“Mi hija tenía piedras en el riñón”: el testimonio de Blanca

Arte: Daniel Robles.

➡️ Por Sylvia Arana Cruz / Plumas Invitadas

Contar historias, narrar lo que la gente ha vivido, se ha vuelto mi motivo para seguir escribiendo. Hace poco hablé con Blanca, una madre que tuvo el infortunio de ver morir a su hija en cuestión de días por una negligencia médica. “Después de once años, el dolor no pasa”, me dijo mirando hacia el cielo. 

No es una vida normal. No es normal para ella. Sentadas en la banca metálica azul de un parque, mientras escuchábamos el bullicio de niños y adultos alrededor, este es su testimonio.

“Nadie me entendió en aquel tiempo, creían que estaba loca. Todos pensaban que ya debía dejar descansar a mi hija. Todos creían. Todos pensaban. Todos decían. No se imaginaban cómo ese dolor que sentía me aniquilaba. Cómo ese dolor me apagó la vida desde el día en que mi hija dejó de existir.

Después de varios días de ir y venir, y de tratar sin éxito de que atendieran a mi hija debidamente en una clínica de Nogales, el doctor en turno me dijo que debía llevarla a un hospital de Hermosillo.

Lo único que me dijo fue: Su hija está muy grave, hay que transportarla para allá, para que le practiquen una cirugía.

Mi hija traía piedras en el riñón (cálculos renales) y los médicos no se percataron de que las piedras viajaron a la uretra. Traía fiebre, mucho dolor pélvico. Yo se los dije a los doctores varias veces. No me hicieron caso. Se rieron de mí. No la examinaron como debían y, no conformes, me dijeron que no tenían ambulancia para llevarla al otro hospital fuera de la ciudad. Tuve que rentar una particular que fuera equipada con oxígeno para transportarla tres o cuatro horas al sur del estado de Sonora”.

Arte: Daniel Robles.

Blanca guardó silencio por un momento. Volteaba alrededor mientras silenciosas lágrimas corrían por sus mejillas. Sus ojos destellaban tristeza. El viento seguía jugando con las hojas de los árboles y con su cabello. De repente, el mismo viento nos traía un fétido aroma de la alcantarilla que estaba muy cerca de nosotras. El cálido clima nos empezó a molestar, pero seguimos conversando esto que por estos años ha callado. Silencios que nadie ha logrado comprender ni escuchar en su total valor.

¡Amá, acuéstate conmigo!, dijo mi hija. Me acerqué a su oído y le pregunté: ¿me das un beso? Mi hija nunca me daba besos, pero ese día me dio uno tan cálido, imposible de olvidar. ¿Me perdonas?, le pregunté. Sí, pero por qué, me dijo viéndome a los ojos. No le contesté nada. Solamente la abracé.

De repente, el médico de urgencias entró al área donde una cortina corrediza cubría la vieja cama de hospital y me dijo: Despídase de su hija, está muy grave. En ese momento, con eso de la despedida, entendí que la llevarían a hacer estudios o radiografías. Antes de salir le dije a mi hija:

Te voy a contar un chisme. Ahorita no, cuando regreses. Y le guiñé un ojo.

Me sacaron de la pequeña área donde ella estaba. Pasaron horas y horas. Pregunté al personal médico qué pasaba, qué tanto le hacían a mi hija. Nadie me dijo nada. Llegó la noche y me quedé dormida en el piso.

Al despertar, un médico me dijo Su hija está muy grave. Y cuando me llevó a la habitación, ¿cuál fue mi sorpresa? La encontré intubada, y el doctor, frente a ella, diciéndome que apenas tenía unas pocas horas de vida.

¡Noooooooo!, grité y salí corriendo hacia la calle, llorando. Varias personas, amigos y familiares, que me acompañaron desde Nogales, estaban esperando afuera. Se sorprendieron al verme salir en ese estado. Me siguieron, pero cuando me senté en una banca, les dije¡déjenme sola!

Después de tranquilizarme, regresé con mi hija de nuevo. ¿Qué pasó?, le pregunté a una doctora.

Tu hija está muy enferma. Siéntate, vamos a platicar. Me explicó, paso por paso, las cosas. ¿Nos permites hacerle la autopsia? ¡No! Mi hija no está muerta, no se va a morir. Mírela, ella está calientita, tiene sus ojos abiertos. La doctora preguntó de nuevo: ¿Me dejas hacerle la autopsia? Espérese tres días, ella se va a levantar. ¡Ella va a vivir!, le dije, convencida.

Sentada a un lado de su cama, empecé a escuchar a la doctora. Las palabras iban y venían. El rostro de la doctora se distorsionaba ante mi mirada. Y empecé a sentir que flotaba. Que irremediablemente me quedaba dormida. Y lo que se dormía en realidad, en ese momento, era mi vida, junto a la de ella.

Me pidieron que le comprara ropa y, sin pensar en nada, ni siquiera asimilar lo que hacía, a la mañana siguiente busqué una tienda por departamentos cerca del hospital y se la compré. Al regresar al hospital y preguntar por ella, llegó de nuevo la doctora con la que había tenido la conversación la noche anterior. Ya tenemos lista a su hija, me dijo. Necesitamos que identifique el cuerpo.

Caminé detrás de ellos sin pensar. Sin asimilar por completo sus palabras. Me llevaron a la morgue. El frío lugar causó un escalofrío enorme en mi cuerpo. Lentamente, me acercaron a la mesa. Su cuerpo estaba ahí, acostado, cubierto con una sábana blanca.

¡Nooooo!, ¡hija, levántate!

Su torso estaba abierto. Mi hija ya no hablaba. No supe de mí hasta que estaba en la funeraria. Sus amigas llegaron al hospital desde Nogales para maquillarla, le pintaron las uñas. Se miraba bien bonita, mi hija. Así volvimos a Nogales.

Sylvia Arana, graduada de la primera generación de Plumas Invitadas.

Lo más difícil para mí fue saber que mis nietos la estaban esperando. Al día siguiente, cuando llegó la carroza con su cuerpo, todos sus amigos estaban a mi lado, apoyándome. Muchos vecinos, familiares. Todos. Las mesas y sillas fueron instaladas y un grupo norteño empezó a tocar mientras bajaban a mi niña de la carroza y entraban con el ataúd a mi casa. Mi nieto, apenas un niño de cuatro años, pensó que estábamos por celebrar su cumpleaños.

Después de recibir las cenizas de mi hija, mi vida no fue ni ha sido la misma. Siempre me he echado la culpa. A esa piedra que sin contemplaciones le perforó la uretra. A esos médicos que no la examinaron a tiempo. No sé, tal vez era ya el tiempo de ella de morir.

Interpuse una demanda en contra de la primera clínica y sus doctores. Por dos años, como loca, me iba a los juzgados, a cada lugar que pude, para que me hicieran caso. Hasta que, por fin, tiempo después, licenciados del estado de Sonora vinieron a tomarme la declaración. Después de tanta lucha, lograron una compensación por negligencia. Ni siquiera quería aceptar ese dinero. ¿Quién me podía regresar a mi hija? Pero, aun con todo mi dolor, recapacité y acepté la paga. Necesitaba sacar a mis nietos adelante, aunque ya no tuviera a mi hija.

¿Cómo aprendes a vivir con la ausencia de un hijo? ¿Cómo no he aprendido yo a vivir sin ella después de este tiempo? Mi realidad es brutal. Cuando recibí las cenizas de mi hija, me convertí de nuevo en mamá. Después de 22 años volví a sentir la responsabilidad de cuidar a dos pequeños, mis nietos.

No obstante, me encerré en mi mundo. Me sentí basura. Dejé de bañarme, de cuidarme, de comer. No quería hacer nada. Otras personas en mi familia se hicieron cargo de mis niños mientras yo trataba de cuidarme sin éxito.

Alrededor de tres años después, empecé a funcionar de nuevo, si se puede decir”.

Blanca, ¿qué significan los niños para ti?

“Todo. Ellos saben que soy su abuela. No puedo usurpar el lugar de su madre. Pero ellos me dicen mamá. Quiero trabajar, salir de la rutina. Hacer manualidades, maquillarme, vivir. Vivir de nuevo. Para mí, para mis nietos. Sacar de mi casa las cenizas de mi hija y ponerlas en un nicho. Cuidar de mis niños y pedirle a Dios tiempo para poder sacarlos adelante. Se me hace difícil, pero creo que ya es tiempo de ayudarme a sanar”.

Arte: Daniel Robles.

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Arte: Daniel Robles.

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