Pensar en voz alta

Arte: Daniel Robles.

A mí no me enseñaron que “calladita me veo más bonita”; al contrario, en mi casa siempre me retaban a defender mis ideas, incluso cuando iban en contra de un machismo heredado que la viudez de mi madre nos enseñó a cuestionar. Debatir era un ejercicio diario, a veces hasta el enfado. Mi mamá me obligaba a refutar las ideas y no a las personas y, en mi inmadurez, yo solo podría pensar “no todo es una lección”, la misma cantaleta que ahora me repiten mis hijos cuando intento educarlos. Me estoy convirtiendo en mi madre.

Quizá el mejor aprendizaje fue estar en desacuerdo con aquellos a los que amo; ellos -todavía- esperan que uno crea ciegamente y quiera incondicionalmente. Suponen que la sangre y el cariño nos ponen del mismo lado de la discusión, cuando la verdad nos deja en las orillas contrarias del río. Así que es mucho más revelador debatir a través de sus ojos y los míos, mientras la sociedad nos reta. No siempre coincidimos, pero la mayor parte del tiempo nos respetamos y, si tenemos suerte, nos entendemos.

Por eso hay momentos en los que me cuesta más el silencio.

Decidí dedicarme a algo en lo que mi opinión no es pedida ni bienvenida. Al contrario, se premia la neutralidad de digerir sin tragar ni escupir. Solo en esta columna me permito ser y desenmarañar los hilos de la cabeza para darle sentido a los muchos mundos que se estrellan en el mío. Pero cada vez pienso menos en voz alta, aunque los pensamientos me aturdan. No es cuestión de ideología, sino de confianza. Es reinterpretar lo que no se dice cuando la polarización vocifera.

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Este clima político nos ha alcanzado y comienza a devorarnos. Hay que cuidar tanto las palabras como los sentimientos; hay que fajarse una coraza que proteja lo que pensamos y los subtítulos que se nos salen a través de miradas y gestos.

Quizá cuanto más nos acercamos a la verdad, más se ensancha la brecha con lo que queríamos creer o a quien creímos querer. Es un juego de palabras que tiene reglas muy jodidas y complicadas. Porque la razón es muy solitaria y el error, por su parte, también es desolador.

¿Cómo pueden las relaciones cambiar tanto en tan poco tiempo? Con quienes éramos, ya no podemos ser; a quien hablábamos, ya no escucha; a quien oíamos, ya no se pronuncia. Nos atragantamos. Nuestros debates se han convertido en monólogos y la fatiga nos ha vuelto apáticos.

¿Cuál es el antídoto para la indiferencia?

Tal vez no sea volver a pensar en voz alta con todos, sino atrevernos a no anestesiar lo que sentimos. Recuperar la incomodidad de la duda, la ternura del desacuerdo y la honestidad de decir “ya no nos entendemos, pero igual me importas”. Tal vez la única forma de no volvernos indiferentes sea recordar que el silencio también es una decisión, y que todavía estamos a tiempo de elegir otra.

Quizá el antídoto para la indiferencia sea pequeño y tozudo: una conversación incómoda o una pregunta hecha sin ganas de ganar la discusión. Volver a pensar en voz alta con quienes aún nos duelen, aunque no nos creamos, aunque no nos aplaudan. Porque mientras quede alguien con quien arriesgar la palabra, la brecha no estará del todo perdida.

A lo mejor no hay antídoto perfecto para la indiferencia. Lo que sí hay es responsabilidad: decidir si nos quedamos a salvo detrás de la coraza o si nos exponemos otra vez al rechazo, a la rabia, a la desilusión. Pensar en voz alta siempre ha tenido un costo; lo verdaderamente peligroso es acostumbrarnos a que ya no valga la pena pagarlo.

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Plumas invitadas de Conecta Arizona

Autor(a)

Maritza L. Félix es una galardonada periodista independiente, productora y escritora en Arizona. Es la fundadora de Conecta Arizona, un servicio de noticias en español que conecta a las personas en Arizona y Sonora principalmente a través de WhatsApp y las redes sociales. Es la creadora de Cruzando Líneas, un podcast de nuevas narrativas fronterizas. Es coproductora y copresentadora de Comadres al Aire.

En 2022, Maritza fue nombrada como la Innovadora del Año por Local Media Association y recibió el premio 2022 Cecilia Vaisman como la mejor periodista multimedia hispana por parte de la Universidad Northwestern y NAHJ.

 Es becaria senior del programa de JSK Community Impact Fellowship de Stanford y graduada del programa de liderazgo e innovación en periodismo Executive Program in News Innovation and Leadership in Journalism de Craig Newmark Graduate School of Journalism en CUNY. Además es becaria de The Carter Center, la Asociación de Escritores de Educación (EWA), Feet in 2 Worlds (Fi2w), “Adelante” de IWMF y de Listening Post Collective; forma parte de las 50 Mujeres que pueden cambiar el mundo del periodismo 2020 de Take The Lead. Félix ha sido nombrada en dos ocasiones como “La mejor periodista en español de Arizona” y como una de las “40 personalidades hispanas menores de 40 años en Arizona”.