Tiempos dantescos (primera parte)

Apuntes sobre el sismo de septiembre de 1985 en la Ciudad de México, a partir del testimonio de Luis Francisco Molina García.

➡️ Andrés H. Martínez / Plumas Invitadas

Cada año, al acercarse el 19 de septiembre, Luis Francisco Molina García recuerda aquellos 28 días que marcaron su vida. Recordarlos es volver a los escombros, a la búsqueda de sobrevivientes y a la incertidumbre de cada rescate. En su memoria conviven el horror de lo vivido y la solidaridad que lo sostuvo.

El siguiente texto corresponde al capítulo 9 de la biografía de Luis Francisco Molina García, escrito por el periodista Andrés H. Martínez como escritor por encargo (ghostwriter). El relato conserva la voz en primera persona del protagonista y se publica en Conecta Arizona con su autorización.

—————————————————————————

La ciudad despertaba y su bullicio poco a poco crecía. La gente caminaba por las calles y los vehículos comenzaban a moverse sobre las concurridas vías. El hermoso caos diario de la ciudad capitalina comenzaba su esplendor. 

La cotidianidad también se apoderó de nosotros la mañana del jueves, 19 de septiembre de 1985, en Xochimilco, al sur de la Ciudad de México, a poco más de 20 kilómetros del Centro Histórico. Eran poco después de las 7:00 A.M. y ya había llevado a mi hijo Raúl a su secundaria, que quedaba un poco retirada de nuestro hogar. Mi hija Rozzana también ya estaba en su escuela, ubicada a dos cuadras de nuestro departamento. Mi hijo Luis dormía en casa porque entraba a clases más tarde. 

Dentro de nuestro vehículo, mi esposa Susy y yo nos preparábamos para llevar a mi hija Dulce al kínder. Yo al volante, mi esposa en el asiento del copiloto y mi hija Dulce en el asiento trasero. Como cada mañana, religiosamente, escuchábamos nuestro programa de radio matutino favorito, Batas, pijamas y pantuflas.

Eran las 7:17 A.M. y aún no salíamos de nuestro complejo habitacional cuando escuchamos a través de la bocina de nuestro automóvil la voz nerviosa de uno de los locutores decir que estaba temblando en el centro de la ciudad. 

No pasa nada. Ahorita pasa, está ligero. — dijo al aire otro de los locutores en un tono de incertidumbre, intentando calmar a su compañero y a los radioescuchas. En ese instante el tiempo se paralizó y de un segundo a otro la transmisión del radio se cortó. Fue un silencio aterrador. Mi esposa y yo nos miramos el uno al otro con confusión y temor porque donde estábamos no estaba temblando. 

Logré conducir algunos metros hacia la salida de nuestro conjunto residencial, hasta llegar al centro de seguridad, cuando de repente sentí que la sangre se me fue a los pies y todo comenzó a agitarse. 

Era tan brusco el movimiento de mi vehículo que parecía que yo estaba congelado porque me era imposible moverme y tomar control de mi cuerpo. Cada vez que me esforzaba para hacer algún movimiento terminaba estrellándome contra la puerta de mi automóvil. Inmediatamente supe que era grave porque ya había experimentado muchos sismos, pero ninguno con tanta fuerza como este. 

Los postes y cables eléctricos comenzaron a mecerse causando explosiones. Los perros ladraban despavoridamente. Las alarmas de los vehículos comenzaron a sonar. La gente comenzó a gritar desconsoladamente mientras corrían a la calle tambaleándose, intentando mantener su balance y encontrar un lugar seguro.  

Puta madre, fue terrible esa sensación de impotencia de no poder moverme y proteger a mi esposa e hija que estaban tan cerca de mí. Esos más de dos minutos se sintieron como una eternidad en la que vi pasar mi vida entera frente a mí.

Dejó de temblar y poco a poco regresamos a la vida. Por instinto, me aseguré de que Susy y Dulce se encontraran bien. Comenzamos a procesar y entender lo que acababa de ocurrir, y su magnitud. Pero la confusión era inevitable porque a nuestro alrededor no había ningún desastre mayor. Todo estaba relativamente normal. 

Tras poner en orden mis pensamientos y sentimientos, lo primero en lo que pensé fue en el resto de mis hijos, que no estaban conmigo. Inmediatamente nos dirigimos a buscar a Raúl, que era el que estaba más retirado de nosotros. Al llegar a la escuela de Raúl y encontrarlo a salvo una parte de mí sintió alivio, pero aún estaba incompleto sin el resto de mi familia. 

Rápidamente y esquivando el caos en las calles, fuimos a buscar a Rozzana a su escuela. La encontramos inconsolable. Era muy pequeña y fue algo muy fuerte para ella vivirlo sola en su escuela. Gracias a Dios, a Rozzana tampoco le ocurrió nada. Enseguida, todos juntos, regresamos a casa a buscar a Luis. Él también estaba ileso. Ya en casa, todos juntos y a salvo, pude volver a tener un poco de paz mental y emocional. 

Impresionantemente, ni nuestro apartamento que se encontraba en el tercer piso, ni los complejos donde vivíamos tuvieron daños significativos. Parecía como si ningún potente sismo hubiera sacudido sus cimientos y paredes. 

En ese entonces yo trabajaba como director de un programa de productos químicos en la cárcel juvenil de la Ciudad de México. Dentro de todas las cosas que aprendí en esta vida, y sin escuela, fue la química. Así que ese 19 de septiembre, tras reunir en mi casa a mi familia y asegurarme que estaban bien, decidí continuar con mi día e ir a trabajar. El viaje de mi casa a la cárcel fue relativamente normal. Sí me encontré con daños en el camino, pero nada catastrófico. 

Comencé mi jornada laboral en el penal como cualquier otro día, hasta que uno de mis trabajadores se me acercó preocupado para pedirme si podía salir del trabajo para ir a buscar a su esposa.

Ingeniero, ¿me deja ir? Es que mi esposa es costurera y trabaja en un edificio de Izazaga, que es de los que se están cayendo, de los que se cayeron. — me dijo consternado. Fue en ese momento que me enteré que el centro de la ciudad estaba destruido y al borde del colapso. Mi instinto salvador se activó inmediatamente y le marqué por teléfono a mi esposa para pedirle que me preparara mi equipo de rescate, mi casco de la Cruz Roja, mis botas y cualquier otra herramienta que me fuera útil porque iba en camino a casa por mi hijo Luis para ir al centro de la ciudad a brindar ayuda. 

Desde Xochimilco, en mi camioneta de la Secretaría de Gobernación, mi hijo y yo comenzamos a adentrarnos poco a poco en la ciudad. Mientras más nos acercábamos al centro, más evidentes eran los desastres. Edificios derrumbados, nubes de humo y polvo, gente herida, explosiones e incendios y escombros por todos lados.

Esa terrorífica escena solo me estaba preparando para lo que experimentaría en los próximos 28 días. 

No llegamos muy lejos manejando porque las calles estaban abarrotadas y tuvimos que dejar el vehículo cerca de la Glorieta de Etiopía. Justo por ahí vivía mi madre, en la Colonia Narvarte, así que aproveché para ir a buscarla. Gracias a Dios ella también resultó ilesa. Tras recibir la bendición de mi madre, con equipo en mano y a pie, mi hijo Luis y yo continuamos nuestra ruta hacia el centro capitalino.

No caminamos mucho cuando llegamos al Centro Médico Siglo XXI y nos topamos con la primera escena dantesca. El edificio de maternidad se había dañado y estaba inclinado agudamente.

Las cunas con bebés recién nacidos habían salido expulsadas por las ventanas del edificio y cayeron al precipicio desde varios metros de altura. Los cadáveres de los infantes estaban esparcidos por el suelo junto a los escombros del edificio.

Personas inconsolables se movían entre la pedacera buscando a sus seres queridos. Muchas otras intentaban consolar y ayudar a buscar sobrevivientes. Hijo de la madre. Imposible olvidar esas escenas. Parecía el fin del mundo. 

Mi hijo Luis y yo auxiliamos un poco ahí y continuamos adentrándonos en el corazón de la ciudad. Caminamos por las calles esquivando paredes derrumbadas, vehículos aplastados por cimientos y un mar de gente con sus rostros cubiertos de cal y sangre. El polvo y el fuerte olor a gas invadió las calles como neblina. Las ventanas constantemente caían sobre la calle y los fragmentos de vidrio volaban como un filoso confeti. Como manantiales, el agua brotaba de las grietas en las paredes. 

Apenas habían pasado unas pocas horas desde el sismo y algunas personas ya se estaban aprovechando de la situación para saquear los establecimientos. Nos tocó ver en repetidas ocasiones como la policía y el ejército nacional tenían arrestadas a varias personas, manos arriba y contra la pared. Ja, ja, ja.

Seguimos rumbo al centro y nos acercamos a la Secretaría de Gobernación, cerca del periódico El Universal, y la destrucción aumentaba con cada paso. Era tan grande mi asombro que no me percaté que nuestras oficinas, el pinche edificio donde estaban las oficinas de penales federales, se había derrumbado.

En esa área comenzamos a auxiliar a personas del Hotel Regis, que estaba ubicado al costado de la Alameda Central. El Regis, uno de los hoteles más populares de esa década en la capital, se cayó y explotó a causa de los movimientos telúricos.

Logramos ingresar y rescatar a mucha gente de los escombros, pero desafortunadamente nuestro acceso era limitado por tanta destrucción. 

Años atrás, cuando trabajé para El Universal, muchos de los que trabajábamos en el periódico, comíamos en un restaurante ubicado a la vuelta del Hotel Regis. El restaurante se llamaba El Hórreo, vendían comida española.  Ese 19 de septiembre, tras percatarme que el Hotel Regis había desaparecido, también me di cuenta que el restaurante Hórreo estaba hecho escombros. En la actualidad hay un restaurante con el mismo nombre muy, muy cerca de ahí, pero no sé si sean los mismos propietarios que el original. 

Concluimos nuestros rescates en los escombros del Hotel Regis y nos dirigimos rumbo al Monumento a la Revolución. Caminábamos por la caótica calle cuando comenzaron a llover pedazos de vidrios de las ventanas quebradas de los pisos superiores de los edificios. 

¡Quítate de ahí! – le gritaron desesperadamente a un señor que también caminaba entre escombros, y -como nosotros- intentaba ayudar. El señor no escuchó y un vidrio le cayó, se le clavó y lo mató. Ahí se quedó en pleno Centro, a media calle, ahí terminó su vida. Le pudo haber ocurrido a mi hijo o a mí, pero ya le tocaba a ese señor. No, no, no, fue grotesco, fue una cosa dantesca. 

Cerca de ahí, por la Avenida de los Insurgentes y Reforma, se encontraba el Hotel Continental Hilton – uno de los hoteles con más prestigio en las décadas de los 70 y 80, y donde se presentó Olga Breeskin por muchos años en el Salón Belveder, un espacio muy exclusivo. En aquel entonces el espectáculo nocturno de Breeskin era uno de los más importantes en el país ya que era un show musical y la actriz lució unos clásicos trajes de vedette, muy al estilo Las Vegas.

Ese 19 de septiembre el Hotel Continental Hilton apagó sus luces y cerró sus puertas tras tantas décadas de glamour, fiesta y mucho más. Muchos huéspedes y empleados del hotel perdieron la vida al quedar aplastados o atrapados por el derrumbe de múltiples pisos en dos de las alas del inmueble. Unos meses después el hotel completo fue demolido. 

Ayudamos en lo que pudimos en el Hotel Continental y seguimos caminando por el centro de la ciudad. Caminábamos un poco y ayudábamos a alguien. Caminábamos un poco más y ayudábamos a alguien más. A pesar de toda mi experiencia como rescatista y mis ganas de poder ayudar, toda esa situación me sobrepasaba y abrumaba bastante. Pero nunca me rendí y siempre di todo de mí. Al fin, era mi obligación y era lo mínimo que podía hacer por mis conciudadanos. 

Detuve hemorragias y esperé a que llegara alguna ambulancia, si es que pasaba alguna porque todo era un caos. Nos metimos a fincas que estaban al borde del colapso, todo por rescatar a cualquier sobreviviente o cualquier cadáver a la vista. Había un hotel, no recuerdo su nombre, pero estábamos ya muy cerca de él y teníamos planeado ingresar para auxiliar cuando explotó.

Mientras continuábamos auxiliando por el Centro también me percaté que el edificio desde donde se transmitía Batas, pijamas y pantuflas, se había derrumbado. Fue en ese momento que comprendí el silencio que se escuchó durante su transmisión unos segundos después de haber comenzado el sismo -habían muerto aplastados los locutores dentro de su cabina-. 

Al caer la tarde de ese 19 de septiembre, tras haber recorrido gran parte del centro de la ciudad auxiliando de mil formas, el cuerpo y el alma necesitaba un descanso, así que mi hijo Luis y yo regresamos a casa a comer y descansar. No estuvimos mucho tiempo ahí cuando llegó a nuestro complejo habitacional un autobús reclutando voluntarios para ir a ayudar y rescatar. Cualquier ayuda era bien recibida. Sin pensarlo, todos los vecinos de nuestro edificio se unieron como voluntarios, y mi familia no fue la excepción. Aunque yo apenas había llegado de auxiliar, me volví a ofrecer como voluntario. 


Textos de Plumas Invitadas:

Viernes Santo en Los Altos de Jalisco

Entender, superar y sanar

El coloso de Santa Úrsula: 60 años de historias paralelas

➡️ Conecta Arizona no es responsable del contenido de las columnas y artículos de nuestros colaboradores comunitarios. Las publicaciones de quienes colaboran con Conecta Arizona no expresan su línea editorial.

Queremos que Conecta Arizona sea ese lugar en donde podamos darle un espacio, un eco y amplificar tus historias.

Plumas invitadas de Conecta Arizona

Autor(a)
Comentarios (0)

No hay comentarios en esta publicación.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio está protegido por reCAPTCHA. Se aplican la Política de privacidad y los Términos del servicio de Google.