Tiempos dantescos (segunda de dos partes)
Apuntes sobre el sismo de septiembre de 1985 en la Ciudad de México, a partir del testimonio de Luis Francisco Molina García.

➡️ Andrés H. Martínez / Plumas Invitadas
Te ponemos en contexto: Tiempos dantescos (primera parte)
El autobús nos llevó a la delegación Benito Juárez, donde también fueron fuertemente afectados. Lo que ahí se vivía era un mar de caos. Gente corriendo de un lado a otro. Algunos gritando, buscando a sus seres queridos. Otros queriendo organizarse para auxiliar.
¿Quién está capacitado en rescates y tiene experiencia? — preguntó fuertemente de entre la multitud la persona al mando de los voluntarios, intentando superar el bullicio. Levanté la voz y le contesté que yo había estado en la Cruz Roja Mexicana y auxilié muchos años en rescates.
Entonces usted estará al mando de la Brigada Número Uno de la delegación Benito Juárez, me contestó con su voz autoritaria. Con su autorización y con mi experiencia, tomé cargo de mi grupo y comencé a guiarlos y educarlos. Les di consejos acompañados de ejemplos -si ven esto, actúen así; si hay humo, tírense al piso y muévanse al ras del suelo hasta salir, pero no caminen parados porque se van a asfixiar y se los va llevar la chingada-.
Tras preparar verbalmente a mi brigada, mis vecinos y familia, nos montamos al autobús que nos había llevado ahí y nos mudamos a las áreas afectadas para auxiliar. Cada uno de ellos, con sus herramientas y habilidades disponibles, cada uno hizo lo que pudo, cada uno dio todo hasta altas horas de la noche.

Una de las cosas que me enorgullece mucho de mi esposa Susy es que a pesar de que ella aun no estaba recuperada de un accidente, no le importó estar en discapacidad y dio todo en ella para poner su granito de arena. Acababa de tener un accidente automovilístico en el que salió herida ella, mi hija Rozzana y mi hija dulce. Aunque tenía su pierna enyesada, anduvo metida en los escombros rescatando gente, buscando sobrevivientes, y haciendo cualquier cosa que le fuera posible.
Al siguiente día, el viernes 20 de septiembre de 1985, me desperté, agradecí a Dios por un día más de vida y salí de casa para continuar con mi labor como rescatista. Agarré mi equipo y me lancé a salvar más vidas. Mi hijo Luis me acompañó nuevamente. Ese muchacho nunca se separaba de mí, ni cuando le pedía que no me siguiera, por su protección.
Luis, por favor, donde yo vaya no te metas, hijo, porque no estás capacitado para eso. Constantemente le suplicaba para protegerlo del peligro durante nuestros rescates.
Recuerdo claramente la ocasión en la que nos pidieron ayuda porque un tanque de quinientos litros de gas propano estaba por caerse del techo de un edificio de múltiples pisos. Cuando llegué con mi brigada ya estaban los bomberos ahí pero ningún cabrón se quería subir al techo.
Entonces se tomó la decisión de que el jefe de Bomberos y yo subiríamos, pero antes de hacerlo le dije a mi hijo que se quedara ahí abajo, a salvo. ¿Cuál fue mi sorpresa? Al llegar al techo a inspeccionar el tanque, el cabrón de mi hijo estaba detrás de mí. ¡Ay, Dios mío! Ja, ja, ja. Ya después él solo comenzó a hacer su propio grupo de rescate con sus amigos. Lo mínimo que yo podía hacer por él era darle su bendición.
Ve y haz lo que puedas. Ve y rescata gente, pero cuídate. Piensa cómo actuar y piensa con lógica. — siempre le recordaba antes de que saliera de casa. Se iba y regresaba en la madrugada todo lleno de tierra, cansado, pero con el corazón lleno de haber podido contribuir a tan gran causa. He vivido muy orgulloso de él y de toda mi familia por su participación en los rescates.
Ese 20 de septiembre yo pensé que iba a perder la vida bajo una pila de escombros. Ese viernes, al día siguiente del sismo, estaba yo metido en un túnel de rescate trabajando junto a la Brigada de Rescate Topos Tlatelolco A.C., mejor conocidos como Los Topos. Yo no pertenecía a su brigada, pero ese día estaba colaborando con ellos intentando recuperar un cadáver debajo de los escombros de un edificio. El orificio era muy estrecho y apenas cabía acostado dentro de él. Venía arrastrándome hacia atrás como lombriz, jalando un cadáver por las piernas cuando de repente comencé a sentir que todo se movía y comencé a sentir cómo piedras caían y tronaban contra mi casco.
Señor, tú me mandaste aquí, ahora ayúdame, le pedí a Dios en desesperación. No tenía otra opción. Sólo podía rogar que no me dejara solo en ese túnel. Afortunadamente el sismo pasó y los escombros no se derrumbaron sobre mí. Era una tremenda desesperación estar ahí adentro sabiendo que cualquier movimiento y en cuestión de segundos se podía convertir en una tragedia mortal.
Los días fueron pasando y yo sin falta seguí saliendo todos los días a auxiliar. Muchos perdimos la noción del tiempo. El olor a muerto se apoderó de las calles que parecían de una ciudad derrotada por la guerra.
Desafortunadamente, mientras más pasaba el tiempo, más cadáveres encontrábamos. Las funerarias y los cementerios estaban abarrotados así que el Parque Deportivo del Seguro Social, donde yo jugué muchos años, se convirtió en una mortuoria y hielera.
Uno al lado del otro, acomodaban los cadáveres que se encontraban, y los cubrían con hielo para evitar su rápida descomposición. Ahí al campo llegaban los familiares que no encontraban a sus seres queridos entre los escombros, con la ilusión de poder hallarlos y darles santa sepultura. Desafortunadamente los féretros también se agotaron.
En la cárcel juvenil en la que trabajé en ese entonces, había un programa de carpintería donde les enseñaban lo básico en esa industria. Una de las tareas que tenían que completar los jóvenes era construir ataúdes, así que tenían cinco de ellos completados. Ya que las cajas de muertos estaban sin usarse, pedí autorización para llevarlas a donar a familias de bajos recursos que habían perdido a algún familiar en el sismo.
Recuerdo que mi esposa Susy me acompañó a hacer la entrega de los ataúdes y una señora que recibió uno nos ofreció una torta para comer. Mi mujer, que es muy exigente con su dieta, no quiso una “torta de muerto”, como se refirió al alimento, pero yo sí le entré y me comí la mía. Posteriormente, cuando fuimos a auxiliar a la Colonia Roma, a altas horas de la noche ahí sí se comió una torta entre nubes de polvo y montañas de escombros, pero ahí ya no le importó el lugar y dejó los prejuicios a un lado porque tenía hambre y no había nada más. Ja, ja, ja.

En los 28 días que estuve auxiliando viví tantas emociones y anécdotas, algunas buenas y otras no tan felices. Por ejemplo, un día en el edificio de las costureras, andábamos buscando sobrevivientes porque se escuchaban ruidos que venían de las ruinas. Caminábamos casi a oscuras entre los escombros, alrededor de la una de la mañana, cuando de repente escuchamos gritos de uno de los rescatistas.
¡Ayúdenme, ayúdenme! ¡Me están agarrando el pie! — gritó de terror el rescatista. Su pie se había enterrado en un orificio, y por debajo un sobreviviente le estaba agarrando el pie pidiéndole ayuda.
Inmediatamente corrimos todos a rascar los escombros, a mover ladrillos y a quitar tierra para rescatar a la persona. Y no paramos hasta sacarla con vida. Qué suerte la de ese sobreviviente que justo donde él estaba se le atoró el pie al rescatista. Las obras de Dios son perfectas. El sobreviviente fue hospitalizado para revisar cualquier posible herida y el rescatista fue hospitalizado por los nervios del susto que se llevó.
Otro día, en el rescate del edificio de gobernación, estaba yo esperando a que una grúa levantara el techo desplomado de uno de los pisos, para poder brincar abajo y rescatar a cualquier persona. Pero la grúa pasó muy cerca de mí y me arrojó al vacío, un piso abajo. Afortunadamente yo siempre usaba mi casco de protección y no me pasó nada, pero aun así no me podía mover. Resulta que al caer una varilla atravesó mi bota de un extremo a otro, pero sin tocar mi pie. Fue un milagro que la varilla no me atravesara. Me siento bendecido por Dios porque me ha protegido de tanto mal. Por muchos años guarde la bota como reliquia o como recuerdo de tan gran milagro.
Quién iba a pensar que un día yo iba a estar de rescatista en el edificio donde dos de mis hermanos trabajaban, y que casi pierdo la vida ahí mismo. En aquella época mi hermano Pepe y mi hermano Rutilo trabajaban en ese edificio de Gobernación. Gracias a Dios ambos comenzaban su jornada laboral a las 8:00 A.M. y aun no llegaban a sus oficinas cuando ocurrió el sismo a las 7:17 A.M. Si el terremoto hubiera sido más tarde es muy probable que ambos hubieran perdido la vida aplastados. Los tiempos de Dios son perfectos.
Algo de lo más gratificante de toda esta experiencia fue la solidaridad y el amor de los mexicanos porque durante todas las semanas de rescate, el pueblo se apoyó uno al otro. Afuera de las casas, familias enteras haciendo y regalando tacos; otros repartiendo tortas a cuanto cabrón pasara a ayudar. El pan de cada día nunca le faltó a ningún rescatista.
Fueron 28 largos días los que mi brigada y yo apoyamos a las diferentes delegaciones afectadas. Al final logramos rescatar con vida a ocho personas. Recuperamos 40 cadáveres y muchas partes de cuerpos. Teníamos unas cajas designadas para poner toda la pedacería de cuerpos. Brazos y piernas nos encontrábamos por todos lados. Nunca olvidaré que de entre los escombros del Hotel Regis sacamos trozos de cuerpos humanos hechos bolas quemadas. Era tanto el daño que era imposible identificarlos sin una prueba de ADN. Bien feo, bien feo. Dios quiera que esto no se vuelva a repetir, nunca, nunca, porque fue una experiencia muy dantesca.
Recuerdo mucho a una señora de Chihuahua que al igual que yo estuvo en la búsqueda por 28 largos días. Ella buscaba a su esposo que se había hospedado en el Hotel Regis. El último día de los rescates me tocó estar ahí a los pies de los escombros del hotel cuando sacamos los últimos restos humanos, calcinados e incompletos.
Señora, esto es lo último que hay. Ya no hay nada más, le informamos que las búsquedas concluían porque ya no había nada más que rescatar.
Pues eso me llevo, contestó firme la señora, pero al borde de quebrantarse. Ella estaba decidida a llevarse de regreso a casa algo para darle santa sepultura, independientemente si pertenecían a su querido esposo o no. Le ayudamos a colocar la bola de carne quemada en el ataúd que ya tenía preparado desde días atrás, lo subimos a su vehículo y la señora regresó a Chihuahua.
Fueron 28 consecutivos días de mucho trabajo físico, mental y emocional. Aunque tuve momentos muy bajos, nunca me permití quebrarme porque primero estaba mi responsabilidad social, ante todo.
Con base en eso obtuve uno de los mayores reconocimientos de mi vida: el Reconocimiento Nacional 19 de Septiembre, condecoración creada por el gobierno de los Estados Unidos Mexicanos para premiar y agradecer la labor heroica de la sociedad civil que participó en las labores de rescates y reconstrucción de la Ciudad de México.
Tuve la fortuna de recibir esta distinción al lado de mi amada Susy. Ambos recibimos la Medalla de Héroes, que nos fue entregada el 5 de febrero de 1986 en el Campo Marte, de la mano del entonces presidente de la República, Miguel de la Madrid. También recibimos un diploma y nuestros nombres fueron agregados al Libro de Héroes de la Nación, junto a cientos de personas más que también fueron reconocidas en la ceremonia.
Tantos años han pasado desde aquel 19 de septiembre de 1985, pero los recuerdos siguen vivos. Aún puedo escuchar el crujir de los escombros, el eco de las voces clamando ayuda y el olor penetrante de la muerte en las calles. Pero también recuerdo la unidad, el coraje y la solidaridad de un pueblo que nunca se rindió.
No importa cuánto tiempo pase, sé que aquel terremoto cambió mi vida. No sólo por lo que vi y viví, sino porque reafirmó mi propósito: estar ahí cuando más se necesita.
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