Tres vacunas, una orden ejecutiva

Phoenix, Arizona – Los latinos somos de esos que tenemos un remedio para todo. Recuerdo la pandemia, cuando pensamos que una taza de agua caliente con bicarbonato y limón nos protegería del coronavirus si la combinábamos con aceites esenciales y Vicks en los pies. Qué alejados estábamos de la realidad. Me consuela pensar que, al menos, no nos tomamos cloro, como llegaron a sugerir desde la Casa Blanca.
Las recomendaciones médicas que se dieron durante la primera administración Trump dejaron mucho que desear y se contraponían al esfuerzo monumental que hizo el republicano para asegurar el abastecimiento de vacunas para los estadounidenses. Fue uno de esos contrastes que todavía cuesta explicar: un presidente que contribuyó a que millones de personas accedieran gratis a una vacuna, mientras desde su propio poder se sembraban dudas sobre la ciencia que podía salvarles la vida.
Años después, Trump volvió a la Casa Blanca y eligió como secretario de Salud a Robert F. Kennedy Jr., un hombre conocido por promover teorías de conspiración sobre las vacunas y cuestionar consensos científicos construidos durante décadas. Así que la orden ejecutiva que Trump firmó esta semana para modificar las recomendaciones de vacunación infantil no debería sorprendernos. Pero sí debería preocuparnos.
Durante el anuncio, el presidente aseguró, sin fundamentos ni pruebas, que había visto cómo a niños pequeños les inyectaban vacunas del tamaño de un refresco de cola. También insistió en la creencia infundada de que las vacunas provocan autismo.

La orden ejecutiva, firmada el 10 de agosto, mantiene vacunas contra once enfermedades como recomendación para todos los niños, entre ellas sarampión, paperas, rubéola, polio, tosferina, tétanos, difteria, Hib, neumococo, VPH y varicela. Otras, como hepatitis A y B, influenza, rotavirus, COVID-19 y meningococo, quedan para que las familias las decidan con el pediatra según el caso de cada niño. No las quitan. Pero ya no las recomiendan para todos.
El Presidente también pide que la vacuna MMR, que en la actualidad protege contra sarampión, paperas y rubéola en una sola dosis combinada, se administre en tres inmunizaciones separadas, en tres citas médicas distintas, es decir, tres visitas al pediatra cuando ahora todo se hace en una sin necesidad de tanto pinchazo. El problema es que esas vacunas como tal, individuales, no existen en la actualidad.
Yo, como mamá, te podría decir que hablar con el pediatra siempre es buena idea. Lo es. Las familias tienen derecho a preguntar, a entender y a decidir con información completa. El problema comienza cuando el gobierno transforma dudas legítimas en política nacional sin presentar evidencia de que el cambio hará más seguros a los niños; es decir, cuando una persona pone en tela de juicio un sistema de vacunación infantil que ha funcionado por décadas.
Las dudas pueden ser sanas. La desinformación desde el poder no.
Para muchas familias, especialmente las que viven al día, pedir citas separadas no es solo una decisión médica. Es faltar al trabajo, conseguir transporte, mover horarios, pedir permisos y esperar que la clínica tenga disponibilidad. Es mirar el calendario y hacer cuentas antes de decidir si se puede regresar otra vez.
Cuando una política pública se diseña desde la Casa Blanca, debería considerar también eso. No solamente lo que se dice frente a las cámaras, sino lo que pasa cuando una mamá sale del consultorio, ve la hora, revisa el teléfono y piensa si le alcanza para volver la próxima semana, y no tiene que pensar que la salud de sus hijos es solo un lujo a merced de los que tienen más privilegios.

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