Entre duelos no vividos y estigmatización, buscan a sus seres queridos

Arte: Daniel Robles

➡️ Roberto López Espinoza / Plumas Invitadas

El 30 de agosto se conmemoró el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, práctica sistemática que actúa como dispositivo de miedo al no solo afectar a las personas desaparecidas; infunde terror, desesperanza y vulneración de los derechos humanos de sus familias.

La desaparición forzada no es un fenómeno nuevo. En el contexto de dictaduras en América Latina y la lucha contra las guerrillas se encuentran los casos de Chile, Argentina, Colombia y El Salvador.

En México, durante el periodo de la guerra sucia (1965-1990) significó la aplicación de medidas políticas y militares para eliminar grupos guerrilleros, colectivos de estudiantes, sindicalistas, periodistas críticos al régimen y oposición política que para el gobierno federal buscaban desestabilizar al Estado mexicano.

La guerra contra el narco, iniciada por el expresidente Felipe de Jesús Calderón Hinojosa (2006-2012), demostró que las viejas tácticas de terror del anterior régimen presidencial no desaparecieron aún y con la conformación de comisiones especiales para atender las desapariciones, muertes y violaciones a derechos humanos durante la guerra sucia.

La desaparición forzada dejó de ser un dispositivo de miedo utilizada por agentes del Estado, fue adoptada por las diversas organizaciones criminales asentadas en el país. Entendieron que el uso extremo de la violencia es parte fundamental del engranaje político y económico que mantiene al tráfico de drogas, de personas, de armas, redes de trata, al narcomenudeo, lavado de dinero, secuestro o la extorsión como negocio rentable.

La lógica de la crueldad con la que la desaparición forzada se ejerce no se limita a una relación víctimas-victimarios, en la que se agregan las personas que, sin participar dentro de estas actividades delictivas, se han convertido en víctimas colaterales, que agrava más el tejido social y socava proyectos de vida de las familias que, en la búsqueda de sus esposos, esposas, hijas, hijos, se estacionan en duelos no vividos y estigmatización social.


“Haiga hecho lo que haiga hecho es mi hijo y lo voy a seguir buscando”

Hace seis años que Lidia busca a su hijo Jorge Hernández, él desapareció en Nogales el 4 de noviembre del año 2019, era el menor de sus hijos, el más apegado a ella a quien le preparaba los alimentos que le pedía. El dolor de su ausencia se agudiza con los recuerdos de las vivencias con Jorge; sin embargo, pide fuerzas a Dios para continuar su búsqueda.

“Es muy triste recordar que hay un desaparecido en las familias que vemos aquí. Madres, hermanas, hijas, es muy doloroso saber que estamos en esta lucha, pero no nos vamos a rendir, yo en mi caso hasta encontrar a mi hijo amado”.

Sobre su desaparición dice que no hay seguridad sobre lo que sucedió, hay varias versiones de los hechos y supuestas actividades que él realizaba. Para Lidia lo que se hable de su hijo no demerita que tanto Jorge como su familia sean víctimas de la violencia.

“Era mi hijo más pequeño, y como sea, haiga hecho lo que haiga hecho, haiga andado como haiga andado, él es mi hijo y yo lo voy a seguir buscando. Somos víctimas indirectas porque hay una desaparición forzada en cada una de las familias, y en mi caso ha sido muy duro para mí, mis días ya no son iguales”.


Luchar por la memoria, luchar contra el estigma

Para Lidia la vida ha perdido sentido; los días festivos, las reuniones familiares dejaron de tener el significado que tenían cuando Jorge la acompañaba. No obstante, se ha enfocado en su búsqueda, en mantener en la memoria los momentos vividos que aún y con la tristeza que la envuelve lo lleva en su mente y corazón.

El sufrimiento no solo es de ella, también es el de sus cuatro hijos que viven la desaparición de Jorge y el duelo del fallecimiento de su esposo hace cuatro años. Las ausencias han cambiado totalmente a la familia.

“Ya no es igual cada día, ya no son los cumpleaños de nadie igual, las navidades, los días festivos ya no son iguales. Siempre que se habla de él hay tristeza en todos, en mis hijos, en mí, y pues también en la demás familia, pero ya no es igual, ya está quebrada la manera emocional, en dolor, en tristeza de no saber dónde está mi hijo”.

Al duelo no vivido por la ausencia de Jorge se suma la estigmatización que viven de parte de la sociedad, se les culpa como padres, se les cuestiona qué andaría haciendo su hijo. Son personas revictimizadas por las autoridades que, a su vez, muestran apatía hacia sus exigencias de búsqueda, localización y justicia.

“La sociedad, hasta ahorita, piensa que a lo mejor somos culpables como padres, sean culpables o inocentes tienen derecho de ser buscados y, pues, la autoridad ni se diga. Apática”


Madres Buscadoras de Sonora. Foto: Roberto López Espinoza

Lidia menciona que la instancia que les ha apoyado es la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas del Estado de Sonora y la Comisión Estatal de Búsqueda, donde -principalmente- ha sido atendida su salud mental, pues, desde la desaparición de Jorge, ha tenido fuertes crisis emocionales que han mermado su salud.

De igual manera, con integrantes de colectivos de búsqueda es con quienes principalmente ha tejido redes de apoyo, quienes -en conjunto- deben luchar para que haya apoyo institucional debido a que las madres buscadoras son quienes, en la mayoría de los casos, disponen de recursos económicos propios para la búsqueda de sus familiares.

“Tenemos que luchar para que haiga eso, ¿por qué? Porque nosotros generamos de nuestras bolsas y todo eso en búsquedas, genera economía, o sea, todo se gasta, todo se gasta físico, mental y económico, pero sí hemos tenido apoyo, quizás a lo mejor no al 100, pero podríamos decir que sí nos apoya esta Comisión de Búsqueda. Gracias a nuestra voz se ha abierto esta atención a víctimas de desapariciones forzadas”.


El autor es comunicólogo, maestro y doctorante en Ciencias Sociales por el Posgrado Integral en Ciencias Sociales de la Universidad de Sonora, donde ha realizado investigación sobre jóvenes y familias en contextos de violencia criminal en Sonora. Contacto: roberto.lopez.espinoza.02@gmail.com


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