Un año que se va y otro que llega: tradiciones y propósitos del equipo de Conecta Arizona

¿Qué representan las fiestas de fin de año y cómo se celebran? ¿Qué tradiciones se comparten y con quiénes? ¿Cuáles son los propósitos para 2025? Estas preguntas fueron respondidas por integrantes del equipo de Conecta Arizona, que de esa manera compartieron sus pensamientos, reflexiones y deseos para el año que comienza.
Maritza L. Félix: “Las fiestas siempre han sido para mí una celebración de familia. La pasamos siempre juntos. Desde que me casé, la Navidad la compartimos con mi familia y el Año Nuevo con la de mi esposo y tratamos de honrar las tradiciones de nuestras culturas en cada una de las celebraciones. Acción de gracias comemos al estilo estadounidense, Navidad con tamales, pavo en achiote y delicias mexicanas y Año Nuevo con una cena japonesa. No soy una persona de supersticiones, pero sí hago un análisis del año anterior y me pongo metas cada vez más realistas para el próximo año. También voy evaluando y acomodando y, por lo general, los deseos que son de mi corazón se terminan cumpliendo. También nos divertimos mucho, a media noche salgo con las maletas para viajar (y creo que sí me ha funcionado bastante bien), me pongo una moneda en el zapato, comemos uvas y hacemos una que otra cosa más para divertirnos, por si las dudas. Disfrutamos en familia siempre y después compartimos con amigos”.
Daniel Robles: “En Año Nuevo, voy a casa de mi hermana para disfrutar de su cocina, que a menudo incluye carne asada al estilo Sonora. Cenamos juntos en un ambiente relajado”.
Arianny Valles: “En Año Nuevo, nos vestimos de gala (bueno, con ropas de salir y nueva, lo que se llama la pinta de estreno), nos reunimos en familia también, al ritmo de gaita (género musical proveniente del estado Zulia, en Venezuela, que tradicionalmente se escucha en temporada navideña), y es muy probable que sea el mismo menú que en Noche Buena, aunque en algunas casas puede variar. Calmamos el hambre con ricas botanas y al faltar unos minutos se escucha esa canción de Néstor Zavarce que dice Faltan 5 pa’ las 12. En ese momento, los adultos, desinhibidos por el whisky o el ron, nos ponemos nostálgicos a pensar en los seres queridos que perdimos o en aquellos que están lejos… y justo unos minutos antes se escucha la grabación del poema Las uvas del tiempo del venezolano Andrés Eloy Blanco. Y allí empieza el conteo: 10, 9, 8… 3, 2, 1. Mientras se escuchan pirotecnias, todos gritamos ‘Feliz Año’ y empezamos a buscarnos en la multitud para abrazarnos y compartirnos entre lágrimas y mimos los mejores deseos para el venidero año. Y luego cenamos para darle la bienvenida al año nuevo en abundancia y en unión familiar, y seguimos bailando y pachangueando hasta que el cuerpo y los niños chiquitos aguanten. Hay muchas supersticiones para recibir el Año Nuevo: desde el uso de ropa interior amarilla, hasta salir a la calle con una maleta para augurar viajes en el año entrante, o sostener en la mano billetes de alta denominación… Las solteras se suben a una silla porque dicen que eso augura novio o marido”.

Judith León: “Mi forma de celebrar el fin de año y el Año Nuevo es casi la misma desde que recuerdo: en familia. Con mis abuelos, mi mamá, mis tíos y mis primos. Con el paso del tiempo algunos personajes entraron o salieron del escenario y el número de personas ha variado. A raíz de la pandemia de Covid-19 somos pocos los que nos reunimos. En cuanto a la víspera, eso sí, no recuerdo cómo sucedió. Yo no sabía cocinar, pero tengo alrededor de 30 años haciéndome cargo de preparar la cena. Cocino la noche del 30 de diciembre. Pongo música, me sirvo un traguito (de vino o de cerveza) o varios y comienza la magia. Me gusta trabajar sola; canto, bailo, guiso, unto, mezclo, y reflexiono mis temas ‘de tendencia’. Es, prácticamente, la última cita del año conmigo. Duermo pocas horas y, al despertar, ‘la cena ya puede desayunarse’. En esos 30 años he preparado pierna o lomo de puerco al horno, mechada con tocino, ajo, ciruelas pasas, pasta de achiote y jugo de piña; sólo dos años he cambiado la receta, pero esta es la que tiene popularidad en la familia (y la que siempre me preguntan, ¿qué le pusiste?). El día último, por la mañana, me gusta ir al mercado que está cerca de mi casa; voy caminando a comprar pan para la cena y lo que pudiera hacer falta, pero a esas horas ya todo está listo. Las guarniciones que preparo son sopa fría (pasta con forma de coditos, codos no, coditos, pequeños y lisos); puré de papa y una gelatina de color verde con frutas en almíbar, cubitos de apio y nueces en trozos. En mi familia acostumbramos cenar todos juntos, alrededor de las 10:00 de la noche. Aunque el grupo se redujo, es necesario poner dos mesas para estar todos al mismo tiempo, alrededor de diez personas. No acostumbramos beber, quizás una botella de sidra. Hacemos sobremesa y luego nos sentamos en la sala a esperar que transcurran los últimos minutos del año. Encendemos la radio, como se hacía desde que era niña, y juntos hacemos el conteo: diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, y gritamos ¡Feliz Año!, y comenzamos a abrazarnos. En la estación de radio siempre comienza una canción popular que se llama Corrido de Año Nuevo. Es un tema alegre, pero invariablemente me llega la nostalgia y el sentimiento por los grandes ausentes. Luego seguimos platicando, como si no nos viéramos cada domingo; hacemos planes para el recalentado, para la rosca y evocar a nuestra gente: ‘Recuerdas cuando…’, ‘Y te acuerdas que…’. Las visitas se van alrededor de las 2:00 de la mañana, y las anfitrionas nos vamos a la cama, horas después, cuando hemos puesto orden para iniciar a las pocas horas con la primera reunión familiar del año. En cuanto a mis propósitos: no los acostumbro porque -la verdad- suelo quedarme ‘a medio camino’, pero estoy trabajando en mi salud física y emocional, así que continuaré. Tengo pendientes dos trámites, que iniciarán en 2025 sí o sí, y de momento es todo. Envío mis deseos de que el año 2025 sea de mucha prosperidad y abundancia, de salud, éxitos profesionales, logros personales y de mucho amor”.
Gustavo Guirado: “El Año Nuevo tiene un profundo significado personal para mí. A diferencia de la Navidad, cuando la celebración es espiritual, cada 31 de diciembre y 1 de enero tienen la fuerza de mi cumpleaños: agradezco por el año que pasó y proyecto el que comienza con el repaso mental permanente de deseos y propósitos. En ambos casos, no acostumbro “tirar la casa por la ventana” -como se dice en Argentina cuando se organiza un gran festejo- ni mucho menos: naturalmente, me sale andar más tranquilo para estas fechas y es prioridad la decisión de “no correr” por absolutamente nada que no sea imprescindible y necesario. Muchas personas para estas fiestas de fin de año aceleran a fondo (despedidas, compromisos, pendientes, regalos, desesperación por cumplir, estrés por hacer y llegar a quién sabe dónde, etc), pero yo decido estacionar mi vehículo luego de todo un año de circular a alta velocidad en el camino de la vida; detenerme en estas fechas es mi tradición y me hace muy bien. Hay, sin embargo, un aspecto tradicional de esta época que logra molestarme de manera importante y lo señalo en cada oportunidad que tengo: en Argentina, históricamente, se acostumbra celebrar Navidad y Año Nuevo con pirotecnia, lo que se conoce como “tirar cohetes”. Se trata de hacer el mayor ruido explosivo posible y se extiende al menos desde las 10 de la noche (algunos arrancan tímidamente a la tarde ya) hasta las 00:30 aproximadamente, con un pico de explosiones a las 12 de la noche (tanto en Nochebuena como el 31). Los resultados de semejante irracionalidad están a la vista pero en muchos casos parece que solo son vistos por quienes la padecen: mascotas, niños con autismo y ancianos son quienes más sufren sufren los impulsos sonoros del vecino que gastó todo su aguinaldo ‘en cohetes’. Para los periodistas de Argentina, una de las principales noticias de cada 25 de diciembre y 1 de enero se obtiene en las guardias de los hospitales: número de heridos y lesionados por el uso de pirotecnia, muchas veces comprada en el mercado ‘negro’; son pocas las voces públicas que, sin embargo, cuestionan esta práctica. No logro entender, realmente, a quienes prefieren los cohetes explosivos por sobre los juegos de luces y fuegos artificiales coloridos e inofensivos que, en las noches del 24 y el 31, nos permiten ver, si alzamos la mirada, la hermosa trascendencia de la vida”.

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