La tarjeta roja

Arte: Daniel Robles.

No soy una experta en fútbol, y tengo que decirlo antes de despotricar un poco. Este deporte en especial me pasa de largo la mayoría del año: salvo los mundiales y las veces que viene a jugar México a Arizona, mi vida se mueve más entre cafecitos, aeropuertos, coberturas y fronteras que entre estadios. Me encanta el beis, a ese sí le sé. Pero uno de mis hijos salió buenísimo con el balón de soccer y últimamente mis fines de semana se reparten entre entrenamientos, torneos y gritos desde la banda. El fútbol, sin pedir permiso, se coló en mi rutina.

A este Mundial llegué casi a ciegas. No sabía quién jugaba con quién ni en qué estadios. No reconocí a ningún jugador de la Selección Mexicana, salvo a Memo Ochoa. Sí me emocionaba pensar que la sede se repartía entre tres países de Norteamérica y que México era el que inauguraba la fiesta futbolera. Las tarjetitas del álbum que nos regalaron en el Consulado hace apenas unos días tienen cientos de espacios vacíos y, si me preguntan por el “Piojo”, pienso más en el director técnico que en el mediocampista ofensivo. Aun así, aquí he estado pegada a la pantalla, con un ojo al gato y otro al garabato… porque el fútbol es más que un torneo, es una olla de emociones en ebullición.

La Copa llegó a América con muchos contrastes y eso es lo que más me acaricia la curiosidad: ese baile entre las luces y las sombras, lo que se ve y lo que nos ocultan, y la intriga que alimenta mi ya conocida obsesión con los silencios. 

El Mundial, en mis ojos, se convirtió en un incómodo espejo social en donde se visibilizan muchas injusticias y privilegios. Aquí es donde me siento en la cancha, donde entiendo la complejidad de un deporte que seduce al mundo más allá de los penaltis o un marcador. 

La pantalla en la que vemos los partidos también expone muchas de las injusticias sociales que hemos normalizado. Una llamada desde la Casa Blanca al presidente de la FIFA para revisar y terminar eliminando una tarjeta roja, selecciones con visados incompletos, extranjeros tratados como ciudadanos de segunda clase, inspecciones migratorias donde se desnudan hasta las dignidades y acuerdos comerciales muy cuestionables.

Entonces, si desde mi butaca en el público me permito ser réferi comunitario, yo le sacaría la roja a quienes deciden, a los que acomodan las reglas según el mapa político, a los que facturan con la pasión de millones mientras se hacen los neutrales, a los que imponen el privilegio al talento y a los que pactan en secreto. Expulsaría a los que convierten el Mundial en escenografía perfecta mientras fuera de cámara se siguen negando visas, se siguen cerrando puertas y se siguen marcando cuerpos como si fueran inferiores por sus pasaportes.

El poder no debiera negociar ni sanciones ni accesos por antojo, fuera de la cancha también se deberían respetar las reglas.

Hay jugadas que nunca se revisan en cámara lenta: las que pasan en migración, en las oficinas donde se firman acuerdos, en las llamadas que nadie transmite en vivo. Frente a todo eso, mi único lugar seguro sigue siendo el mismo: el país al que le voy aunque pierda.

Al final, yo le sigo yendo a México, le sigo apostando, le sigo creyendo y le seguiré echando porras hasta que muera. Porque México es más que un país, es mi casa, es la tierra de mis ancestros, es donde están mis raíces, es donde florezco, es donde aprendí a soñar y a escribir, a imaginar que todo es posible, a alburear, y a decepcionarme y a volver a ilusionarme. Para mí no hace falta un Mundial para ponerme la camiseta ni un 15 de septiembre para portar mis bordados. Porque a mí, México me hace cosquillas en el corazón, porque para mí, México es mi eterno ¿y si sí?

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Autor(a)

Maritza L. Félix es una galardonada periodista independiente, productora y escritora en Arizona. Es la fundadora de Conecta Arizona, un servicio de noticias en español que conecta a las personas en Arizona y Sonora principalmente a través de WhatsApp y las redes sociales. Es la creadora de Cruzando Líneas, un podcast de nuevas narrativas fronterizas. Es coproductora y copresentadora de Comadres al Aire.

En 2022, Maritza fue nombrada como la Innovadora del Año por Local Media Association y recibió el premio 2022 Cecilia Vaisman como la mejor periodista multimedia hispana por parte de la Universidad Northwestern y NAHJ.

 Es becaria senior del programa de JSK Community Impact Fellowship de Stanford y graduada del programa de liderazgo e innovación en periodismo Executive Program in News Innovation and Leadership in Journalism de Craig Newmark Graduate School of Journalism en CUNY. Además es becaria de The Carter Center, la Asociación de Escritores de Educación (EWA), Feet in 2 Worlds (Fi2w), “Adelante” de IWMF y de Listening Post Collective; forma parte de las 50 Mujeres que pueden cambiar el mundo del periodismo 2020 de Take The Lead. Félix ha sido nombrada en dos ocasiones como “La mejor periodista en español de Arizona” y como una de las “40 personalidades hispanas menores de 40 años en Arizona”.

Comentarios (1)
  1. ¡Felicidades, Maritza!

    Me encanta cómo escribes. Tienes ese don de convertir en palabras cosas que muchas veces pensamos, o al menos que yo he sentido, pero no sabemos cómo expresar. Logras que cada texto conecte, emocione y nos haga reflexionar.

    Sigue compartiendo ese talento tan bonito. ¡Te deseo mucho éxito y que nunca dejes de escribir!

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