Mosaico: Los Lowriders
“Los lowriders son la exposición estética más lograda de la cultura del carro” — Rubén Ortiz-Torres

Rueda que me lleva,
llévame despacio,
quiero que el sol dure
lo que dura un abrazo.

El sol aprieta. La tierra hierve. La carretera se desdibuja en un espejismo de humedad. Es como si el horizonte quisiera devorar el asfalto para que esos fierros rueden en una danza lenta. Es un susurro; un sueño líquido. Es la promesa fugaz de un oasis. Es la sequía mojándose de ganas. Es el trazo astuto de los lowriders.

Rueda despacio,
que el viento te recuerde,
y la calle te nombre
en voz de barrio.

Él lo acaricia.
Siente sus líneas… las goza.
Limpia el espejo con un esmero que pareciera darle brillo a la nostalgia.
Se aferra al volante.

Desliza los dedos por las costuras.
El silencio ruge, por eso le sube al radio.
Acomoda el retrovisor.
Baja la ventanilla.
Le sonríe al crucifijo y lo enciende al oír los otros motores hambrientos de adrenalina.
Rico y suavecito.

En cada puerta pintada,
una frontera cruzada,
en cada asiento bordado,
un abrazo que nunca se olvidó.

Suben y bajan con estilo, como los catrines o los pachucos, como la carrocería humana que les heredaron sus abuelos y ahora ellos reposan en las pieles de sus sueños.

Motor que canta,
cromo que brilla,
soy el eco rodante
de una familia viva.

Van despacio, pero no les falta prisa.
No solo dan el rol, viajan en la historia, el sacrificio, el capricho y la tradición.
Esos rides les costaron caro: el golpe de martillo, los brochazos de pintura cómplices de secretos, las tardes bajo aceite y las mañanas de deshuesaderos.
Suspensión baja, pero el orgullo alto: así se le echa mecánica al destino.

No soy máquina,
soy memoria,
soy el metal caliente
de una historia sin frontera.

Low, low, low. Cada uno de ellos es un altar ambulante.

Los tableros se suavizan con la nostalgia de los retratos, del espejo cuelgan los dados y los recuerdos, en los cofres las historias sin contar en voz alta y en cada detalle se oculta una batalla.

Calle que me lleva,
llévame lento,
quiero que cada sombra
me dure un momento.

High, high, high.
No es el lujo, es el Cadillac de la perseverancia.
Es el baile de las llantas que escribe la poesía del barrio.
El rodar es el desfile de la identidad, del orgullo… de lo que todavía nos pertenece.

Subir es como alzar la frente y plantarle cara. Es una afrenta al sistema y un guiño a la memoria. Flotar es un acto de resistencia y una declaración de amor.

Camino lento,
para que el pueblo me mire,
para que la calle me guarde
entre su polvo y su canto.

Las letras son de Maritza L. Félix, las fotografías de Daniel Robles y la edición de Gustavo Guirado.
Majestics Car Club

Con raíces desde 1973 en el sur de California, es uno de los clubes lowriders más icónicos, reconocido por su dedicación a la cultura tradicional y el orgullo comunitario. Su expansión a Arizona, con capítulos en Phoenix, Glendale, Avondale y Casa Grande, ha fortalecido la presencia de esta herencia viva en el estado. Queremos expresar un profundo agradecimiento al Majestic Car Club de Arizona por mostrar con orgullo sus autos, desfilar con elegancia y por regalarnos su “ride”, ese andar pausado que es toda una declaración de identidad y resistencia. Gracias por ser parte fundamental del mosaico que celebra nuestras raíces sobre ruedas.
Esta historia es un fragmento de Mosaicos, el proyecto de Conecta Arizona que recoge pedazos de vida, color y memoria, ensamblados como azulejos que celebran la belleza migrante y transfronteriza. Aquí cada relato y fotografía es una pincelada que honra la herencia vibrante, cruda y real que une ambos lados del muro.
Explora aquí otros matices y rostros tejidas en colaboración con autores y artistas independientes.
Queremos que Conecta Arizona sea ese lugar en donde podamos darle un espacio, un eco y amplificar tus historias.
Plumas invitadas de Conecta Arizona

