Mosaico: El vaquero

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“El coraje es estar muerto de miedo y ensillar de todos modos” – John Wayne

Caballo

Hermosillo, Sonora. 4:20 de la tarde y el aire sopla caliente, como si el desierto respirara por la boca. El sol no afloja, y aunque las nubes se estiran para taparlo, nomás alcanzan a hacerle sombra al cansancio. Cuarenta grados a la sombra, compa, y todavía el pavimento tiembla del calor que guarda. Así es Sonora: tierra que hierve y al mismo tiempo florece.

Entre el polvo se escucha el relincho de los caballos, como si el viento contara historias antiguas. Y ahí llegó el vaquero Javier, un joven de apenas 18 años, con tres años de experiencia domando caballos y más temple que muchos que ya peinan canas. Se baja del carro con su sombrero bien puesto, entre confundido si debía vestir de rancho o de gala, pero con esa calma de quien ya sabe a lo que va.

El polvo se levantó como cortina de bienvenida. Los amigos se reían, echando carrilla, celebrando la facha del compa y la promesa de un buen galope. Hasta que su figura se perdió entre el remolino de tierra, y volvió a aparecer montando El Valeroso, un caballo oscuro, fuerte, con mirada de trueno y paso de agua mansa. Era el tipo de animal que impone respeto sin hacer ruido, de esos que traen nobleza en los músculos y fuego en el pecho.

Con las manos firmes, Javier ajustó la montura, le habló bajito al potro, como quien platica con un viejo amigo. El silencio del rancho se llenó de ese sonido único: el metal contra el cuero, el viento pasando entre las crines, el resuello del animal que se prepara pa’ volar sin alas.

Nos metimos a los establos, donde el aire huele a historia. A paja, a buñiga, a lodo seco y hojas de mesquite que crujen bajo las botas. Ese olor que no se compra ni se fabrica, ese que sólo existe en los rincones donde el campo todavía manda.

El Valeroso comenzó su danza, moviendo el cuerpo con un temple que parecía aprendido del viento. Los músculos tensos, los cascos marcando el compás de la tierra, y el vaquero, concentrado, esperando el instante justo pa’ dejarlo correr.

En un parpadeo, el potro se alzó y empezó el galope. El sonido del suelo retumbó como tambor antiguo, y el polvo se convirtió en nube, dibujando siluetas en el aire.

El Betto Robles no paraba de disparar con su cámara, cazando esos segundos que luego se vuelven eternos. Y ahí estaba la magia, compa: el movimiento, la luz, el calor, todo encontrando su ritmo. Una nube, estirada como tortilla sobaquera, filtró el sol justo pa’ dorar el momento, como si el cielo también quisiera participar en la foto.

El vaquero levantó la mirada, sonrió. Por un segundo, el tiempo se detuvo. Ni el viento soplaba. Nomás el crujir del cuero, el respirar del caballo y ese silencio que sólo el desierto entiende.

Y así, sin avisar, se acabó el corrido. El Valeroso bajó el ritmo, el polvo se asentó, y el vaquero desmontó despacio. Se quitó el sombrero, lo sostuvo sobre el pecho, agradeciendo al día, al caballo, y al instante. Luego lo llevó al corral, le dio unas palmaditas, como quien despide a un hermano, y lo dejó descansar pa’l próximo galope.

Porque en el rancho, como en la vida, no se trata de correr siempre… se trata de saber cuándo dejar que el sol te alcance, y cuándo cabalgar hacia otro amanecer.


Las letras son de Fidel Castro, las fotografías de Betto Robles y la edición de Maritza L. Félix.

Javier Alonzo Agandar Fimbres

Originario de Hermosillo, Sonora, Javier Alonzo Agandar Fimbres proviene de una familia apasionada por los caballos, especialmente los caballos bailadores. Desde muy joven, creció rodeado de este amor por los animales y la tradición ecuestre, aprendiendo de sus padres y familiares el arte del cuidado y entrenamiento de caballos.

A lo largo de los años, Javier ha seguido con orgullo el camino familiar, perfeccionando su técnica y dedicación en cada jornada de trabajo. Agradece profundamente los consejos y enseñanzas que le han sido transmitidos generación tras generación, y que hoy forman parte esencial de su vida y su oficio.

Invita a todos a conocer su labor y compartir su pasión por los caballos en Cuadra El Charro, ubicada en la ciudad de Hermosillo, Sonora.


@conectaarizona

El sol cae a plomo, el polvo se levanta y un joven vaquero enfrenta al desierto con calma y coraje. Cada galope es una historia, cada foto un respiro del campo sonorense. Descubre más en Mosaicos en conectaarizona.com @bettoroblesfotografo Texto:@elpishipishi #elvaquero #mosaicos #mosaicosdeconecta #conectaArizona #mesdelaherenciahispana

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Esta historia es un fragmento de Mosaicos, el proyecto de Conecta Arizona que recoge pedazos de vida, color y memoria, ensamblados como azulejos que celebran la belleza migrante y transfronteriza. Aquí cada relato y fotografía es una pincelada que honra la herencia vibrante, cruda y real que une ambos lados del muro.
Explora aquí otros matices y rostros tejidas en colaboración con autores y artistas independientes.

Queremos que Conecta Arizona sea ese lugar en donde podamos darle un espacio, un eco y amplificar tus historias.

Plumas invitadas de Conecta Arizona

Autores
Fidel Javier Castro Fragoso

Fidel Javier Castro Fragoso nació en Sonora, México. Es licenciado en Informática y en Diseño Gráfico, además de docente en la Universidad de Sonora. Su trayectoria combina creatividad, tecnología y compromiso social, con colaboraciones en medios reconocidos como Periódico Expreso, El Imparcial, Proyecto Puente y revistas como Fashionista y Revista Amiga.

Ganador del premio Fotoseptiembre 2013 en la categoría Fashion, Fidel ha logrado integrar la estética y la narrativa visual en proyectos que destacan tanto por su sensibilidad artística como por su enfoque crítico. Su activismo se centra en la movilidad urbana, la preservación ambiental y la humanización de la ciudad: es miembro de la mesa de movilidad “Hermosillo ¿Cómo Vamos?”, ciclo activista en Bikes and Beers, cofundador de Bikes and Trees, y escribe versos que buscan transformar Hermosillo en un espacio más humano y poético.

Su trabajo refleja un equilibrio entre la innovación profesional, la expresión artística, la escritura y la acción comunitaria, consolidándose como una voz comprometida con la ciudad y su entorno, siempre desde una perspectiva crítica, poética y constructiva.

Betto Robles

Betto Robles nació en Hermosillo, Sonora, donde la luz del desierto moldeó su manera de mirar y contar el mundo a través de la cámara. Desde 2012 ha dedicado su vida a la fotografía, y en más de una década de trayectoria ha hecho de las bodas y de la captura de emociones su sello distintivo.

Su estilo es auténtico y sensible: con la luz como aliada busca transformar cada instante en memoria perdurable. Junto a Mayra, su pareja y cómplice creativa, dirige un estudio fotográfico que respira cercanía, frescura y verdad.
La música, el arte en todas sus formas y la energía vibrante de la vida urbana son sus fuentes de inspiración. Su filosofía lo acompaña en cada proyecto: “seré estudiante por siempre, porque no quiero dejar de crecer nunca”.