Yuma: La frontera del campo

Hacía mucho que no caminaba entre tierra fértil, esa que se labra con sudores y batallas. La vi ahí, seca, en paz, tranquila, café, plana, con las marcas de los surcos que pronto se volverán a arar; pero no hoy. Antes, la mirada se extendía hasta el horizonte, donde el campo se fundía con el atardecer; ahora las casas y los edificios rompen la imagen de mis recuerdos y se imponen para confirmar que el Condado de Yuma es mucho más que el cultivo temporal en el que lo han encasillado, aunque siga siendo, en el fondo, la misma tierra que en invierno alimenta al país entero de lechuga.
Luego está la frontera, esa que de niña crucé tantas veces para visitar a la familia en los dos San Luis, en Arizona y en Sonora. Pienso en el afán del destino por mantenernos unidos con los nombres, así como en los dos Nogales, donde uno nunca sabe si cruza o lo cruzaron. Las ciudades fronterizas, territorios únicos, dinámicas que son más fáciles de vivirlas que de explicarlas, son como un cordón umbilical que se resiste a romperse, aunque un muro insista en cortarlo… Es como si una patria naciera siamesa antes y después de las campanadas del Año Nuevo.
El muro está tal cual lo recuerdo. Se parece mucho a los otros cientos de kilómetros que parten la tierra para marcar una soberanía que hoy se erige con alambre de púas y millones en tecnología de vigilancia. Pero sigue siendo el mismo cerco oxidado, rojizo e hirviendo; testigo de la reconstrucción de un puerto fronterizo que ya va por los trescientos millones de dólares y que intenta ponerse a la par con los nuevos tiempos, mientras nada cambia, nada se mueve y nada permanece.

Pero algo sí cambió. Después de la pandemia se han ido muriendo sus centros. Las fronteras que están al sur de Estados Unidos se parecen mucho. Se cuelan los ruidos, el rechinar de camiones y los ladridos de perros de un México que vibra a pesar de la tragedia; y acá, de este lado, se impone un silencio que comienza en ese cruce donde le vamos bajando el volumen a la identidad hasta camuflarnos con los otros que viven más lejos.
Y la distancia es agonía.
Por eso esas tiendas de baratijas y descuentos han ido mermando. Esos comercios que antes florecían del turismo mexicano, que eran emprendimientos locales, no han podido sortear los embates políticos que les dieron un jaque mate. Las grandes cadenas comerciales son las que ahora rezonifican la bienvenida a Estados Unidos: siempre hay un Ueta, un Walmart, un McDonald’s y ahora un Starbucks. Los demás son la resistencia que ven pasar, solo por esta garita, a más de siete millones de personas cada año.
Pero lo que no cambia es la gente. San Luis, Somerton y Yuma todavía tienen ese acento norteño marcado, el sazón de las cumbias y la banda, y esa alegría que no se deslava con el tiempo. El Condado de Yuma se siente aún como un oasis de identidad y resiliencia, como si el ser no se condicionara por Washington, porque ser mayoría, siete de cada diez, no solo pesa, sino que también cuenta. Es un refugio. Ahí la comunidad se acuerda de su historia, aunque duela. Ahí todos se conocen, se saludan, se acompañan, son vecinos y parientes, y sus historias se entrelazan.
Por eso esa tierra es siempre fértil, porque el abono está en esos trabajadores temporales cuyo trabajo los hace permanentes, en esa misma labor que sostiene más de cuatro mil millones de dólares que le entran a Arizona cada año; en las familias que van y vienen; en los que no olvidan ni cambian; en los que no dejan que la distancia los dirija o los mate; en los que se rehúsan a irse, en los que saben que el secreto está siempre en quedarse… en los que son fronterizos aunque en papel también sean ciudadanos.

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Plumas invitadas de Conecta Arizona

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