Narcocorridos en México, entre la censura y el aplauso: “Cuando haya acceso a la justicia, desaparecerán”, afirma el profesor Juan Carlos Ramírez-Pimienta

Arte: Daniel Robles.

Durante más de un siglo, el corrido ha contado la historia desde abajo: la del campesino, el migrante, el rebelde… No siempre glorificó al criminal. Hubo un tiempo en que advertía, denunciaba y hasta moralizaba. Pero hoy, en medio de un debate encendido sobre la apología del crimen en sus letras, este género enfrenta cuestionamientos cada vez más severos.

Uno de los casos más recientes: el del grupo Los Alegres del Barranco, a cuyos integrantes el gobierno de Estados Unidos retiró sus visas de turismo y trabajo, tras proyectar imágenes del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación durante un concierto. Otro incidente, ocurrido apenas unas semanas después, contribuyó a avivar la polémica: en el Palenque de la Feria de Texcoco, Estado de México, el cantante Luis R. Conríquez se negó a interpretar sus temas más populares —los mismos que lo catapultaron al estrellato y que, paradójicamente, ahora lo encadenan a la controversia. El público, inconforme, respondió con gritos, insultos y un caos que convirtió la noche en una escena de frustración colectiva.

Para entender la evolución del narcocorrido, conversamos con Juan Carlos Ramírez-Pimienta, escritor y profesor de Estudios Fronterizos en San Diego State University, y uno de los mayores expertos en el tema. La conversación ocurrió en un hotel en San Luis Río Colorado, justo en la frontera. Ahí, Ramírez-Pimienta trazó una línea histórica que remonta el origen del narcocorrido a mucho antes del auge del narcotráfico como lo conocemos.

Arte: Daniel Robles.

“Los primeros corridos de contrabando no eran sobre drogas”, explica. “Era contrabando de textiles, de herramientas… cosas que venían de Estados Unidos hacia México. El contrabando era al revés de lo que tenemos ahora”.

Con la Ley Seca en Estados Unidos (1920–1933), emergieron las primeras canciones que hablaban de tráfico de alcohol. Esta prohibición en Estados Unidos fue un periodo de 13 años en el que se prohibió la fabricación, venta, transporte e importación de bebidas alcohólicas en todo el país. Su objetivo inicial era reducir el consumo de alcohol y sus supuestos efectos negativos en la sociedad. La Ley Seca tuvo consecuencias contrarias, como el auge de la criminalidad organizada y el mercado negro. Y, con ellas, la figura del contrabandista. “Muchas de esas canciones se enmarcan dentro de lo que en el folclore llamamos el lamento del prisionero”, dice. “Canciones en primera persona, donde el cantante dice: ‘Estoy en prisión, nadie me visita… esto me pasó por andar en el contrabando’”.

Hacia el final de la prohibición, aparecen los primeros corridos que mencionan narcóticos. “Hay uno que se llama ‘Por Morfina y Cocaína’”, cuenta el académico. “Dice: ‘Por morfina y cocaína, por marihuana y licor. Estoy pasando mi tiempo aquí en Leavenworth’ —la prisión federal en Kansas. Ese corrido se grabó en 1934 y es uno de los primeros narcocorridos documentados”.

Otro ejemplo temprano que ha investigado es el corrido del Pablote, Pablo González, esposo de Ignacia Jasso, una figura clave del narcotráfico en su época. “Ese corrido es crítico con el personaje. Lo presenta como un abusivo. Entonces las primeras promociones de corridos con temática narcotráfico son corridos donde le va mal al contrabandista”, señala.

Durante décadas, esa fue la tónica: la del castigo y el precio del crimen. Incluso en los años setenta, con el auge de agrupaciones como Los Tigres del Norte, la narrativa se mantenía. “En ‘Contrabando y traición’ o ‘La banda del carro rojo’, los personajes terminan muertos a manos de la ley”, recuerda.

Fue durante sus estudios en UCLA, en los años ochenta, cuando Ramírez Pimienta notó un giro. “Empiezo a interesarme porque me doy cuenta de que el juicio moral estaba desapareciendo. Ya no eran canciones que condenaban al contrabandista, sino que lo empezaban a mostrar como héroe”.

¿Cuándo ocurre ese cambio? Para él, tiene nombre y contexto: Rafael Caro Quintero, el fundador del Cártel de Guadalajara.

“Lo que cambia no es el corrido, lo que cambia es la realidad… lo que ocasiona ese cambio, desde mi punto de vista, es el caso Caro Quintero”, señala.

“Es muy difícil encontrar narcocorridos en los años cincuenta o sesenta, porque eran los años del gran crecimiento económico mexicano. Pero en los setenta, con las crisis, el narcocorrido renace. Y florece porque hemos vivido de una crisis a otra”, sostiene.

Caro Quintero fue una figura central en esa transformación. En medio de la hiperinflación y la deuda externa mexicana —que alcanzó los 80 mil millones de dólares—, circulaba la versión de que Caro había dicho que él podría pagarla “si lo dejaban trabajar”.

Juan Carlos Ramírez Pimienta, escritor y profesor de Estudios Fronterizos en San Diego State University, en la entrevista con Celia Esperanza Ramos.

“Eran años en los que ibas a la tienda en la mañana y comprabas un litro de leche. Y en la noche, ese mismo litro costaba 30 o 40 por ciento más. Una inflación… una hiperinflación. Incluso se decía que cada niño que nacía traía consigo una deuda de $10,000 dólares. Entonces, había una gran crisis económica. Y cuando aparece alguien que dice: ‘Yo la pago’, y cuando la gente dice: ‘Bueno, pues de todos modos, lo van a mandar… lo van a mandar a Estados Unidos’, la gente común y corriente —que no es criminal— empieza a considerar seriamente eso… Ahí es donde nos perdimos en México”, afirma.

A partir de entonces, el capo no solo fue temido, también empezó a ser admirado. “Se construyó la idea del capo como benefactor”.

En ese contexto, el narcocorrido dejó de ser una advertencia o moraleja. “Hoy son propaganda, son cantos de guerra… pero también son fuentes históricas. El error es pensar que son una sola cosa. No lo son. El corrido no es toda la verdad, pero tampoco es pura mentira”, dice Ramírez Pimienta.

Hoy una parte significativa de estos corridos -advierte- glorifica a los capos, pero no es por admiración. “Muchos de los más exitosos tienden a representar de manera positiva a los capos… porque…son pagados”.

El fenómeno ya no se limita a México. En Estados Unidos, donde vive una gran parte de la audiencia, el narcocorrido también funciona como válvula de escape.

“Piénsalo así”, propone el académico. “Una persona indocumentada que sabe que si se pasa un alto no solo le darán una multa, sino que puede ser deportada, escucha un corrido donde aparece un mexicano superpoderoso que no le teme ni al presidente… y eso es intoxicante”.

En otras palabras, los narcocorridos también ofrecen una fantasía de poder para quienes no lo tienen. Pero el verdadero problema de la violencia -insiste- no está en las canciones, sino en las condiciones que les dan sentido.

“A la mayoría de los mexicanos no nos gusta agarrarnos a balazos. Para mí, la raíz es económica”, dice. “Si hubiera otras maneras de tener dinero sin arriesgarse, los jóvenes no se irían por ahí. El problema no se va a resolver con campañas ni con prohibiciones de corridos. La gente no escucha los corridos didácticos”.

Entonces, ¿qué les falta a los jóvenes? “Yo pienso que esa es la gran pregunta. Una noción de futuro”, responde. “Durante el milagro mexicano, cuando era posible pasar de obrero a profesionista en una generación, no había necesidad de irse al crimen. Pero hoy… hoy hay lugares donde no hay trabajo. Y si te ofrecen algo, aunque sea riesgoso, lo piensas. Porque aquí no hay nada”.

Hoy el género vive un momento de tensión. En México, se le persigue. En Estados Unidos, se le estigmatiza.

“Yo no veo un gran futuro para los narcocorridos… hay un ataque sistemático al narco corrido en México y a lo mexicano en Estados Unidos.”

Para Juan Carlos Ramírez Pimienta, no hay forma de combatir los narcocorridos sin atacar las condiciones que los hacen posibles. Mientras haya jóvenes sin opciones, comunidades sin Estado y sociedades sin justicia, el narcocorrido seguirá sonando. “Cuando haya acceso a la justicia… cuando dejen de ser necesarios para la gente, los corridos desaparecerán”, concluye.

Arte: Daniel Robles.

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Autor(a)

Celia Montoya es comunicadora y actriz, originaria del estado de Sinaloa, México. Fue conductora de Radio en Tecate Baja California en la estación 88.5fm. Reside en Phoenix, Arizona, desde 2004.

Estudió Negocios en el Phoenix College en Arizona. Formó parte de la organización Toastmasters Internacional, donde además de desarrollar habilidades para comunicar fungió como vicepresidente de relaciones públicas en dos grupos, La Voz de Oro y Los Empresarios Toastmasters.

Es instructora en Fuerza Local, una organización sin fines de lucro, donde imparte clases de comunicación, hablar en público y servicio al cliente. En sus ratos libres le gusta escalar montañas, escuchar podcast, leer y escribir. Desde 2017, forma parte del grupo de poesía y literatura El Llano en Llamas.