Nada que perder, todo por intentar
No tengo nada que perder porque, me encontraba sin empleo, sin dinero, madre soltera y con un hijo que pedía alimento y educación, más abajo no quería llegar, lo único que me quedaba era tomar todas mis fuerzas y empezar a subir.

➡️ Marisol Balcázar / Plumas Invitadas
En 2019 llegué a EE.UU. con mi hijo Oromasis, una maleta mediana con pocas cosas, sólo para engañar a los de la aduana diciéndoles que veníamos a conocer Disneylandia, 600 pesos mexicanos en la cartera y el cerebro lleno de incertidumbre, miedo y preguntas que daban vueltas a mi cabeza y que no podían ser respondidas, de una cosa estaba segura; estaríamos mejor que como estamos ahora.
Un título que no abrió puertas
Me gradué a los 45 años de la Universidad Autónoma de la Cuidad de México (UACM) como Licenciada en Comunicación y Cultura (según datos del Inegi, en 2020 en la Ciudad de México, el porcentaje de las mujeres mayores de 45 años que se gradúan es de 56.97%) no con honores, pero sí con esfuerzo y apuro ya que mi universidad se encontraba dentro de un marco político que amenazaba con ser cerrada, por haber sido abierta como las universidades del gobierno del entonces jefe de Gobierno Andrés Manuel López Obrador quien, diez años después se convirtió en presidente del país.
El modelo educativo de la UACM que propuso ha sido catalogado como modelo a seguir por países como Alemania, Argentina, Brasil y Japón.
Licenciada en Comunicación y cultura, ¿por qué decidí estudiarlo? Mis argumentos son: porque México es un país rico en gastronomía y cultura. Ante la Unesco contamos con 27 sitios que son patrimonio cultural entre los que se encuentran zonas prehispánicas, turísticas, monumentos, pueblos enteros y 4 sitios de patrimonio natural.

En nuestro país existen 67 pueblos indígenas –aunque hay 68 lenguas con sus respectivas variantes lingüísticas–; con un país tan rico, culturalmente hablando, confirmo que escogí la carrera adecuada porque me encanta y reconozco que como México no hay dos, solo que, carecemos de un sistema que valore y encause a las personas adecuadas para los puestos asignados, prevalece mucho el favoritismo, aunado al despotismo que padecen en su mayoría los organismos que trabajan directamente para el gobierno federal.
Al graduarme, intenté trabajar y ejercer legalmente en México como marca en mi país la Ley Federal del Trabajo, en su artículo 22: “No hay límite de edad si se conservan las capacidades físicas y mentales necesarias”, algo totalmente falso ya que, más de 45 veces presenté mi curriculum a distintas instituciones, en todas fue la misma respuesta: nosotros le llamamos. Me hicieron dudar tantas cosas, sobre mis estudios, si habían sido tardíos; si no me consideraban apta para el puesto, si las oportunidades son únicamente para la juventud y reflexioné si había tomado las decisiones correctas en mi vida.
Me costaba trabajo creer que ya había sobrepasado la edad para aspirar a un empleo, pero ante las constantes negativas, la enfermedad de mi padre de 93 años (entiendo que era un ancla para no despegarme del hogar, del cuidado de mi hijo de diez), y la -cada vez más difícil- economía, decidí aceptar la invitación de mi hermano para ir a EE.UU. para conocer y, de ser posible, tener una mejor calidad de vida.
Siendo honesta, no lo pensé mucho, ante el desempleo y falta de oportunidades que estaba viviendo decidí que le brindaría la oportunidad a mi hijo para que aprendiera a hablar inglés y que, en dos años, él tendría mejores oportunidades de buscar un empleo en México y no sería rechazado como lo había sido yo.
Destino: Phoenix
Todos los trámites que tuve que realizar para obtener las visas y pasaportes, fueron sencillos; en ese tiempo, de 100 solicitudes de visa que se hacían en el consulado de EE.UU. en México, sólo eran concedidas 20 (era el primer mandato del presidente Trump; hoy ese porcentaje ha disminuido a cinco de cada 100), a pesar de que había escuchado que eran trámites muy engorrosos y que con gran dificultad se obtenían los documentos.
En fin, con visas y pasaportes, y en avión, fue como llegamos a Phoenix, Arizona; sabía que éramos privilegiados de poder ingresar de esta manera ya que, de acuerdo con el Migration Policy Institute, 35% de los migrantes son mujeres acompañadas de sus hijos menores de 10 años, vienen con una petaca y la comida es un lujo que sólo se dan -si bien les va- una vez al día o, en su mayoría, cada tercer o cuarto día.
Llegamos el 25 de diciembre a la 6:30 en la tarde. Un día lluvioso, los negocios cerrados, la gente estaba descansando de la celebración de Navidad, pero ya me encontraba en un país de primer mundo y eso me daba esperanza y fe. Desde el primer instante en que vi a mi hermano sentí que todo iba a estar mejor, gracias a Dios así fue.
Mi hermano vivía en un departamento de una recámara, sala-comedor y un baño, para mí fue algo pequeño porque la casa de México era de tres pisos, cinco recámaras, una sala grande y cocina amplia, donde celebrábamos las navidades en familia y en donde mi hijo era el amo y señor.
Ahora debíamos de dormir en el único sillón de la sala, que en la noche se transformaba en nuestra cama. Nunca me quejé porque algo dentro de mí me seguía diciendo que todo iba a estar bien; recordaba a la comunidad migrante, que en meses no sabían lo que era descansar en una cama o en un sillón, estaba muy consciente del privilegio que se nos había concedido.
A los trece días de estar en Phoenix, escucho que puedo tener un programa de radio (por Internet) y con mi experiencia en el medio no lo pensé y a la siguiente semana ya tenía mi propio programa en Estados Unidos. A los 23 años, trabajé para Televisa radio conquistando y escalando puestos; pasé de ser la que traía el café a productora de Radiópolis, nombre del consorcio.
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De la radio a la bodega
Llegó la pandemia, para todos fue un antes y un después; pero, para mí fue la oportunidad que estaba esperando, ¡por fin tenía un trabajo!, (se produjo un 98% de cierre de negocios en todo el mundo, y cerca de 60% no volvieron abrir). Empecé a trabajar en una bodega y con ese sueldo pude mantener a mi madre en México, este trabajo me hizo entender que hay tiempos que se viven sólo una vez y que todo tiene un por qué.
En la pandemia, además de trabajar conocí a mucha gente por medio de la radio en Internet, que me impulsó a crear una compañía, como todo, con sus dificultades y permisos, pero mía y contaba ya con dos trabajos.
Un directorio para crecer juntos
Después de la pandemia, comprobé que este país nos brinda la oportunidad a los que quieren y desean trabajar; afecto a la comunidad empresarial en general, y nada más 19% de negocios latinos continuó trabajando. Es ahí donde vi la opción de apoyarlos, y me ayudaría también. Por esto creé Directorio Empresarial, una comunidad de empresarios latinos que se unen para hacer crecer sus negocios, apoyándose, trabajando con ética, responsabilidad y, sobre todo, en medio de una competencia justa y honesta.
Gracias a esta iniciativa, cuento con el reconocimiento de la sociedad en Arizona y el compromiso de trabajar para ellos.
Una voz para quienes no se rinden
Con satisfacción les comparto a aquellas personas que cuentan con estudios académicos, con títulos universitarios o maestrías y que no tienen un empleo en el rubro en que se prepararon: no desistan, tal vez están en el lugar equivocado, se dice que la suerte es el punto donde convergen la preparación y la oportunidad.
Para ese momento debes estar preparado y atento, tal vez llegue en el tiempo, el lugar menos y en la situación menos esperada, pero tu estarás listo y seguro para ello, y no te debe tomar por sorpresa, porque oportunidad solo hay una y no debes dejarla ir.
Estoy viviendo mi sueño americano, mi hijo se graduó de high school, estamos por dar el anticipo para nuestra casa e implementando Directorio Empresarial online; para finales de año realizaremos el lanzamiento de la App.
No es sólo el de ganar dinero, sino el de realizarme como mujer, como profesional, y -sobre todo- como una persona que luchó por una oportunidad. Siempre tenemos la opción, ya sea de desistir o de proseguir y decidí intentarlo hasta conseguirlo.
Quizá aun no lo consigo por completo, pero me felicito por no haber escuchado las negativas a lo largo de este tiempo, y por decirme un versículo de mi libro favorito que me ha llevado hasta donde me encuentro:
“Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas”. Josué 1:9 Reina Valera
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