el programa de becas del IME. Arizona Community Foundation y la Cámara de Comercio Hispana aportan apoyo adicional, incluyendo membresías gratuitas para las participantes.
¿Qué reciben las emprendedoras? Talleres y capacitación para pasar de la economía informal a la formal: educación financiera, administración, cómo constituir una LLC, cómo construir una marca, campañas de mercadotecnia y, desde este año, cómo usar inteligencia artificial en sus negocios. La meta de la generación actual es que todas egresen con su marca definida y su logotipo impreso, y un mapa claro sobre cómo constituir sus LLC. El programa tiene una duración de tres meses y medio y requiere un compromiso de seis horas semanales.
«Entre más información tengas, pensamos que van a tomar mejores decisiones», resume Martínez Briseño.
De acuerdo con una evaluación difundida por el Consulado sobre los resultados del programa en Phoenix, nueve de cada diez participantes reportaron aumentos en clientes, ventas y ganancias. El 78% elaboró su plan de negocios como resultado de la capacitación y el 64% redujo costos directos o indirectos. El acceso a capital fue más limitado: solo el 23% recibió algún tipo de financiamiento, principalmente mediante subvenciones.

Fátima Iza llegó a Mexicana Emprende mientras se recuperaba de un accidente y después de perder su empleo como mesera, que tuvo durante diez años. Desde hacía tres o cuatro años decoraba reuniones para familiares, pero lo hacía de manera informal.
Durante el programa aprendió a estructurar un plan de negocios con DreamBuilder, calcular costos, organizar inventarios y definir la misión y la visión de su proyecto.
Entró con la idea de vender desayunos sorpresa. «Yo empecé ahí en el Consulado con desayunos sorpresa y ya ahorita mi visión ya es de decoración de eventos, de barras de snack», cuenta. Al egresar, registró Sweet Surprise Events, con sede en Mesa y servicios en distintos puntos del Valle de Phoenix. «Ya con todas las de la ley», dice.
El programa no le enseñó a decorar. Esa capacidad ya la tenía. Le dio herramientas para convertir una actividad informal en una empresa registrada.
«Pasé de ser una mujer creativa a ser una mujer empresaria», dice Fátima Iza.
En el caso de Patricia y sus bordados, las herramientas empresariales tuvieron un alcance distinto. Le sirvieron para formular un proyecto que, con financiamiento municipal y apoyos adicionales en Yucatán, dio origen a un taller para 40 mujeres.

De la idea al proyecto
Patricia llegó al programa con experiencia y materiales pero con una idea todavía desordenada. «Yo todo lo empecé así, nada más, por empezar», admite Patricia. En Mexicana Emprende encontró lo que le faltaba para crecer de una idea a un negocio. «Ahí ya nos dieron como estructura para saber cómo poder hacer de un sueño, de alguna iniciativa, pues ya algo más concreto como un negocio».
La capacitación incluyó oratoria, definición del nombre del emprendimiento, diseño del logotipo y elaboración del plan de negocios.
La capacitación también le abrió una red. En reuniones virtuales con emprendedoras vinculadas al programa en otros países, Patricia buscó participantes con proyectos similares y estableció contactos, especialmente en Alemania, que le permitieron conocer qué productos tenían demanda y cómo se movía ese mercado.
El plan de negocios que aprendió a preparar durante el programa le sirvió después como base para formular un proyecto comunitario. Patricia lo presentó ante la presidencia municipal de Homún, en Yucatán, para buscar financiamiento para un taller gratuito.
«¿Traes el proyecto?», le preguntó el presidente municipal. Lo traía. «Me dice: “Aquí está el dinero, aquí está el lugar, adelante”», cuenta.
El municipio pagó durante un año las clases, los materiales, el espacio y el sueldo de dos maestras adicionales que Patricia tuvo que contratar para atender a las 40 alumnas.

Una de esas 40 es Marta Lorena Quetzal Quetzal, bordadora de la Villa de Homún que creció en Kulul, un rancho sin más comercio que el que llegaba a pie.
Aprendió a los 12 años, como muchas: mirando a su madre. Juntas costuraban hipiles y ternos que salían a vender casa por casa, de Kulul a los pueblos vecinos. Las ventas eran «por pagos» que no siempre se completaban, y el regateo era la regla. Marta hace la cuenta que hacían entonces: entre moler, tortear, cocinar y coser cuando quedaba tiempo, una pieza tomaba un mes. Y, al final, el precio lo ponía el comprador.
«A veces ya no nos daban ganas de costurar», dice. «Porque ya no nos quieren comprar por el precio. De hecho, yo dejé de costurar».
Cuando su madre murió, guardó la aguja. Trabajó dos años en un taller de ropa de producción masiva, quitando hilos sueltos de las prendas, de 7 de la mañana a 6 de la tarde. Después vendió micheladas. Del bordado no quedaba nada. Luego, a los 33 años, conoció a Patricia por los talleres que impartía en el Centro Violeta, el módulo estatal de apoyo a las mujeres en Yucatán. «Dije: “Tengo que costurar mis hipiles. Me gusta mucho”».
Hoy el orden de su antigua economía se invirtió. Ya no sale a ofrecer: la buscan. «La gente ya me conoce y dice: “¿Tú sabes costurar? Hazme costuras”». Y ella, que antes aceptaba cualquier condición, ahora las pone: termina una pieza antes de comprometer la siguiente. Participa en los pedidos colectivos del taller —el más reciente, mantelería fina de lino bordada a mano para tiendas, una de ellas ubicada en el aeropuerto de Mérida, Yucatán — donde la entrega se paga completa y al momento. Si compara con la maquila, no duda: allá pasaba el día parada y ganaba mal. «En cambio la costura no. Te sientas y costuras».
Su meta con lo que gana es concreta. Vive con su suegra —a quien, de paso, ya le enseñó a bordar: lleva tres hipiles hechos. Pero Marta tiene un plan que espera conseguir con su trabajo: «Prefiero tener mi casita».

El bordado que duerme en los cenotes
La especialidad de Patricia no es cualquier bordado; se especializa en técnicas que identifica como bordado antiguo maya y cuyos vestigios, afirma, han sido encontrados en cenotes, cuevas y altares arqueológicos de la península. Todo se hace a mano; en su taller no entra la máquina de coser.
Las mujeres trabajan desde sus casas y se reúnen los lunes de 3 a 5 de la tarde. Patricia dice que así «no descuidan sus hogares». La flexibilidad les permite acomodar el bordado a las tareas de cuidado, aunque también significa producir en los espacios que deja el trabajo doméstico. Bordan ternos, el traje tradicional yucateco, y piezas con animales e insectos de la región. Cada pieza es única por diseño: «Les digo: “Aquí está su modelo, pero necesito que no lo hagan del mismo color y que no sea una réplica exacta. Quiero que le pongan su esencia”».
Y cada pieza lleva una etiqueta que es, en sí misma, una declaración de principios: el nombre de la artesana que la bordó, cuánto tiempo le llevó, la técnica que utilizó y su teléfono, por si el cliente quiere buscarla directamente. «Yo no voy a decir: “Yo la hice”. No», dice Patricia.
Marta Lorena describe lo que pasa del otro lado de esa etiqueta, cuando una bordadora ve su nombre en una pieza que viajará más lejos de lo que ella ha viajado: «Emoción», dice. «Nunca había llegado hasta allá».

La aritmética de un precio justo
En el mundo artesanal de Yucatán, el problema rara vez es el talento. Es el precio.
Patricia lo describe con precisión: artesanas que viven al día, que llevan dos semanas sin vender, y a las que un comprador les ofrece llevarse toda la producción por una fracción de su valor. «La persona se queda así y dice: “Híjole, ya en dos semanas no he ganado nada”, y lo da. ¿Por qué? Por necesidad».
Contra esa lógica, el taller enseña otra aritmética. Con asesoría gratuita, las bordadoras aprendieron a contabilizar hasta el hilo: cuánto cuesta el material, cuántas horas lleva la pieza y cuánto vale cada una de esas horas.
Patricia utiliza un cálculo para mostrarles cómo cambia el precio cuando se contabilizan materiales y tiempo. Según sus estimaciones, un terno de mediano costo requiere una inversión de unos 1,500 pesos en materiales, unos 75 dólares y entre seis meses y un año de trabajo de una sola persona. Bien terminada y bien colocada, en tienda o con un cliente directo, esa pieza puede venderse por alrededor de 20,000 pesos: unos mil dólares.
Patricia asegura que las artesanas reciben íntegramente el pago acordado por su trabajo. Cuando no tienen para invertir en tela e hilos, Patricia compra el material y ellas ponen el trabajo. Cuando llega un pedido urgente, diez blusas en un mes, un terno en tres meses, la red se reparte el bordado por secciones y las piezas se arman entre todas. «No voy a ganar todo el dinero yo, porque tengo que dividir entre todas las que trabajamos, pero el pedido sale y no lo pierdo».
El cambio más profundo, dice, fue mental. Cuando las alumnas vieron que sus piezas despertaban interés real y se pagaban a un precio justo, la pregunta llegó sola: «¿Por qué yo regalaba mi trabajo?».
La respuesta se volvió contagiosa: ahora son ellas quienes les dicen a otras bordadoras del pueblo que no malbaraten. En las ferias, el puesto del taller tiene un letrero que no negocia: «No al regateo».

¿Y dónde está el negocio de Patricia?
La pregunta obligada del periodismo de soluciones: ¿de qué vive este modelo? Patricia es transparente. El negocio tiene una lógica propia que Mexicana Emprende le ayudó a ordenar.
El emprendimiento todavía no constituye su principal sustento económico. Patricia explica que ella y su esposo cuentan con otras fuentes de ingreso, lo que le ha permitido invertir tiempo en desarrollar el proyecto sin depender exclusivamente de las ventas de bordados.
Sus ingresos provienen principalmente de actividades construidas alrededor de la red artesanal: talleres cobrados en Arizona, kits de bordado acompañados por clases mediante Zoom o WhatsApp y capacitaciones para grupos interesados en elaborar sus propios trajes tradicionales, como los dos ballets folclóricos de Arizona que ya acordaron talleres para bordar ellos mismos sus trajes yucatecos. También produce piezas propias y gestiona pedidos para tiendas y clientes.
En Yucatán montó, además, tres puntos de venta colectivos donde otras artesanas —jaboneras y meliponicultoras, quienes cultivan la miel de la abeja melipona, sin aguijón— colocan su producto sin pagar renta: si se vende, se les entrega el dinero.
Y hay un detalle que ninguna clase de mercadotecnia enseña mejor que la práctica: la visibilidad constante en redes, los reels, las historias y las entrevistas a las señoras del taller le dan credibilidad frente a las tiendas y los clientes. «Si yo voy y me presento, van a decir: “Yo a ella ni la conozco”. Pero el mostrar todo en las redes me da credibilidad para todo lo demás».
En Arizona, sus talleres tienen otro motor: la nostalgia. Quienes toman clases allá «no buscan vivir de eso, sino conectar con su raíz, con su México», dice Patricia, «sobre todo las personas que no pueden salir» del país por su estatus migratorio.

Los resultados y sus límites
Los datos difundidos por el Consulado permiten observar avances entre las emprendedoras evaluadas, pero no establecer todavía la permanencia de esos cambios a largo plazo. No especifican cuántas mujeres respondieron, qué generaciones fueron incluidas ni cómo se calcularon los incrementos en clientes, ventas y ganancias. Tampoco informa cuántos negocios continúan operando uno o dos años después.
El 56% de los negocios evaluados tenía entre cero y cuatro años de antigüedad. El dato no invalida los resultados, pero indica que buena parte de las empresas se encuentra todavía en una etapa temprana.
El programa enfrenta también límites operativos. Su financiamiento depende principalmente del torneo anual de golf, y su reproducción en otros consulados no es automática: cada sede necesita personal, recursos y organizaciones aliadas. En Arizona se ofrece en Phoenix, Tucson y Nogales. Durante el proceso de admisión también se pierden posibles participantes: algunas no envían la carta de motivos y otras no se presentan a la entrevista por Zoom.
El contexto político también pesa. Martínez Briseño reconoce que el clima antiinmigrante y las deportaciones han generado «una especie de previsión, de cuidado» entre las emprendedoras, aunque asegura que «han seguido activas» y que, para muchas, se ha convertido en un incentivo para regularizar todo lo que puedan regularizar dentro de sus negocios.

En el caso de Patricia, el proyecto enfrenta los límites propios de la producción artesanal. La página web sigue pendiente, cada pieza requiere semanas o meses de trabajo y el traslado de productos depende todavía de sus viajes entre Yucatán y Arizona. Su experiencia tampoco puede atribuirse exclusivamente a la capacitación consular. Patricia combinó lo aprendido en Mexicana Emprende con financiamiento municipal, asesoría del Instituto Yucateco de Emprendedores, conocimientos previos de bordado, otras fuentes de ingreso y la posibilidad de moverse entre ambos países. Son condiciones que no necesariamente comparten todas las egresadas.
Los casos de Fátima y Patricia muestran dos formas de aplicar las herramientas del programa: una actividad informal que se registra como empresa y un proyecto que se convierte en una red de producción comunitaria. Los datos disponibles todavía no permiten saber con qué frecuencia se repiten esas transformaciones, pero sí muestran qué mecanismos pueden hacerlas posibles.
Pero la prueba más honesta del modelo está en cómo Patricia misma lo mide. No por lo que pasa cuando ella está, sino por lo que pasa cuando no está: «Si yo no estoy, ellas pueden seguir sabiendo cuánto van a cobrar por su pieza, dónde ir a comprar el material, cómo unirse para decir: “Yo hoy voy a la ciudad, ¿a quién se le ofrece que le traiga?”». Una va a la ciudad, a hora y cuarto de camino, cuando hay transporte, compra lo que las demás necesitan, y la cadena sigue.
La comunidad también habla su propia lengua. En el taller, donde varias de las mujeres mayores no dominan el español, Marta Lorena traduce las puntadas al maya para que nadie quede fuera de la clase. A quienes no saben leer, las instrucciones del chat de WhatsApp les llegan en audio.
«Se han hecho comunidad», dice Patricia. El hilo pasa de unas manos a otras. Lo que ya no pasa de mano en mano es el derecho a ponerle precio a su trabajo.



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