Golazos sin frontera

Llegó con un sombrero vaquero y unos pantalones gruesos de mezclilla, como si se preparara para trabajar en el campo. En su cabeza, un sombrero original apenas cubría un paliacate de la bandera tricolor: rojo, blanco y verde. En la espalda llevaba la verde del 2026; al frente, un parche de Estados Unidos junto al escudo de México.
Hacía un calor infernal. Su tez morena se colaba entre los muchos anglosajones que se habían dado cita en un centro comercial al aire libre para apoyar a su selección en el primer partido contra Paraguay. Quizá su exterior desentonaba con esa marea blanca, pero por dentro era más gringo que los gringos. Esa era su frescura.
“USA, USA, USA”, entonaba con un inglés perfecto. De español, nada. Pero, aun así, ese joven que no pasaba de los 30 años portaba con orgullo esa binacionalidad que representa tan bien a Arizona: raíces mexicanas, acta de nacimiento estadounidense y una biculturalidad que solo se entiende viviendo la frontera.
El Mundial es también un punto de encuentro; un espacio para celebrar esas intersecciones de identidad que en la vida diaria suelen ser utilizadas por la política como armas. Por eso fue tan significativo que un migrante, un colombiano‑mexicano, fuera el primero en anotar en esta Copa, o que el primer triunfo de Estados Unidos se deba en gran parte al hijo de unos migrantes que pudo haber representado a tres selecciones y escogió a esta. Este deporte demuestra que lo más puro que hay en la raza humana es el mestizaje. También el derecho de cambiar de canchas, portar varias camisetas y elegir el equipo antes de los penales.

A pesar de las muchas controversias, este torneo mundial que hoy se celebra en tres países y muchas canchas pone la lupa en lo que nos une y en las brechas que un balón puede cerrar cuando se le pone corazón.
Quizá este Mundial también le ayude a este país a sanar. Estados Unidos ha aprendido a abrazar un deporte que no se le daba natural. Y quienes vivimos en la frontera tampoco lo acariciábamos como nuestro.
En el norte de México crecimos jugando béisbol y viendo partidos de futbol americano en la televisión; el futbol era algo que se jugaba como cascaritas en los barrios y milpas. En Sonora eran contados los que se ponían las camisetas del América, las Chivas, los Pumas o el Necaxa. No existía esa euforia futbolera como en el centro y sur de México, quizá por la cercanía con la frontera y por la falta de un equipo de primera división que encendiera las pasiones.
En Arizona, lo mismo. Ahora ya tenemos equipo, el Phoenix Rising, pero por muchos años fue algo “nice to have” y no un clamor de la afición. Aún sigue siendo más fuerte la simpatía por los Diamondbacks o los Cardenales, pero poco a poco se le abre cancha a la portería y al emocionante grito de “goooooooooooooool”. En los parques de barrio ya no solo vuelan pelotas de beis; cada vez hay más niños y niñas pateando balones. Quizá un día lleguemos a la primera división.
No hace falta romantizarlo. Lo que pasa en estas canchas es simple y, a la vez, incómodo para quien insiste en fronteras limpias: las selecciones nacionales se sostienen en pies migrantes, en pasaportes dobles, en jugadores que pudieron haber vestido otros colores. El Mundial que comparten Canadá, México y Estados Unidos exhibe esa contradicción en cada himno: estados que discuten quién pertenece, mientras celebran goles hechos posible por quienes cruzaron.

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