Los muchos muros de Trump

La salida de Kristi Noem del Departamento de Seguridad Nacional no le pone fin a la persecución migratoria en Estados Unidos. Todos los días hay arrestos y operativos en diferentes partes del país. Lo que antes se vivía solo en la frontera se ha replicado en rincones en los que era inimaginable ver a la Patrulla Fronteriza. Y, aunque cambien los nombres en Washington, esto apenas empieza. Trump sigue construyendo todo tipo de muros.
Hoy los agentes de inmigración y aduanas, mejor conocidos como ICE (o el “hielo”, como le dicen en los grupos informales), están hasta en los aeropuertos. Llegaron para apoyar las labores de TSA, que se vieron mermadas con el cierre parcial temporal del gobierno. Pero ya metieron un pie y es difícil que den un paso atrás. Ya no hay –ni por tierra ni por aire o mar– un lugar santuario para los migrantes. Todo es una cacería al aire libre. Y mientras los oficiales se despliegan por las calles y los aeropuertos, las ciudades se preparan para construir las jaulas.
En Arizona, en la ciudad de Surprise, muy cerca de Phoenix, se aprobó la instalación de un centro de detención migratorio que podría albergar a centenares de personas a partir de septiembre. En Marana, al sur del estado, hay planes de instalar otro más. Estos serían, según las autoridades municipales, “lugares de paso”, con estancias de 3 a 7 días, y no una detención prolongada como las que se registran en Eloy.

Pero lo que antes era temporal se ha hecho permanente; lo increíble, ahora es real. Lo que nos vendieron como puente se está quedando como muro. Y el sentido común es tan diferente para cada uno de nosotros.
Son centros que, sobre el papel, suenan técnicos y temporales; en la práctica, terminan siendo bodegas donde se acumulan historias rotas. Cada cama que se instala es una persona que va a dormir sin saber si al día siguiente seguirá en el mismo país que sus hijos. Cada cámara de seguridad nueva es otra señal de que alguien decidió que el negocio de encerrar cuerpos vale más que cualquier otra inversión. Son cárceles disfrazadas.
La narrativa oficial insiste en que todo esto es “orden” y “seguridad”. Se habla de capacidad, flujo, logística. Se mide en camas, en contratos, en porcentajes de ocupación. Pero casi nunca se nombra lo esencial: las políticas obsoletas y un sistema amañado. Esta “infraestructura migratoria” se levanta en ciudades que tal vez no se ven a sí mismas como fronterizas, pero ya lo son. Surprise, Marana, los suburbios de Phoenix: todos se han convertido en extensiones del muro, en engranes de una máquina que no deja de girar.
Nada de esto cambia sin Noem o con el “retiro anticipado” del polémico Bovino. Es, en realidad, la continuación de una visión migratoria endurecida bajo el gobierno de Trump que se consolida con el paso de los años. Los puertos de entrada son el primer muro, pero los centros de detención son la siguiente barrera, y la vigilancia en los aeropuertos es la línea que cierra el círculo. Estos son los muchos muros de Trump.

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