América nació libre, el hombre la dividió… y no se cansa de dividirla

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Arte: Daniel Robles

Comienzo a escribir mi columna inspirándome con una canción de un “CD” que me gusta mucho (tanto, que el que tuve quedó inutilizado, ¡me lo acabé!). Se llama Somos más americanos, la versión que me gusta es la del MTV Unplugged de Los Tigres del Norte con Zack de la Rocha, presentado en 2011.

El tema escrito por Enrique Valencia inicia así: Ya me gritaron mil veces, que me regrese a mi tierra, porque aquí no quepo yo. Y es en este momento cuando comienzan a surgir en mi memoria las historias que he escuchado toda mi vida, de personas, hombres y mujeres que entran y salen de Estados Unidos, y que regresan (para los dos lados) en la búsqueda de una mejor vida. ¿Cuántas veces hemos escuchado o leído esa frase? Buscar una mejor vida…


Café

Este texto no podría tener otro tema, si es del que millones de personas hablan, que les preocupa, que temen, del que los persigue ‘el tic tac’ de una cuenta regresiva, una sombra, una tormenta que amenaza con caer sobre ellos con todos sus rayos.

No es mi situación, pero sé que genera dolor y trunca los sueños de muchos que han salido de su patria, que han hecho una maleta y se han enfrentado a infinidad de riesgos para llegar a buscar el famoso sueño americano.

Arte: Daniel Robles

Hasta el 20 de enero de 2025, se estimaba que en Estados Unidos hay -o había- 45 millones de inmigrantes, 20 millones como indocumentados; ya son menos. Cuando se habla de deportaciones pienso en Ángel, en Adrián, en Jorge y Carlos, en Mónica y en Lupita. Ellos son los indocumentados que he conocido a través de los años.

Cactus

Ángel nació con una discapacidad y sus padres emigraron para buscar una atención médica que mejorara su calidad de vida; lo atendían en los hospitales Shriners y un día, regresaron a México deportados. Uno de sus vecinos los denunció. ¿Qué hacían? Buscaban una mejor vida. No pasaron muchos años para que Ángel muriera en su país, donde no pudo tener la misma atención médica.

Adrián tenía el sueño de dar una mejor vida a su esposa e hijos. Platicando alguna vez con él me dijo que de El Sásabe a Florida hizo ocho días en llegar. Corriendo en el desierto de Arizona, y después cruzando el país en distintos carros, por medio de polleros a quienes dio todos sus ahorros para trabajar en el campo y en la construcción. Lo deportaron por Tamaulipas con lo que traía puesto. Regresó peor que como se fue, ¿qué hacía? Trabajaba.

Jorge y Carlos eran dos jóvenes que querían hacer compras en Nogales. Jorge tenía visa, Carlos no; eran jornaleros que ahorraban para comprar “ropa americana”, ¿cómo le hacían? Jorge ingresaba con su visa y Carlos “por el hoyo”. Esa historia la escuchaba cuando era niña, me hubiera gustado ver fotos de esos cruces. Quizás, porque ellos los han platicado como una aventura.

Fueron varias veces, según lo que escuché. Sólo una vez pasó que a Carlos lo detuvieron y junto a otras personas arrestadas por el mismo motivo, los ‘pasearon’ en un carrito por las calles de Nogales. Jorge lo veía desde la banqueta de las tiendas en donde hacía sus compras antes de regresar a Sonora, y esperar a su amigo en una plaza, cuando “la migra que lo agarró” (como cantaba Vicente Fernández en Los Mandados), lo echara para México.

Mónica y Lupita también platicaban que ‘cruzaban por el hoyo’; reitero, no sé cómo era eso, a mi ya me tocó ver el cerco, el muro, y cruzar legal. Mónica iba a Tucson a trabajar tres días para mantener a sus cinco hijos, y Lupita cruzaba para conocer las ciudades que le platicaba su primo, quien era nacido en Estados Unidos y la llevaba a recorrer.


Opinión

Curiosamente, ambas, la última vez que entraron a ese país lo hicieron con visa. Una de ellas murió allá, “viejita y retirada”, como era su deseo.  La otra mujer, la más joven, ya es ciudadana y tiene hijos que en otro tiempo pudieron asegurarle su estancia allá. Quién sabe ahora. Ahora que “las reglas cambian”, como decía el lema del reality show Big Brother.

Jorge y Carlos cuentan la historia del carrito que los separaba cada vez que viajan a Estados Unidos. Ya son abuelos y siguen yendo a ‘ajuarearse’ con mercancía americana, pasando por los lugares de las tiendas que ya no existen, cuando las leyes -tal vez- eran más laxas, o su suerte era grande.

Por distintos motivos, todos buscaban algo mejor y emprendieron el viaje por la promesa que se ha desprendido siempre de Estados Unidos; por eso hay quienes intentan una y otra vez estar allá, pese al trabajo y al sacrificio, a las limitaciones, a andar cuidándose en todo momento de no ser sancionados, enjuiciados, expulsados en su intento -siempre- de prosperar. O de vivir, literalmente, como era el caso de Ángel.

¿Cuántas historias o experiencias de deportaciones sabes? ¿Cuántas personas indocumentadas has conocido y cómo las has ayudado en una situación de riesgo? En este momento no se pide que las ocultes, que te expongas, sólo que las apoyes a mantener la calma; no los denuncies, no los persigas, no difundas noticias falsas, imágenes que no estén confirmadas. Sé humano, sé empático. Suma.


Te comparto el tema con el que inicié mi texto

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Arte: Daniel Robles

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Autor(a)

Judith León es reportera y editora originaria de Hermosillo, Sonora, México .
Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Sonora y está diplomada en Periodismo Digital por el Instituto Tecnológico de Hermosillo y por la Universidad Kino.
Forma parte del equipo ganador del Premio Nacional de Periodismo 2014 en la categoría de Cobertura Noticiosa.
Escribe narrativa, tiene obra publicada en varias compilaciones y es coautora del libro De ladrillo, concreto y asfalto, del Colegio de Ingenieros Civiles de Sonora.