El ADN era la última esperanza: desaparece base de datos clave para identificar migrantes muertos en Arizona

Cuando solo queda un hueso, el ADN puede devolver un nombre. Pero miles de familias ahora desconocen qué ocurrió con la base de datos que prometía respuestas.

Unas alpargatas desgastadas, restos óseos y un cinturón llegan a la Oficina Forense del Condado Pima. Estos objetos, recuperados en el desierto, pueden convertirse en pistas clave para identificar a un migrante que murió durante su travesía hacia Estados Unidos. Crédito: Paula Diaz.

Tucson, Arizona. En el desierto de Arizona, donde las temperaturas superan los 110 grados farenheit (40 grados centígrados) y el paisaje parece extenderse hasta el infinito, el tiempo borra casi todo. El sol destruye la ropa, los animales dispersan los restos y el viento cubre las huellas. A veces, cuando los equipos de búsqueda llegan a un sitio, lo único que encuentran es un hueso.

Ese fragmento óseo puede ser la única evidencia de una persona que salió de casa buscando llegar a Estados Unidos y nunca volvió. También puede representar la única posibilidad de que una familia, años después, obtenga respuestas y cierre el doloroso ciclo.

Por eso el ADN (la molécula que contiene el manual de instrucciones biológicas de casi todos los organismos vivos) se convirtió durante décadas en la herramienta más importante para identificar a migrantes desaparecidos en la frontera entre México y Estados Unidos. Cuando no existen documentos, huellas dactilares o fotografías que permitan una identificación, la genética puede reconstruir una identidad y devolverle un nombre a los restos encontrados en el desierto.

Pero hoy esa última esperanza se encuentra envuelta en incertidumbre.

Organizaciones humanitarias como Capellanes del Desierto, la Patrulla Fronteriza y grupos de voluntarios continúan localizando restos humanos en las rutas migratorias del sur de Arizona. Cada hallazgo es trasladado a la Oficina del Médico Forense del Condado Pima, en Tucson, donde especialistas intentan determinar quién era la persona y cómo murió.

“Muchas veces solamente tenemos restos óseos”, explican investigadores que participan en estos procesos. En esos casos, el ADN suele ser la única vía para lograr una identificación.

Durante más de una década, el Colibrí Center for Human Rights fue una pieza fundamental de ese esfuerzo. La organización, con sede en Tucson, trabajó con agencias gubernamentales, médicos forenses y organizaciones humanitarias para reunir muestras genéticas de familiares de personas desaparecidas en México, Centroamérica y Estados Unidos.

Su base de datos contenía perfiles de ADN que permitían comparar muestras familiares con restos recuperados en el desierto. Gracias a ese trabajo, cientos de familias recibieron respuestas que durante años parecieron imposibles.

Sin embargo, la propia base de datos desapareció.

Desde el otoño de 2024, organizaciones que colaboraban con Colibrí dejaron de tener acceso a la información genética, al laboratorio encargado del procesamiento de muestras y a los resultados que durante años ayudaron a identificar migrantes fallecidos. El sitio web de la organización dejó de funcionar y las comunicaciones cesaron. En diciembre de 2025, el estado de Arizona disolvió oficialmente la organización por incumplimientos administrativos.

La pregunta que hoy persigue a forenses, antropólogos y familiares es tan simple como inquietante: ¿qué pasó con las muestras de ADN?

Nadie parece tener una respuesta pública y clara.

Oscar Andrade, fundador de Capellanes del Desierto, considera que la desaparición de la base de datos representa una tragedia silenciosa para cientos de familias. “Era la única luz de esperanza para las familias de migrantes desaparecidos”, afirmó en entrevista con Conecta Arizona.

Durante años, madres, padres, hermanos e hijos entregaron muestras biológicas con la esperanza de que algún día coincidieran con los restos de sus seres queridos. Muchos viajaron largas distancias para proporcionar una muestra de saliva o sangre. Otros compartieron fotografías, documentos y relatos personales para ayudar en una posible identificación.

Hoy desconocen dónde están esos registros genéticos y si podrán volver a utilizarse.

Mientras tanto, la búsqueda continúa.

Sin acceso a la base de datos de Colibrí, el ADN sigue siendo la pieza clave para identificar a los migrantes fallecidos

Una antropóloga prepara un fragmento óseo para su envío a un laboratorio en Virginia, donde será sometido a pruebas de ADN como parte del proceso de identificación de migrantes fallecidos. Crédito: Paula Díaz.

Aunque el número de restos de posibles migrantes recuperados en el desierto de Arizona ha disminuido en los últimos años, la identificación de quienes mueren en el intento de cruzar la frontera continúa siendo uno de los mayores desafíos para las autoridades forenses.

Greg Hess, médico forense del Condado Pima, señala que las recuperaciones de restos humanos han mostrado una tendencia a la baja desde 2024, aunque advierte que las cifras y estadísticas son monitoreadas constantemente a través de los reportes y tableros de datos de la oficina forense.

Sin embargo, más allá de las cifras, el reto sigue siendo el mismo: poner nombre a personas que en muchos casos son encontradas meses o años después de haber fallecido.

La desaparición del programa forense de identificación de Colibrí Center for Human Rights generó preocupación entre organizaciones humanitarias y familiares de migrantes desaparecidos, especialmente porque la organización había construido durante años una base de datos genética que ayudó a realizar cientos de identificaciones.

Hess explica que, desde la perspectiva de la oficina forense, los procedimientos de investigación no han cambiado, aunque reconoce la pérdida de una herramienta importante.

“Nuestro proceso interno permanece sin cambios, pero ya no tenemos acceso a la base de datos de ADN que Colibrí había construido”, indicó Hess.

La falta de acceso a esa información significa que los investigadores ya no pueden recurrir a una de las mayores colecciones de perfiles genéticos de familiares de migrantes desaparecidos que existían en la región fronteriza.

Aun así, Hess afirma que la oficina no ha enfrentado cambios operativos significativos tras el cierre de Colibrí. Cuando reciben reportes de personas desaparecidas o consultas de familiares, ahora remiten esos casos a otra institución.

“Referimos las llamadas sobre personas desaparecidas al Southwest Center de la Universidad de Arizona en lugar de Colibrí”, dijo.

La incertidumbre sobre el futuro de la base de datos ha generado preocupación entre expertos y organizaciones humanitarias que temen que algunas identificaciones nunca lleguen a concretarse. Sin embargo, Hess reconoce que no existe una forma de medir cuántos casos podrían verse afectados.

Lo que sí permanece intacto es la colaboración con los consulados de México y otros países latinoamericanos, una relación que para la oficina forense sigue siendo fundamental para avanzar en los procesos de identificación.

Los consulados ayudan a obtener reportes de personas desaparecidas, establecer contacto con familiares y coordinar la repatriación de restos cuando una identificación es confirmada.

“Los consulados pueden tener reportes de personas desaparecidas y pueden ayudar a contactar a las familias y asistir en la repatriación de restos identificados”.

Para Hess, una de las necesidades más importantes para mejorar la identificación de migrantes fallecidos sigue siendo garantizar recursos suficientes para el trabajo genético que realizan laboratorios y especialistas.

“Se necesita financiamiento continuo para el ADN, tanto en el lado post mortem como en el de las muestras de referencia familiares”, sostuvo el médico forense.

La recuperación de restos en el desierto suele presentar enormes desafíos técnicos. Muchos cuerpos son encontrados en avanzado estado de descomposición o reducidos a restos óseos dispersos por la acción del clima y la fauna. En esos casos, las posibilidades de identificación dependen casi por completo de la capacidad de obtener un perfil genético y compararlo con muestras aportadas por familiares.

Aunque Hess aclara que su trabajo se centra en la investigación médico-forense y no en el aspecto humanitario del fenómeno migratorio, reconoce el valor de las organizaciones civiles que participan en la recuperación de restos y en la búsqueda de personas desaparecidas.

“No trabajo en el lado humanitario del tema, pero nuestras relaciones con las organizaciones no gubernamentales son importantes en nuestros esfuerzos para identificar a los fallecidos”, agregó.

En una región donde cada año continúan apareciendo restos humanos en las rutas migratorias, la identificación sigue dependiendo de una combinación de ciencia, cooperación internacional y recursos. Y aunque el acceso a la base de datos de Colibrí ya no existe para la oficina forense, el ADN continúa siendo la herramienta más importante para devolver identidad a quienes murieron en el desierto y ofrecer respuestas a las familias que aún esperan noticias.

La cooperación binacional mantiene viva la búsqueda de migrantes desaparecidos

Aunque la desaparición de la base de datos genética de Colibrí ha generado incertidumbre entre familias y organizaciones humanitarias, las autoridades mexicanas aseguran que los mecanismos de búsqueda e identificación continúan operando a través de una red de colaboración entre instituciones de ambos países.

Lee Wong, cónsul adjunto de México en Tucson, explica que para una familia que busca a un familiar desaparecido, el proceso suele comenzar con un reporte al Centro de Información y Asistencia a Personas Mexicanas (CIAM) o mediante una solicitud directa a un consulado mexicano.

“El proceso comienza con el reporte directo al Centro de Información y Asistencia a Mexicanos (CIAM) o con una solicitud al consulado de México que corresponda, que puede realizarse en persona o por teléfono”, señaló Wong.

El funcionario destacó que el CIAM opera las 24 horas del día y se ha convertido en un punto de contacto fundamental para orientar a las familias en la búsqueda de sus seres queridos.

Uno de los aspectos que más preocupa a los familiares es el costo de los procedimientos forenses. Sin embargo, Wong aseguró que las pruebas genéticas son gratuitas.

“Las familias no cubren costo alguno por las pruebas de ADN: son totalmente gratuitas para los familiares de las personas desaparecidas, ya que el proceso de identificación está respaldado por programas especializados de apoyo institucional y de técnica forense”, sostuvo Wong.

Las muestras son analizadas por instituciones especializadas que participan en la identificación de migrantes desaparecidos, entre ellas el Center for Human Identification de la Universidad del Norte de Texas, el Equipo Argentino de Antropología Forense y las oficinas forenses que procesan los restos encontrados en territorio estadounidense.

Una vez recolectadas las muestras, comienza un proceso que puede extenderse durante meses debido a las condiciones en las que suelen encontrarse los restos humanos recuperados en el desierto.

“Se entra en una etapa de espera donde los especialistas realizan el análisis comparativo de las muestras de los familiares con la persona fallecida, con el objetivo de corroborar científicamente la identidad del difunto y garantizar la certeza legal del resultado”, explicó.

La identificación de migrantes fallecidos en la frontera enfrenta retos particulares. Las altas temperaturas, la exposición prolongada al clima extremo y el paso del tiempo deterioran los restos y complican la obtención de perfiles genéticos completos.

“El tiempo de espera promedio oscila entre 3 y 12 meses, pues la mayoría de los restos óseos recuperados presentan un alto grado de degradación debido a la exposición prolongada a elementos climáticos extremos, como el calor intenso del desierto, lo que dificulta y prolonga la extracción de perfiles de ADN viables”, indicó Wong.

Cuando finalmente existe una coincidencia genética, la notificación se realiza de manera presencial para ofrecer acompañamiento a las familias durante uno de los momentos más difíciles del proceso.

Pese a las dificultades y a la incertidumbre que rodea el futuro de la base de datos de Colibrí, Wong sostiene que la coordinación entre autoridades mexicanas y estadounidenses sigue siendo sólida.

“Sí, existe una colaboración estrecha y efectiva. El Consulado de México en Tucson, Arizona, mantiene una relación de cooperación constante con las Fiscalías y la Comisión Nacional de Búsqueda en México”, afirmó.

Para el funcionario, esta cooperación es esencial para mantener abiertas las posibilidades de identificación de miles de migrantes desaparecidos.

“Esta sinergia binacional es fundamental para agilizar el intercambio de información y coadyuvar en la identificación exitosa de los restos”, añadió.

Mientras continúan apareciendo restos humanos en las rutas migratorias del sur de Arizona, para muchas familias la ciencia y la cooperación entre ambos países siguen representando la única posibilidad de obtener respuestas y cerrar años de incertidumbre.

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Autor(a)

Paula Díaz es una periodista con más de 20 años de experiencia, especializada en inmigración, derechos humanos y justicia social en Estados Unidos, enfocándose en las comunidades latinoamericanas. A lo largo de su carrera, ha documentado numerosas historias de familias que buscan a sus seres queridos desaparecidos en la frontera sur de EE.UU., brindando una mirada profunda a los desafíos que enfrentan los migrantes. Su trabajo de investigación resalta problemas urgentes en la migración y ha dado lugar a iniciativas como su sitio web Migrantesdesaparecidos.com.

Ha trabajado en importantes medios de comunicación como Voice of America, donde cubrió la Casa Blanca y el Congreso, y en Univision-Arizona como Gerente de Contenidos Digitales. También ha colaborado con Telemundo, EFEy otros medios en EE.UU. y América Latina. Inició su carrera en EE.UU. como reportera para la edición en español de Los Angeles Times y ha sido corresponsal de El Diario de Hoy y La Prensa Gráfica en El Salvador. Nacida en Colombia, emigró a Los Ángeles en 2001 y posee una licenciatura en periodismo de la Universidad Autónoma de Cali, además de una maestría en Periodismo Bilingüe de la Universidad de Arizona.

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