Miedo en la shuttle

➡️ Jorge Francisco Carlos Portillo Núñez / Plumas Invitadas
El hombre es un ser en constante movimiento y cambio; inquieto por naturaleza, se ha desplazado en la historia buscando sobrevivir. La historia lo muestra como nómada, pero -también- él mismo fue considerando buscar un lugar dónde establecerse que le brindara seguridad, alimentación, crecimiento; beneficiándose en su vida cotidiana en convivencia con sus pares, y así fueron surgiendo las primeras comunidades o entornos seguros para él, su familia y demás personas que se fueron integrando en la sociedad civilizada que se transformó en pequeños pueblos, ciudades y ahora llamadas metrópolis.
En ese desarrollo siempre ha buscado la mejoría de su raza; claro, con muchas variables que calificamos de buenas, malas y otras no tan buenas que le afectan a la sociedad. Tampoco aquí es el espacio para evaluarlas, será en otro momento.
Lo que sí es cierto es el sentimiento que experimenta al salir de su zona de confort al ir a buscar una mejor situación para él y su familia; migra a mejores situaciones, lugares y espacios que le brinden seguridad: en este caso de convivencia, laboral y de desarrollo humano.

Ese sentimiento es el miedo, siempre lo ha experimentado, se ha negado ante él y también ese miedo lo ha motivado desde la inseguridad a caminar hacia adelante, evolucionar o estancarse… Hoy, ese miedo se apodera de muchas personas en grandes países que atraviesan para llegar al lugar soñado, pero el hombre se ha puesto barreras, fronteras, límites entre países que acrecientan el temor, pero que lo motivan a llegar a esas ciudades que les darán -quizás- un tiempo de paz, de seguridad, de desarrollo, crecimiento personal, familiar y social.
Hoy, he vuelto a vivir el contacto con ese migrante que pasa por nuestro país, estado, ciudad en busca de lograr su sueño, pero que también tiene el temor de que lo regresen a su tierra de origen, porque ha ingresado a este país de manera ilegal, sin papeles que demuestran quizás su legal ingreso y, menos, su legal permanencia, pero sí generando en muchísimos casos un beneficio y desarrollo para este país que lo necesita, aunque ahora no lo quiere en su territorio.
En días pasados, se dio una charla-convivencia con un grupo que veníamos en un transporte de alquiler colectivo dentro de Estados Unidos, donde lo primero que se percibía en ese ambiente cerrado era miedo, frustración, tristeza e inseguridad tan sólo de ver una patrulla que cuida la frontera.
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Todos esos sentimientos se les notaba en la cara, desde los adultos hasta los tres pequeños que veníamos juntos. Cabe hacer mención que tres sí traíamos papeles, permiso para ingresar al país vecino y poder viajar y estar en él. Todos de diferentes países de América Latina, saliendo en una ocasión buscando ese sueño y hoy saliendo por su propia desesperanza y temor de que los separen de sus seres queridos, dejando atrás una historia que siempre recordarán y seguramente añorarán volver a vivir.
¿Cuántos van a esperar que no los detengan y los echen de Estados Unidos?, a sabiendas que muchos de ellos son necesarios para su economía, que los necesitan. Recuerdo que, al subirme y saludar con un ‘Buenos días’, sus rostros dibujaban miedo y asomaban una ligera sonrisa, del saludo siguió ¿dónde van?, dos dan su opinión de todo lo que está haciendo la autoridad, uno afirma que es una autoridad que cuenta con todos los votos para hacer lo que está haciendo por el bien de su país.
Uno se pregunta ¿cuál será su historia al seguir siendo un nómada en busca de mejores oportunidades? ¿De qué manera van a enfrentar este desarraigo social que vivirán?, ¿cómo ira cambiando su cultura y se irá adaptando a una nueva? ¿Qué derecho tiene la autoridad de atentar contra su misma sociedad?
La charla se torna cada vez con mayor fluidez y confianza, eso permite conocer sus historias construidas en un país que los necesita, pero que hoy los amenaza. Percibir su miedo y dolor es algo que entristece, pero es algo -también- con lo que muchos se han acostumbrado a vivir por años. A lo que no nos acostumbramos es a no comer.
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