Santa estaba cerquita de la familia

Arte: Daniel Robles.

➡️ Por Jorge Francisco Carlos Portillo Núñez / Plumas Invitadas

Todo niño de los 70 recuerda -de seguro- de haber ido una vez al Centro, a Mazón, a ver el Santaclós, pero pasearte y crecer por los pasillos de dicha tienda tiene sus beneficios.

En casa siempre, al recordar este tema, se platica la historia de cuando se compró, se pidió y se pagó. Debido a que mi Amá fue secretaria en Mazón Hermanos, cuenta que se compró allá en la Ciudad de México en 24 mil pesos. José Mazón López lo vio y decidió adquirirlo. ¡Tardó quince días en llegar!

Mario Gracia o René Dessens fueron quienes se encargaban de hacer los pagos, por lo que a uno de ellos les toco hacer el pago del Santa.

Definitivamente, fue una muy buena idea decembrina, ya que desde temprano se llenaba de niños y papás el ventanal donde era colocado por la temporada, todo el día repetía los chistes, en voz de Ernesto Aparicio Dick, algunas veces eran de su creación o los leía de un libro.

Arte: Daniel Robles.

Fue una muy buena época que todo niño de aquellos años recuerda; con el tiempo lo retiraron y volvió a aparecer en el Peter Pipper Pizza que estaba por el Bulevard Solidaridad, sin tener el mismo impacto que tenía en el Centro, pero reforzaba las historias de los papás que les contaban a sus hijos.

Hoy descansa tristemente en una bodega.

Recuerdo que podíamos pasar horas escuchando los chistes “blancos” para niños: Tontín entra presuroso a la botica y llega hasta el mostrador, presuroso también el empleado de la botica viene a atenderlo y le dice Usted me dirá, y contesta Tontín 1.75 y sin zapatos. Jojojojojo. Jajajajaja”.

Siempre buscábamos irnos acercando al cristal para verlo, escucharlo de cerca y, si ibas en “bolita” con los amigos del barrio o los compañeros de la escuela (que se podría entender que te la pinteaste), podías subirte en hombros de uno de tus compañeros y platicarles todo lo que podías ver desde las alturas.

En la escuela siempre se platicaba esa aventura de ir al Centro a pasearnos y ver el Santa. Todo esto nos motivaba a hacerle una cartita, a él le pedíamos nuestros regalos. La emoción es inexplicable, llena de recuerdos. El momento en que ibas al Centro a llevarle tu cartita al Santa de Mazón. Mis hermanas y hermano tuvimos la fortuna de verlo de cerquita, ¡porque el guardia nos daba permiso, por ser hijos de la Carmelita!

De mis siete u ocho años los recuerdos del Santa de Mazón, son momentos de paseo, de convivencia, de reírte de los chistes, de las cartitas, de pasearme por toda la tienda después de durar horas frente al aparador, de aventurarme a cruzar la calle y ver desde el otro lado, desde el Mercado, cómo se remolineaban frente al cristal grueso que nos dividía de poder tocar al hombre de traje rojo. Creo que era de terciopelo, con su cinto blanco y hebilla negra, sus botas negras que brillaban por el charol.

Yo recuerdo haberle pedido unos luchadores de plástico, ropa, zapatos, bolsas de soldaditos verdes, de plástico duro, carritos metálicos y después fueron de plástico. Mis hermanas pedían sus muñecas, juegos de trastecitos.

Jorge Francisco Carlos Portillo Núñez, graduado de la primera generación de Plumas Invitadas.

Uno de los chistes que contaba, que después se me hizo cruel fue uno que decía: Volaba en mi trineo sobre Etiopía y unos niños me gritaron ¿Santa, nos vas a dar juguetes?, les respondí que no, porque se habían portado mal, durante todo el año no habían comido.

También, el del señor de tres pelos que se peinaba y se le iban cayendo de uno en uno… Estos chisteslos sacaban de un libro y otros los inventaba don Ernesto Aparicio Dick.

Las tiendas que estaban alrededor de Mazón eran para mí, bueno, las que llamaban más mi atención eran el Mercado, a donde podía irme a pasear, y a la Cosalteca.

Había otras donde vendían ropa y, si tenía hambre, iba al Mercado o al estacionamiento de Mazón al Kiosko Fina, ricos taquitos. Las otras más lejos, Novedades Duarte, la Casa Romo, Mexsuiza, la Botica del Pueblo, Ópticas Morfín, La Violeta Joyería.

Otra de las tiendas, fuera de serie, era la de Radio Motores -de don Clemente Contreras-. Era maravillosa y tenía un súper aparador, sólo vendían juguetes; era de las tiendas que nos volvían locos y era obligado visitarlas para inspirarnos y hacer nuestras cartitas a Santa.

Ese cúmulo de recuerdos de mi infancia hacen que al hablar de Santa sea con mucho respeto y cariño, pensado en mi etapa de papá, en la que también mi hija creyó en Santa.

Arte: Daniel Robles.

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Arte: Daniel Robles.

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Plumas invitadas de Conecta Arizona

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Comentarios (1)
  1. Cuando era niña, en mi pueblo había una mercería con un caballito mecánico que era muy popular. Al leer tu columna, me transportaste a mi infancia. Ahora está abandonado y de vez en cuando alguien sube una foto a Facebook para recordarlo.
    También me causaron gracia los chistes de Santoclos, un verdadero maestro del humor negro. Quizás ahora, con más madurez, los encontramos crueles porque juzgamos el pasado con nuestros criterios actuales. Aún así, hay que reconocer que era un “Santa” muy cool de los años 70.

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