Mosaicos: Los guantes

“Floto como una mariposa, pico como una abeja. Sus manos no pueden alcanzar lo que sus ojos no pueden ver. Ahora me ves, ahora no” — Muhammad Ali

En el corazón del barrio, en el sur de Phoenix, se alza, en un humilde patio, el gimnasio de Andrew Soto.  Es un entrenador olímpico, sembrador de medallas y sueños, que comparte el ring de la esperanza con su esposa, la boxeadora en retiro Sulem Urbina. Entre costales gastados y sogas que suenan como tambores, Andrew abre las puertas de un santuario cotidiano donde se cultiva mucho más que la práctica de un deporte, se cultiva voluntad.

El gimnasio es modesto y valiente, como el barrio que lo alberga. Cada día recibe a jóvenes de todas partes que llegan movidos por distintas razones. No buscan todos la gloria de un título; algunos solo quieren respirar mejor, sentirse más vivos, aprender a ponerse de pie —literal y simbólicamente— frente a la vida.

“Muchos no vienen a competir”, reflexiona Sulem, con la voz serena pero firme de quien ha vivido golpes y triunfos. “Algunos quieren perder peso, otros tonificarse, otros para aprender habilidades de autodefensa, y así ganar confianza”. Las batallas en los cuadriláteros son diferentes para todos. Algunas se libran en silencio y otras con guantes ruidosos que se estampan en peras cómplices. 


Bañados en sudor, con la mirada fiera y los puños en el alto, los peleadores se olvidan de las pantallas durante un par de horas. Se respira con intensidad. Conectan con su cuerpo. El corazón acelerado los impulsa a desarrollar habilidades que permiten con entereza generar un impacto, no solo en el oponente sino en la propia confianza. Saltan ligero, pero también saltan pesado: esquivan miedos, levantan la mirada y ensayan la valentía. Es un baile entre las cuerdas y la adrenalina.

El boxeo no solo enseña a resistir golpes, sino a medirlos, porque golpear también duele.

Y saltan los muchachos. Saltan. Cuerdas, pies, corazones. Todo se eleva al ritmo de la soga girando.
El salto pule la agilidad, fortalece la resistencia y entrena la mente tanto como el cuerpo. Saltar es también una forma de esquivar lo que pesa y no se ve.

Boxear también es danzar. El juego es mental. Cada movimiento es decisión. Hay que tener un ojo en el adversario y otro en uno mismo. El cuerpo aprende a obedecer a la mente y la mente a escuchar al cuerpo. En ese vaivén, se desarrolla un baile de precisión y presencia que enaltece el ring.

Y como en toda danza, hay una administración de energía: cuánto dar, cuánto guardar, cuándo resistir. Es una práctica de conciencia plena. Mindfulness con guantes: observarse, respirar, calcular y avanzar. No se trata solo de ganar al otro, sino de superarse a uno mismo.

Mientras unos quieren ser campeones del mundo, otros quieren ser campeones de sí mismos. “El bullying llega hasta que la persona maltratada aprende a levantarse”, piensa Sulem. Ella lo sabe. Lo vivió; lo sudó.  Y en ese levantarse, con puños, con mirada firme, con confianza, los chicos encuentran una nueva versión de sí mismos. Más seguros, más libres. Andrew les enseña a protegerse, pero sobre todo a defender su esencia: a creer en lo que son.

 A los padres los delata el orgullo en la mirada. Observan a los suyos con  ternura. Su sola presencia es un acto de amor. En cada porra, en cada mirada atenta, les dicen: “Estamos contigo; no estás solo”. Ese también es un entrenamiento vital: saber que no se pelea solo en la vida.

En esta coreografía de resistencia, fortaleza y dedicación hay tres virtudes que se repiten: Espíritu resiliente, para permitirte levantarte con gracia después de un golpe; valentía, propulsada por una autoconfianza ilimitada, y la estrategia al estudiar a tu oponente y convertir debilidades en fortalezas. Aquí la disciplina enseña más que la técnica: enseña a vivir.

El boxeo también libera. Es disciplina para el cuerpo, la mente y el corazón.Libera estrés y suelta endorfinas, además de generar concentración y autocontrol. Es un deporte donde la disciplina también es maestra y la confianza es el premio más grande.

En medio del entrenamiento, una sinfonía peculiar: instrucciones de Andrew, puños secos contra los sacos y peras, y ese sonido curioso que hacen los pugilistas al golpear —un “pew pew pew” que parece un idioma propio. Aprendimos que respirar al golpear no solo da fuerza, sino que también protege del contragolpe cuando se expulsa el aire y queda firme el abdomen.

Esa enseñanza también nace del dolor. Cada campeonato que organiza Sulem honra la memoria de su hermano Alexis, asesinado a los 17 años por el hampa en 2013. Ella eligió transformar la pérdida en encuentro: reunir a la comunidad entera bajo las luces del ring, para recordar que la vida se honra luchando juntos.

Y mientras allá afuera el mundo sucumbe hipnotizado por las pantallas, en este gimnasio del sur de Phoenix se le hace resistencia a la tendencia y se tejen nuevas historias. Jóvenes que eligen entrenar de lunes a viernes, sudar, conectarse con el esfuerzo, expandir sus habilidades y agudizar el enfoque, lejos de la exposición digital y el ocio. El simplemente hecho de estar allí, en un cuadrilátero todas las tardes, ya los hace campeones.

Aquí se le apuesta al hoy y al mañana. Son los campeones del barrio.

Mosaics: The gloves
BY ARIANNY VALLES & DANIEL ROBLES

“I float like a butterfly, sting like a bee. Your hands can’t hit what your eyes can’t see. Now you see me, now you don’t” — Muhammad Ali
 
In the heart of the hood, in southern Phoenix, Andrew Soto’s gym stands in a humble courtyard. He is an Olympic coach, a sower of medals and dreams, who shares the ring of hope with his wife, retired boxer Sulem Urbina. Amid worn punching bags and ropes that sound like drums, Andrew opens the doors to an everyday sanctuary where much more than a sport is cultivated; willpower is cultivated.
 
The gym is modest and courageous, like the neighborhood that houses it. Every day it welcomes young people from all over who come for different reasons. Not all of them are seeking the glory of a title; some just want to breathe better, feel more alive, learn to stand up—literally and symbolically—to life.
 
“Many don’t come to compete,” reflects Sulem, with the calm but firm voice of someone who has experienced both blows and triumphs. “Some want to lose weight, others want to tone up, others want to learn self-defense skills and gain confidence.” The battles in the ring are different for everyone. Some are fought in silence, others with noisy gloves slamming against complicit speed bags.
 

Bathed in sweat, with fierce looks and fists raised high, the fighters forget about the screens for a couple of hours. They breathe intensely. They connect with their bodies. Their racing hearts drive them to develop skills that allow them to make an impact, not only on their opponents but also on their own confidence. They jump lightly, but they also jump heavily: they dodge fears, raise their gaze, and rehearse courage. It is a dance between the ropes and adrenaline.
 
Boxing not only teaches them to withstand blows, but also to measure them, because hitting also hurts.
 
And the boys jump. They jump. Ropes, feet, hearts. Everything rises to the rhythm of the spinning rope.
Jumping refines agility, strengthens endurance, and trains the mind as much as the body. Jumping is also a way to dodge what weighs you down and cannot be seen.
 
Boxing is also dancing. The game is mental. Every movement is a decision. You have to keep one eye on your opponent and the other on yourself. The body learns to obey the mind and the mind to listen to the body. In that back and forth, a dance of precision and presence develops that elevates the ring.
 
And as in all dance, there is a management of energy: how much to give, how much to save, when to resist. It is a practice of mindfulness. Mindfulness with gloves: observing, breathing, calculating, and moving forward. It is not just about beating the other person, but about surpassing oneself.
 
While some want to be world champions, others want to be champions of themselves. “Bullying continues until the abused person learns to stand up for themselves,” Sulem believes. She knows this. She lived it; she sweated it out. And in that standing up, with fists, with a steady gaze, with confidence, the kids find a new version of themselves. More confident, freer. Andrew teaches them to protect themselves, but above all to defend their essence: to believe in who they are.
 
The parents are betrayed by the pride in their eyes. They watch their children with tenderness. Their mere presence is an act of love. With every cheer, every attentive glance, they say to them: “We are with you; you are not alone.” That is also a vital lesson: knowing that you don’t fight alone in life.
 
In this choreography of resistance, strength, and dedication, there are three virtues that are repeated: a resilient spirit, to allow you to get up gracefully after a blow; courage, propelled by unlimited self-confidence; and strategy, by studying your opponent and turning weaknesses into strengths. Here, discipline teaches more than technique: it teaches how to live.
 
Boxing also liberates. It is discipline for the body, mind, and heart. It releases stress and endorphins, as well as generating concentration and self-control. It is a sport where discipline is also the teacher and confidence is the greatest reward.
 
In the midst of training, a peculiar symphony: Andrew’s instructions, dry fists against the bags and speed bags, and that curious sound boxers make when they strike—a “pew pew pew” that seems like a language of its own. We learned that breathing while striking not only gives strength, but also protects against counterstrikes when the air is expelled and the abdomen remains firm.
 
That lesson also comes from pain. Every championship Sulem organizes honors the memory of her brother Alexis, who was killed at age 17 by the underworld in 2013. She chose to transform loss into encounter: to bring the entire community together under the lights of the ring, to remember that life is honored by fighting together.
 
And while outside the world succumbs, hypnotized by screens, in this gym in south Phoenix, resistance to the trend is being woven and new stories are being created. Young people that choose to train Monday through Friday, sweat, connect with effort, expand their skills, and sharpen their focus, far from digital exposure and leisure. The simple fact of being there, in the ring every afternoon, already makes them champions.
Here, they bet on today and tomorrow. They are the champions of the hood.

Words by Arianny Valles and photographs by Daniel Robles; edited by Maritza L. Félix.


Letras de Arianny Valles y fotografías de Daniel Robles; edición de Maritza L. Félix.

Agradecimiento especial a Sulem Urbina por abrirnos las puertas del gimnasio donde su esposo, Andrew Soto, entrena cada tarde a decenas de jóvenes que llegan desde distintos rincones del Valle del Sol.


Sulem, nacida un 8 de julio de 1990 en Hermosillo, Sonora, y hoy con raíces firmes en Phoenix, Arizona, es una boxeadora amateur mexicana-estadounidense que carga en su historia 45 victorias y 10 derrotas. Con medallas de campeona en los Golden Gloves de Arizona en 2007 y 2009, ha representado a México en competencias nacionales e internacionales, siempre marcada por su disciplina, constancia y un compromiso profundo por abrir espacios y oportunidades para las mujeres en el ring.
Ahora, con 35 años, Sulem se retira de los cuadriláteros con la satisfacción de quien mira el camino recorrido y siente que su misión sigue viva. Transforma su fuerza de peleadora en apoyo constante, como preparadora física para jóvenes y, sobre todo, para las niñas que comienzan a descubrir el boxeo como vida y esperanza.


Esta historia es un fragmento de Mosaicos, el proyecto de Conecta Arizona que recoge pedazos de vida, color y memoria, ensamblados como azulejos que celebran la belleza migrante y transfronteriza. Aquí cada relato y fotografía es una pincelada que honra la herencia vibrante, cruda y real que une ambos lados del muro.
Explora aquí otros matices, rostros e historias tejidas en colaboración con autores y artistas independientes.

También puedes escuchar la historia de Sulem Urbina en el episodio de Cruzando Líneas de nuestra primera temporada. ¡Disfrútala aquí!

Queremos que Conecta Arizona sea ese lugar en donde podamos darle un espacio, un eco y amplificar tus historias.

Plumas invitadas de Conecta Arizona

Autores

Arianny Valles es periodista, comunicadora y productora radial con 30 años de experiencia en medios de comunicación en Venezuela y Estados Unidos. Su trabajo se centra en la cobertura de temas relacionados con tecnología, redes sociales, arte y comunidad.

Produce con mucho compromiso y amor por la comunidad el programa de radio “La Hora del Cafecito” de Conecta Arizona, medio en el que también colabora como reportera y creadora de contenido.

Es co conductora de Noticias Enlace, el noticiero matutino de La Onda 1190 AM / 99.5 FM, y fundadora de Pendiente Mi Gente, una plataforma dedicada a visibilizar y servir a la comunidad latina que hace vida en el Valle del Sol, Arizona.

Además, lidera Arianny Rocks LLC, su firma de consultoría en comunicación digital, desde donde impulsa proyectos enfocados en marketing, contenido con propósito y conexión comunitaria.

Daniel Robles es un diseñador gráfico con más de dos décadas de experiencia en artes visuales, fotografía, ilustración, publicidad y mercadotecnia. Es originario de Sonora, México, con un título de profesional asociado en Diseño Gráfico y Publicidad.

Ganador de premios por su trabajo en diseño de campañas publicitarias y proyectos audiovisuales, Robles es el director creativo de Conecta Arizona desde su fundación. En sus ratos libres le gusta practicar la fotografía de calle y documental.