El encuentro con Fu, el chino de nombre feliz, que encontró libertad y conversaciones en América

¿Qué podríamos tener en común este chino y yo para sostener una conversación? Me pregunté.
Sentada en Bryant Park en Nueva York, saboreaba la calma de la tarde cuando la inesperada presencia del chino frente a mí interrumpió mi serena contemplación.
Se acercó y me explicó muy de prisa que buscaba practicar su inglés. Prometía una conversación entretenida, y aseguraba tener muchas historias, agregó que era bueno para escuchar también.
¿Valdría la pena interrumpir ese sagrado y esperado momento de calma y soledad que me estaba sorbiendo lentamente a la sombra fresca de los árboles? Me volví a preguntar, mientras él esperaba pacientemente mi respuesta.
Estaba en New York para visitar a mi hijo. Había decidido ir todos los días a ese parque durante mi corto viaje. Bryant Park es un lugar mágico, donde la gente juega ajedrez, disponen de revistas y periódicos gratuitos para leer, se realizan conciertos, clases de yoga, hay restaurantes al aire libre; todo allí alborota mis sentidos.
Cuando visité Nueva York por primera vez, desconocía la existencia de este sitio. Pero cada vez que pasaba por ahí, mis ojos se llenaban con los rincones del parque, donde los árboles se fusionan con la esencia cosmopolita de la Gran Manzana. Ese parque representaba el Nueva York que me había imaginado. Quería sentarme como toda esa gente, sin la prisa de cumplir una lista de lugares turísticos. No quería correr de un lado para otro. Simplemente, anhelaba estar allí, sin agenda ni presión, observando a las personas pasar y disfrutando de todo lo que me encantaba. Desde el momento en que compré los boletos de avión, pagué por materializar ese momento.

Se me aceleraba el corazón al imaginar estar serena y feliz en Bryant Park. Estaba cumpliendo al pie de la letra mi deseo cuando el caballero chino se acercó a mí con aquella solicitud tan sencilla como conmovedora: quería conversar para practicar su inglés.
Con un rostro amigable, un efusivo y breve discurso que parecía ensayado y un acento tan pronunciado como su sonrisa, me lanzó aquella petición. Me tomé unos segundos antes de responder, pero su perspicacia me intrigó, y le dije que me encantaría, pero le advertí que no sería de tanta ayuda pues mi inglés no era nativo ni tampoco tan bueno.
Me dijo: “Si tú no eres buena maestra, pues yo tampoco soy buen estudiante”. Reímos los dos.
Se sentó e inmediatamente lo bombardeé con muchas preguntas, casi como si quisiera hacerle demostrar que su interrupción valía la pena.
“¿De dónde eres? ¿Cuál es tu nombre?”, me intrigaba mucho su forma de abordar. ¿Siempre lo hacía así? ¿Era la primera vez?
Su nombre es Fu, tiene 71 años y lleva 17 años viviendo en Estados Unidos. Me contó que, desde hacía seis años, cuando se retiró, visitaba el parque todos los días en busca de conversaciones con desconocidos. La mayoría le decía que no, lo cual entristecía su corazón, pero él se decía que aquellos que rechazaban la oportunidad estaban dejando ir algo valioso. Pues cuando alguien aceptaba, él daba lo mejor de sí para entretener a sus interlocutores.
Sin duda, era un buen conversador, entusiasmado y muy generoso en sus respuestas. Si aquello hubiera sido un podcast, lo habría catalogado como un excelente invitado. Me pregunté cuántas historias habría acumulado en esos seis años hablando con extraños en Bryant Park, y seguimos conversando…
Yo soy de China… pero vivo en Nueva York.
Yo soy de México… pero vivo en Phoenix.
Bueno, ya íbamos encontrando varios puntos en común. Esa narrativa recurrente de tener que explicar que no soy de donde vengo, sino de donde alguna vez me fui, no se desvanece en ninguna parte. Ni siquiera en la propia tierra.
Me vino a la mente una experiencia en Mazatlán, Sinaloa, cuando ayudé a traducir a una pareja de turistas canadienses con problemas para comunicarse en español. Después de agradecerme, me preguntaron cómo tenía “tan buen inglés”. “Ah, es que soy de Phoenix, Arizona”, respondí. Hubo un silencio. “Bueno, en realidad soy de un pueblo que está como a dos horas, pero vivo en Arizona”.

Así estábamos, Fu y yo, explicándonos nuestras raíces y las vueltas de la vida. Fu era un gran narrador. Me contó sobre su vida en China, sobre la dura política del país. Se casó en China con una estadounidense que le proporcionó su tarjeta de residencia. Ya era mayor cuando se casaron. “Ella tenía el cabello rubio y los ojos muy azules”, me dijo con una expresión dulce, pero ya falleció. Le pregunté si quería regresar a China después de haber vivido la mayor parte de su vida allá, y entonces me contó algo muy hermoso, que me habría encantado grabar porque no tengo todas las palabras exactas, pero fue algo así:
—Cuando era niño, mi mamá me dijo que China era nuestra casa. Siempre me lo repetía, y yo así lo creía. Así fue hasta el 2007, cuando mi esposa me dijo: “Quiero que nos vayamos a Estados Unidos para que obtengas la residencia”. Me acordé de las palabras de mi mamá, pero cuando llegué aquí y vi la antorcha de la Estatua de la Libertad, dije: “Yo quiero libertad, para opinar, para elegir”. Y ahora la libertad es mi hogar. En China, yo no tenía libertad. Así como China alguna vez fue mi casa, ahora la libertad es mi hogar.
Hablamos de política sin reparos. Acababan de encontrar culpable a Trump en un juicio en Nueva York, y los periódicos que rondaban el parque lo gritaban en primera plana. Una conversación así sobre el gobierno y los políticos en su país habría sido otro cuento.
Él había intentado trabajar como periodista en China, pero no era fácil, me dijo. Había tenido varios empleos en su país, y al llegar a Estados Unidos, trabajó como guardia de seguridad en un edificio. Le encantaba su trabajo porque saludaba a muchas personas, y además requería un lenguaje muy básico. En 2023, ya retirado, trabajó como asistente de maestro en una escuela bilingüe, y era su felicidad escuchar a los niños recitar poemas en chino en América.
Llegar a un país con una cultura tan diferente y aprender un idioma a los 55 años no fue fácil.
Su nombre y su limitado inglés lo habían metido en problemas. Apenas tenía días o semanas de haber llegado a Estados Unidos cuando se quedó dormido en el tren de Nueva York. Un policía lo despertó y le informó que eso era ilegal. Él no lo sabía y pidió perdón, pero cuando el policía le preguntó su nombre y él respondió “Fu Q.” (fu-quiu) el policía se enfureció. Sin poder explicarse mucho debido a su limitado inglés, se resignó a recibir y pagar la multa. Fue entonces cuando decidió que tenía que mejorar su inglés. Me habló de lo mucho que le habían ayudado los programas de la biblioteca de Nueva York. “Uno de mis sitios favoritos también”, le dije.
“¿Qué otro lugar, además de este parque y la biblioteca, te gusta?”, le pregunté.
“El senior center”, me dijo. “Porque ahí convivo con muchas otras personas y si no entiendo alguna carta o no puedo hacer algún trámite, siempre me ayudan”.

Le pedí que me contara alguna historia de la gente que había encontrado en el parque. “Seguro te han pasado muchas cosas. ¿Has tenido alguna experiencia desagradable?”, pregunté.
Entonces me contó que hace poco unas personas a las que se acercó con la misma oferta de conversación le dijeron que no habían tenido alimento. Le hicieron señales de que tenían hambre. “No hablaban inglés, pero se tocaban el estómago y decían “lunch”. Él los llevó hasta su apartamento y les mostró su cocina. Les abrió el refrigerador y les puso comida en la mesa para que se alimentaran. Sin embargo, se dio cuenta de que no querían comida, sino dinero, pero no tenía para darles. “Mi corazón se asustó un poco. No tomaron nada, dijeron que regresarían después y se fueron. Pero nunca volvieron.”
“¿Qué idioma hablaban?”, le pregunté.
“Español”, me contestó.
Me dijo que en el parque hablaba con todo tipo de personas: abogados, artistas, y que le fascinaba entablar conversación con gente de otras culturas. Aprendía mucho más ahí que en las clases de inglés en el aula. Le pregunté por qué le interesaba tanto hablar y mejorar su inglés si ya estaba retirado y su nivel actual es bueno. Me dijo que quería escribir en inglés, contar historias, y recuperar ese sueño de ser escritor. Me mostró un artículo publicado en un sitio gubernamental con su historia de la multa por dormirse en el tren y su nombre que, al pronunciarse, suena a insulto.
“Ahora nada más digo ‘Fu’, o ‘Mr. Shang'”, cuando me preguntan mi nombre, dijo sonriendo. “En chino, mi nombre significa ‘feliz'”, comentó con orgullo. “Tener salud a los 71 es felicidad. Vivo muy cómodo en mi retiro, me alimento y duermo muy bien. Y quisiera disfrutar de los atardeceres indefinidamente. Felicidad en la felicidad”.
El chino Fu me brindó mucha alegría en las casi tres horas que estuvimos conversando.
Le pedí su correo electrónico para enviarle esta foto, pero en realidad no quería que este vínculo se disolviera en la distancia. Sé que algún día le enviaré un correo para preguntarle cómo van esas conversaciones con extraños, y tal vez sea yo quien le solicite una conversación en mi próximo viaje.
Me despedí de él, para ir a la Biblioteca pública de Nueva York que está junto al parque. Le comenté que quería ver una exposición, y que era una tristeza que en esa biblioteca no permiten el acceso a libros al público en general. Me dijo que en otra ocasión me mostraría una biblioteca cerca del parque donde te prestan muchos libros.
Resultó que el chino Fu y yo teníamos más en común de lo que hubiera imaginado. Ahora sólo pienso que, al regresar a Nueva York, espero encontrarlo otra vez en Bryant Park, pero si tienen el privilegio de cruzarse con él antes que yo, les insto a aceptar su invitación a conversar y contarle que han leído esta historia, la crónica de un encuentro entre el chino de Nueva York y la mexicana de Arizona. Sé que le va a encantar.
Su nombre es Fu Q. Shang y tiene un acento tan pronunciado como su sonrisa.

➡️ Conecta Arizona no es responsable del contenido de las columnas y artículos de nuestros colaboradores comunitarios. Las publicaciones de quienes colaboran con Conecta Arizona no expresan su línea editorial.

Queremos que Conecta Arizona sea ese lugar en donde podamos darle un espacio, un eco y amplificar tus historias.
Plumas invitadas de Conecta Arizona
