Feliz Día del Padre

➡️ Por Lina Cossich Godoy / Plumas Invitadas
Era una mañana de viernes soleada del sexto mes de 1977, a mitad de la temporada lluviosa en Panamá: temperatura promedio 32°C y humedad alrededor de 75%. Pequeños charcos de agua en el piso reflejaban la agilidad de mis compañeritos jugando al escondite, a la rayuela o a las palmas. Olía a sol, a polvo, a corrinche (diversión), a empanada y a soda… inconfundible olor a recreo.
Luego de reír, saltar y correr por todo el patio interno del colegio, sonó el timbre. Algunos, mojados por la llovizna y otros bañados en sudor, nos pusimos en línea para regresar al salón de clases.
En una habitación de unos 25 metros de ancho por 20 de largo, nos encontrábamos ya sentados 52 inquietos estudiantes de primaria: un mar de chiquillos todavía riendo intranquilos por el descanso de media mañana. Éramos una de las promociones más numerosas que recibía el colegio ese año. Dos jóvenes maestras se dividían las materias de primer grado.
La señorita Mirta, encargada de matemáticas y ciencias naturales, de cabello corto, negro y con lentes gruesos de gran tamaño que la hacían ver más estricta con cada travesura cometida dentro del aula. La señorita Idalia, también con cabello corto, pero rubio. Ella era dulce y paciente con todos por igual, siempre con una sonrisa en el rostro. Nos enseñó ciencias sociales, a leer y a escribir.

Tres grandes ventanas de celosía a medio abrir, de aluminio gris, se sumaban a los dos viejos abanicos de techo que giraban a todo dar, tratando de disminuir el calor. Las ruidosas y lentas aspas no ayudaban a sofocar la humedad de esa habitación. Vueltas y vueltas y nada que refrescaba. El vapor sofocaba, el ambiente se sentía pesado.
En esa época yo aprendía con facilidad: todo lo que veía y escuchaba lo absorbía rápidamente. Lo que las maestras decían era una orden. Yo era como un soldadito que con cada instrucción sólo tenía ojos para ellas. Me iba bien en clases, siempre pendiente de mis calificaciones, me gustaba estudiar, que me preguntaran y responder correctamente. Hubiese amado estar sentada en la primera fila, pero, por mi estatura, me tocaba sentarme al final.
Mis compañeritos y yo sabíamos que ya casi terminábamos esa semana de clases (el último día salíamos dos horas más temprano). Sólo debíamos terminar de colorear una hoja que nos habían entregado: una copia mimeografiada con el dibujo de un señor, unos corazones y unas palabras con letras que aún no podía leer. Reconocía las vocales y algunas consonantes, pero no terminaba de entender la oración.
Impacientemente, igual que con cada ejercicio, esperaba me llamaran para entregar la tarea y recibir mi evaluación. Las dos maestras se repartieron el trabajo para finalizar más rápido. A la señorita Idalia le tocó calificar mi fila: Emma, William, Irma, Katia, Tatiana, Javier…finalmente, mi nombre: Lina. Me apresuré para llegar al pupitre y entregar la hoja. Recuerdo que la maestra la inspeccionó brevemente, puso un gancho en la lista de alumnos y selló con una carita feliz el dorso de mi mano derecha. Sonreí triunfante.
Por último, dobló delicadamente la hoja por la mitad, pegó una estrellita dorada en la parte superior derecha de la hoja y me dijo: Muy buen trabajo, Lina. Te quedó muy bonita la tarjeta. Bien, este domingo se la entregas a tu papá, lo abrazas y le dices ¡Feliz Día del Padre!, exclamó sonriendo. Entrecerré los ojos pues no entendí esa indicación: debía darle la hoja a mi papá.

¿Papá? Con el pecho oprimido, quedé totalmente en blanco. Sonó nuevamente el timbre y todos los niños del salón gritaron y salieron corriendo rumbo a la salida. Yo me quedé de pie, mirando al vacío tratando de visualizar las palabras de la maestra. Recogí mi mochila, la lonchera y crucé la calle donde me esperaba mi abuelo Samuel para irnos a casa.
En mi cabeza seguía repitiendo las palabras sin entender, continuaba retraída y triste. Recuerdo haber sido parca al contestar el interrogatorio habitual de mi abuelo: ¿Te comiste toda tu lonchera? ¿Te dejaron mucha tarea?
Partimos de la calle K, transitamos por la Avenida Nacional y yo aún en silencio. Pasamos por la Carretera Transístmica y 20 minutos después llegamos a nuestra casa. Mientras almorzábamos, fue mi abuela Zaida quien retomó el cuestionario: ¿Cómo te fue hoy en la escuela? ¿Qué fue lo que más te gustó?”
En mi cabeza yo seguía analizando ese papel lleno de colores y escarcha; toda la tarde me quedé viendo esa hoja que con sólo un doblez fue transformada en tarjeta de felicitaciones. Yo tenía una abuela, un abuelo, una mamá, una hermana menor, un tío, una tía, tres primos, varias tías abuelas y hasta una prima segunda. Comprendía que mi tío era el papá de mis primos, que mi abuelo era el papá de mi mamá… pero yo, yo no tenía papá.
Hasta ese momento no me había preguntado ¿quién era mi papá? Y no me había percatado… ¿cómo era posible que en los casi siete años de toda mi vida nunca escuché esa palabra en mi casa?

Luego de cenar, saqué la tarjeta y se la entregué a mis abuelos. Corrí y me lancé boca abajo en la cama de mi abuelo. Agotada, cedí y empecé a llorar sin control. Recuerdo que llegué a sentir frío. Con los ojitos irritados y rojos inconsolablemente repetía: “¡Yo no tengo papá! ¡Yo no tengo papá!”
Recuerdo a mis abuelos leyendo la tarjeta: él trataba de consolarme masajeando mi espalda con pequeñas palmaditas sin decir nada. Mi abuela, molesta, se dirigió a la sala y llamó por teléfono. Yo, ya sin lágrimas, sólo alcancé a suspirar. No logré escucharla, pero al terminar la conversación, regresó al cuarto y se dirigió a mi abuelo: La semana que viene comienzan las vacaciones de medio año. Giró su cuerpo y enfocó su atención en mí. Respiró profundo y dijo: Y sepa que usted ¡sí tiene papá! La próxima semana nos vamos de viaje… a Guatemala.
En ese momento no comprendí la sentencia de mi abuela: se iniciaba una aventura que me llevaría a conocer a mi papá; y también a mis hermanos y hermanas por parte de padre. Once chapines, mayores y menores que yo… con sus propias historias y enredos.
Estos episodios tristes o felices -complicados mayormente- fueron parte de las relaciones que se empezaron a tejer alrededor mío. Viajes y sucesos que afortunadamente me ayudaron a crecer, entrenarme para la vida… a ser la persona que soy hoy en día.

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